05.25.08
El debate constitucional
En los recientes foros sobre la constitucionalidad de las iniciativas petroleras hubo, puede decirse, un poco de todo. Pero quedó claro que desde el principio se dio una polarización entre quienes defienden la constitucionalidad de tales iniciativas y quienes acusan su inconstitucionalidad (o, más a menudo, su anticonstitucionalidad). Eso era inevitable, pues de eso se trataba. Pero fue un debate rico en materias (y también en ocurrencias).
En mi caso particular, aunque reconozco que en todas las notas periodísticas se reseñó en general lo que dije, también se puso el acento en mis malos modos de discutir (a Arturo Cano, de La Jornada, le parecí un “maestro regañón de sus alumnos”). Quiero pedir disculpas desde aquí a quien se haya sentido ofendido; pero entiendo que no íbamos a una fiesta ni a tomar el té.
Una línea permanente de la discusión se dio en torno a la interpretación de la Constitución. Me llamó la atención el que casi todos los defensores de la reforma fueran juristas de la Escuela Libre de Derecho, del ITAM, del CIDE y del Instituto de Investigaciones Jurídicas (IIJ) de la UNAM. Y me llamó la atención, no tanto por lo que dijeron, que fue uniforme, sino por el tipo de cultura jurídica que mostraron tener. Todos ellos son jóvenes y muestran el mismo sello.
Sustentan convicciones de moda en el mundo de las ciencias jurídicas, que tienden a desacralizar el derecho; el derecho para ellos son sólo palabras y la ley es totalmente manipulable (se le puede usar como se quiera y para cualquier fin). El fin del derecho para ellos no es juridicizar las relaciones sociales, como dicen los juristas italianos, sino ponerlo al servicio de los intereses privados, manipularlo, manejarlo como se hace con cualquier herramienta. Así, el derecho acaba perdiendo su valor normativo para quedar en simples fórmulas retóricas.
Para ellos la interpretación de la Constitución es cosa sencilla: se trata de un conglomerado de palabras y basta ver qué dice cada una de ellas. No me explico cómo es que sólo creen en las palabras cuando nos dicen que la Carta Magna no es clara. Si el artículo 28, al hablar del sector estratégico del petróleo, no habla de la industria petrolera, quiere decir que ésta no es estratégica; si el 27 habla sólo del producto que corresponde a la nación, para ellos explotación quiere decir únicamente el usufructo de ese producto. Fue inútil que se les explicara que explotación es el proceso productivo y comercializador en su totalidad. Se salieron siempre por la tangente: cada quien interpreta las palabras como las entiende.
Miguel Carbonell, del IIJ, quiso sacarse de la manga un as, siguiendo el razonamiento de un joven jurista del CIDE: el Congreso sí puede interpretar la Constitución, al citar el inciso F del artículo 72, que no establece, por cierto, facultades del Congreso, sino el proceso mismo de elaboración de las leyes. Dice el citado inciso: “En la interpretación, reforma o derogación de las leyes o decretos, se observarán los mismos trámites establecidos para su formación”. Donde está la sociedad, está el derecho, decían los antiguos; hoy podríamos decir, donde está el derecho está su interpretación.
No me quedó claro si hicieron alusión a la opinión que sostuve, en polémica con Arturo Zaldívar, de que el único intérprete de la Constitución que autoriza nuestra Constitución es la Suprema Corte. Simplemente mezclaron los muchos conceptos que posee la palabra interpretación. Sólo que no entendieron que no se trata de saber qué dicen las palabras, sino de algo muy importante y que es la tarea de los jueces: decir el derecho. Esa expresión, en el caso de la Constitución, significa que la Corte es la que establece el sentido que debe prevalecer de lo que dice la Constitución. Por supuesto que en la vida real todo mundo “interpreta” (incluidos los legisladores), hasta para subirse a un autobús urbano, pero no se trata de eso.
Interpretar una ley por lo que dicen sus palabras, en filosofía del derecho (materia que yo impartí en la Universidad Michoacana) le llamamos “nominalismo”. Ya en otro artículo sostuve que en la interpretación de la ley hay que hacer varias tareas: analizar sus términos, por supuesto; interpretar el conjunto del ordenamiento y, por último, ligar esa interpretación a la vida de la sociedad. Eso requiere no instrumentalizar el derecho, convirtiéndolo en simple herramienta, sino tener claro que el derecho regula la realidad social y le da cauce. Todos los grandes filósofos del derecho han dicho que, al interpretar el derecho, hay que interpretar la vida social y ver si el derecho se ajusta a ella.
La caprichosa interpretación nominalista del derecho les permite a los defensores de la reforma no sólo deformar la función normativa del derecho, sino sus mismos conceptos teóricos. Un profesor del ITAM llegó a decir que los opositores a las reformas sustituyen la interpretación teleológica (saber los fines del derecho) por una interpretación “teológica” (la que, por supuesto, existe y consiste en interpretar textos sagrados o actitudes religiosas) que, según él, es “prender veladoras a las refinerías”. Como le dije a Arturo Zaldívar, para mí, cualquier juez en México, incluso un juez de paz, debería estar facultado para interpretar la Constitución, como en Estados Unidos, pero la llamada “Fórmula Otero” lo impide.
¿Por qué quieren negar que la Corte tenga la facultad de interpretación? Porque piensan que la interpretación es sólo asunto de palabras y, en ese caso, todos podemos interpretar la Constitución. No aceptan, como le dije también a Zaldívar, que la Constitución no es una ley, sino un pacto político hecho de instituciones. La Carta Magna no norma ni regula, instituye, y cada artículo suyo es una institución, a partir de la cual se deben hacer las leyes. ¿Por qué? Porque instrumentalizan la Constitución hasta convertirla en meras palabras. No se qué haya querido decir Miguel Carbonell cuando afirmó que los opositores querían “azuzar la Constitución como si fuera un fetiche”. Para eso sí que se requeriría de un colosal esfuerzo de interpretación y, probablemente, ningún juez estaría en grado de saberlo. Como se puede ver, la interpretación no es cuestión de palabras, sino de sentidos, de significados.
“No soy un personaje, soy una persona”
MARÍA ANTONIA IGLESIAS. EL PAÍS SEMANAL. 25/05/2008.
Entrevista con Alfonso Guerra
Su nombre evoca una forma de hacer política. Es el único parlamentario desde 1977 en el Congreso, y lo ha sido todo en su partido, el PSOE. Desde su escaño sigue dando guerra.
Es el diputado más antiguo de la Cámara, pero quizá sea arriesgado afirmar que sea el más viejo. Sobre todo si se tiene la mala suerte de comprobar que sus colmillos son todavía afilados, si intuye la provocación. Finge dudar que sea el más sabio, aunque se complace en comprobar que su entorno no resiste la comparación (“… cuando veo cuán poco saben muchos que creen saberlo todo…”).
Es Alfonso Guerra. Socialista andaluz de la primera hora, constructor de los cimientos y las vigas de la Constitución, sombra fiel de Felipe González, fustigador implacable del felipismo. Pero, sobre todo, fundador de la obediencia guerrista, de la que renegará siempre, que le divierte tanto provocar la estupefacción de quien le escucha. Porque él sabe que durante mucho tiempo guerrismo y socialismo fueron una misma cosa. Que Alfonso Guerra fue el PSOE y el PSOE fue Alfonso Guerra, mientras Felipe confiaba y se aburría del partido, y dejaba hacer, “que esas cosas internas las lleva Alfonso”, dicen que decía.
Ha estado en el medio de todo lo que se ha movido en la política española. En la más grande y en la más pequeña, en la de los grandes consensos y en la pelea a muerte con la derecha. Una derecha que le soplaba el aliento en el cogote y que supo esperar su caída. La misma derecha que ahora le alaba y le busca como referente de una España que resiste las turbulencias de los tiempos nuevos del nuevo socialismo. Las malas lenguas dicen que él “se deja”, aunque asegure que detesta ese momento, que él ha conocido tan bien en sus tiempos de poder y temor.
Jacobino confeso, mártir de aquella renovación del PSOE de aquellos economistas que hablaban inglés, víctima de sí mismo, amado hasta el fanatismo por gentes de pelo en pecho, odiado por sus temblorosos enemigos, Alfonso Guerra lo fue todo. Dueño del partido y de medio Gobierno, controlador de los votos más decisivos de la última historia del poder del PSOE, incluida la de Zapatero. Todo, lo fue todo, lo controló todo. Todo menos lo que más le importaba, la clave del futuro de entonces: la sucesión de Felipe González. Quizá por todo eso, hoy sólo le queda el poder que se mide en los centímetros que mide su escaño. Una medida en verdad pequeña, desde donde Alfonso Guerra observa cómo la política de las grandes cosas se va reduciendo sin remedio.
Nadie, nunca, ha conseguido quitarle la máscara a su personaje, ese otro que él interpreta de forma magistral. Ni siquiera aquella quinta columna de su propio partido que, finalmente, le dobló. Porque la máscara va pegada a su piel, incluso de noche. Por eso resulta difícil percibir las heridas. O no tan difícil.
Me imagino que después de treinta años de vida parlamentaria a sus espaldas, algo habrá aprendido, ¿no? Naturalmente, he aprendido muchas cosas. En el ámbito de la vida política y en el de las relaciones con las personas. Estoy absolutamente seguro de que he sufrido un proceso de incremento de la tolerancia. Cada día me cuesta menos esfuerzo colocarme en la posición del otro, de entender. Creo que en estos treinta años he pasado de la actitud de juzgar mucho a intentar comprender más; me interesa menos el juicio y más la comprensión de las circunstancias políticas y de las personales, incluso. Y en política he aprendido muchísimo. Son muchas cosas las que uno ha podido ver y vivir en todo este tiempo.
Le faltaba por ver y vivir algo tan singular como oír a José Bono dirigirle, desde la Presidencia de la Cámara, aquellas encendidas frases de elogio a su persona y a su trayectoria. Desde su escaño, usted se sonreía. Y yo hubiera dado algo por saber qué pensaba. Si aquel personaje le parecía sincero o si por debajo de las palabras oía usted el silbido de la serpiente. En esa sesión hice alguna reflexión. Allí estaban tres de las cuatro personas que se habían disputado el liderazgo del PSOE: Zapatero, Bono y Rosa Díez; sólo faltaba Matilde Fernández. Y me resultaba inevitable reflexionar sobre cuántos caminos tan diversos ha tenido que recorrer en los últimos tiempos un partido que ha sido tan sólido. En cuanto a aquellos elogios que me estaba haciendo Bono… Mi sonrisa de aquel momento era porque estaba pensando: “Realmente es largo el personaje”. Lo pensaba en el sentido de que tiene largueza, porque la verdad es que no estaba obligado a hacer aquello que estaba haciendo. Él llega allí, a ese puesto, el primer día e intenta lanzar cables en todas las direcciones. Creo que aquello estaba perfectamente medido, con mucha largura, pero quizá también pensando en “bueno, busquemos la paz aquí”. Dice la gente que cuando se llega a una edad se quiere buscar la paz con todos con los que se han tenido problemas y, bueno, pudo haber también algo de eso. Pero que aquello estaba medido, seguro. Lo de buscar la paz es probable.
Pero aquel cambio de Bono desde la fidelidad incondicional a la enemistad encarnizada… Usted siempre ha hecho de Alfonso Guerra, el personaje curtido en las batallas políticas, pero no sé si heridas como aquélla, tan profundas, se le han secado ya. Siempre que alguien me ha hecho preguntas sobre si tal amigo me traicionó o no, he dicho: “La traición en el amigo no cabe, es imposible”. Puede haber simulación, en el sentido de que alguien ha podido simular que estaba cerca de mí y no lo estaba. Pero le aseguro que yo no tengo ninguna cicatriz de ninguna herida, tampoco de aquella circunstancia. Mi vida ha estado organizada por dos principios. De rodillas, nunca, y no hay nadie que consiga introducir en mi corazón ni un gramo de amargura, porque con amargura no se puede vivir. Las cosas más terribles se me olvidan, aunque tenga muy buena me¬moria.
Pues yo no le creo. Pienso que su forma de venganza es precisamente ese gesto de magnanimidad, cargada de desprecio, que desconcierta al otro, al objeto de su desmemoria. Pues créame, la venganza verdaderamente gratificante es la que ejerce otro, sin que usted tenga ninguna intervención. Ésa es la venganza verdadera, porque no mancha.
Pero usted siempre ha sabido esperar. También mantuvo una abierta distancia, una confrontación muy dura con los sectores del partido que le hicieron frente. O fueron ellos los que se confrontaron conmigo. Lo que sostengo es que la dictadura deformó la aplicación de la vida política a la realidad. De manera que como en la dictadura todo el que no se sometiera era considerado un peligroso rojo de izquierdas, pues expulsó a algunos de sectores conservadores hacia la izquierda. Y ahí puedo citar a Boyer, Solchaga, Tamames…Uno acaba en el Partido Comunista; otros, en el Partido Socialista. Pienso que éstos eran los que en una sociedad como Francia, como Inglaterra, habrían representado una derecha moderna. Pero, claro, la dictadura los lanzó hacia donde no les correspondía. Y al final todo acaba volviendo a su sitio, como es natural.
O no. Porque usted tuvo todo el poder en el partido y, en buena parte del Gobierno, mucha gente lo veía como algo natural, y luego lo perdió todo. Siempre he querido saber cómo se sintió entonces. Y cómo se siente ahora en una situación en la que la adulación de Bono es gratuita porque usted ya no puede darle ni quitarle nada, porque está usted desnudo de poder. No he tenido tanto poder como usted dice. Ése es un cliché, pero que no responde a la realidad. A lo mejor me daban un cierto poder las personas que creían que tenía tanto poder, pero no lo tenía. Y, además, no lo he ejercido. No he tomado nunca decisiones para afirmar un poder, he hecho lo que creía que tenía que hacer. Tengo una ventaja, que es un inconveniente en sí mismo: los demás interpretan que yo hablo muy seguro de lo que digo. Y no es verdad, tengo muchas dudas. Y me hace mucha gracia porque ha habido gente que ha reaccionado interpretando que yo le he incitado a hacer eso que estaba haciendo cuando yo no sabía ni que lo estaba haciendo. Como aquella historia de las gafas, de la que yo me enteré al cabo del tiempo. Resulta que cuando yo me quitaba las gafas era la señal de que el que estaba conmigo tenía que marcharse. Yo no lo sabía, pero cuando me lo dijeron, pues lo utilizas.
Pero lo cierto es que en la memoria de mucha gente ha quedado la idea de que usted ejerció el poder con mano de hierro, que fue durísimo con la disidencia interna, que dejó un armario lleno de cadáveres. No es verdad. En el partido, cuando he tenido responsabilidades, ¿he creído que la disciplina era un elemento importante? ¡Desde luego!, y lo sigo sosteniendo. El sistema democrático está perfectamente definido: se expresan con libertad todos, se acuerda por mayoría cuál es la posición y la minoría puede intentar cambiar esa posición, pero tiene que cumplir con la posición de la mayoría. Ahora bien, eso se ha utilizado por determinadas gentes que decían: “Es que es muy férreo”. Y llegan unos que dicen de sí mismos que van a renovar todo y afirman: “No, no, esto es una cosa férrea, esto es una imposición, hagamos algo con los cargos, hagamos primarias”. Y cuando llegan a estar en el poder, quitan las primarias. ¿En qué quedamos? ¡No, hombre, no!
¡A lo mejor es que nunca hubo ‘guerrismo’! Por supuesto que el guerrismo nunca existió. Ahora, que yo soy referente para muchas personas, sin duda que es cierto, y de eso me siento orgullosísimo. Además, lo soy para gente sencilla que creen que les represento a ellos más de lo que les puedo representar. Eso es algo extraordinario.
Le preguntaba antes cómo se siente usted que lo ha tenido todo, cómo se siente ahora, tan desnudo de poder como está. Pues exactamente igual que me sentía entonces. Yo la capa pluvial no la he llevado nunca.
Pero debe de ser muy duro saber que ya no decide, que ya no cuentan con usted. En absoluto. Tengo una capacidad de influir en la sociedad española equis. Pero me siento igual de útil o de inútil que hace veinticinco o treinta años. Quizá sea más útil porque cuando uno ve que mis posiciones son acogidas desde la derecha y desde la izquierda… Yo recibo cartas de gente que me dice que cuando me ven en el Parlamento ahora les da confianza.
Usted es consciente de que cuando tenía todo el poder despertaba mucho miedo en los sectores que no le eran fieles, entre los renovadores. ¿Miedo? En una docena de personas puede ser. Pero también ha sido un tópico perfectamente elaborado, organizado por la derecha que decide en una reunión de responsables de siete bancos, en algún Consejo de Administración importante. Mire, el anuncio que hizo Felipe González en 1989, en contra de mi criterio, de que ya no se iba a presentar más generó una aceleración de tensiones en torno a lo que iba a suceder en el futuro. Y todo lo que ven es que “la piedra que impedirá que el PSOE se incline hacia las posiciones que les interesan se llama Alfonso Guerra”. Y es ahí donde comienza toda una estrategia.
¿Está sugiriendo que hubo una estrategia de eliminación contra usted para que no siguiera siendo el poder del PSOE? De eliminación política, claro, no de otra índole. ¿Es que cabe alguna duda de eso? El que no lo vea es que no quiere verlo.
Dígame personajes, fechas, circunstancias de esa trama. No he dicho trama; trama es una cosa diferente. Pero sí que hay reuniones en las que se trata el tema, reuniones de directores de bancos, Consejos de Administración muy importantes, de grupos muy importantes, en los que se trata el tema y más de una vez.
Pero a estas alturas puede dar nombres y apellidos concretos, puede decir… A estas alturas puedo decir lo que quiero. No quiero entrar en una batalla de desmentidos que no nos llevarían a ninguna parte.
Pero lo que sí es cierto es que su nombre y su personalidad estarán siempre unidos a la leyenda del miedo que usted inspiraba en el interior de su partido. Del temor que pudieron sentir una media docena de personas, ya le he dicho que sí. Ellos sabrán decirle por qué.
Cuenta el hoy presidente del partido, Manuel Chaves, cómo recién aterrizado en Sevilla, como candidato a la Junta de Andalucía, con el ‘caso Juan Guerra’ encima, usted le conminó a elegir entre la fidelidad a Felipe o a usted mismo. Yo no tuve esa conversación jamás con Manuel Chaves. Eso es mentira.
Pues él lo ha contado, me lo ha contado. ¿Que él lo ha dicho? Pues si lo ha dicho, ha mentido. Yo nunca he puesto a nadie en la disyuntiva de elegir entre tal o cual. Yo tengo mis ideas, que son pocas, pero que mantengo con mucha convicción y no están ligadas a personas, ni a mí mismo, ni a los demás tampoco. Tengo la conciencia clara de que la vida es muy corta. ¿Para qué envenenarla? Ya le he dicho que pretendo vivir sin rencores, sin sombras de inquietud.
Quizá sería de otra naturaleza bien distinta, pero me gustaría saber si la Constitución hoy vigente le produjo alguna sombra de inquietud, tal y como al final quedó redactada. Sobre todo en los incipientes riesgos soberanistas. Nosotros creímos resolver el tema para siempre. ¿Fuimos ingenuos? Desde luego, no tuvimos en cuenta un fenómeno que se ha producido al construir el Estado de las comunidades autónomas, que aparecerían unas élites políticas regionales cuya afirmación está siempre en el desafío al poder del Estado. Ese desafío permanente, nosotros no fuimos capaces de verlo, ésa es la verdad. Ahora nos salen los nacionalismos desde todas partes, pero eso no puede poner en cuestión la realidad de España. Lo que hace falta es una reconducción del problema hacia la racionalidad de las cosas.
Reconozca que a usted nunca le gustó, como buen jacobino, ese desmadre de las autonomías. Pero ¿qué dice usted? Si soy uno de los artífices del Estado de las autonomías con Fernando Abril Martorell. Los que dicen que soy españolista y no sé qué, ésos no estarían en los Gobiernos autonómicos si nosotros no hubiéramos hecho la Constitución que hicimos. ¿De qué hablan? Ahora, que eso haya derivado en que se hayan hecho nacionalistas en Murcia, Andalucía, La Rioja… y de todos los partidos. Cuidado, porque aquí no hay ningún partido que pueda lanzar acusaciones contra otro. Se está cambiando ideología por territorios, se ponen de acuerdo los partidos enfrentados para estar frente a los de otro territorio. Y yo no concibo así la creencia política; uno debe tener una solidez en las ideas y, sobre todo, cuidar la democracia, que creo que se está adelgazando. En fin, que yo debo estar muy anticuado porque no quiero una democracia vacía. Y la verdad es que eso de enfundarme en banderas no es lo mío. A mí me interesa la gente.
Supongo que le parecerá especialmente escandaloso que ese cambio de ideología por territorios también se esté produciendo entre los socialistas. Naturalmente. Me preocupa mucho más que ese vaciamiento que les lleva a ese cambio de ideología por el poder en los territorios, pueda producirse entre responsables socialistas. Y la clave está en la aparición de unas élites en las que su falta de altura en la visión de las cosas les lleva, les reduce, a la bandera y al himno.
¿Sabe? Habría dado algo por saber qué pensaba en su fuero interno respecto a ese turbulento proceso que fue el de la España plural de Zapatero, y más concretamente sobre el Estatut de Cataluña. Pues la verdad es que en todo eso yo he sido muy claro. Creo que todo surge cuando el señor Aznar se dedicó a colocar en posición contraria a todo a los nacionalistas, y los nacionalistas les respondieron diciendo: “Vamos a hacer un Estatuto de respuesta”. Y tanto Ibarretxe como Maragall iniciaron un proceso de elaboración de un Estatuto fuera de los márgenes de la Constitución. Y cuando en el año 2004, en lugar de ganar el Partido Popular gana el Partido Socialista, la obligación política y ética de los dos gobernantes habría sido decir: “Meto el Estatuto en un cajón y empiezo a hablar porque éste no es el entorno que me llevó a hacer esto”. No lo hicieron y siguieron como si no hubiera pasado nada. Di la señal de alarma cuando vi los textos y percibí que aquello no cabía en la Constitución. Señalé los artículos que había que modificar, y que luego se modificaron, aunque yo habría cambiado otros diez más. Pero no pude, no fue posible.
¿Por qué? Porque yo no decidía. Yo era el presidente de la Comisión Constitucional, pero los diputados votan. Hice la presión que pude y se cambiaron 168 artículos.
Me consta que en el interior del partido todo aquello se vivió con un gran desconcierto y que muchos no entendían hacia dónde conducía aquel empeño. ¿Qué responsabilidad cree usted que tuvo Zapatero en aquella situación tan crítica para el PSOE? La verdad es que aquello fue muy duro para muchos de nosotros. En cuanto a la responsabilidad de Zapatero…Aquella afirmación, en un mitin, de que aceptaría el Estatuto que viniera de Cataluña fue desafortunada, sin duda. Eso alentó la idea de que “aquí, hagamos lo que hagamos, lo van a aprobar”. Como máximo representante del Gobierno de la nación siempre tuvo una responsabilidad, aunque fuera indirecta, en todo aquello.
Y ¿usted cree que él fue consciente de la gravedad de la situación? No lo sé. Desde luego, algunos que tuvimos esa inquietud la comunicamos.
No con mucho éxito. Al final sí, porque el Estatuto que salió no se parece al que llegó. Y tengo que decir, porque es la verdad, que Zapatero me llamó para darme las gracias y felicitarme por mi trabajo.
Un trabajo arduo, sin duda. Supongo que sería un desahogo que usted no se privara del placer de decir “le hemos pasado el cepillo al Estatut”. La verdad es que aquello sentó mal incluso a ‘los suyos’. Fue como echar sal a la herida. Vamos a ver. O sea, que se puede hacer pero no se puede decir. Sería una hipocresía. No dije nada más que lo que habíamos hecho. Lo contrario sería puro fariseísmo.
Alguien le reprochó su afán de protagonismo, de hacer de Alfonso Guerra. Es que algunos son unos pusilánimes. O sea, se pueden cambiar 168 artículos, pero no se puede decir. Si se tiene ética, hay que decirlo. Lo que pasa es que decir lo que dije les estropeaba el negocio a quienes les interesaba decir que no se había cambiado nada. O sea, ¿que me tenía que preo¬cupar más de que algunos no pasaran un mal rato que de que aquí nos trajeran un Estatuto que se escapaba de la Constitución? Yo soy de otra madera. ¡Qué le vamos a hacer!
Me pregunto si no le produjo una cierta repugnancia aquella oleada de halagos que recibió entonces de la derecha y que, según algunos, le complacían. Mire: yo soy una persona que intenta tener conciencia clara de lo que pretenden los unos y los otros. Y sé muy bien cuándo coincidir conmigo es para no coincidir con otro. Ahora, si alguien que es mi adversario político toma el argumento que yo utilizo, ¡evi¬dentemente, no voy a cambiar de argumento! Si la derecha viene al campo en el que yo estoy, será que les he convencido o que les interesa instrumentalizar ese argumento. Y eso de que me complacían porque me daban la razón son bobadas.
Me imagino que ni siquiera en esos momentos de la adulación interesada pudo usted olvidar aquellos otros, cuando era vicepresidente del Gobierno, y esa derecha, que había sabido esperar, se pudo cobrar la pieza. Me estoy refiriendo a aquella comparecencia suya sobre el caso de su hermano Juan que resultó ser un juego de niños comparado con… ¿Juego de niños, dice? De juego de niños nada. Fueron 18 procesos y ni una sola condena. ¡Vaya con el juego de niños!
Quería decir que aquello fue nada comparado con todo lo que vino después con la corrupción. Lo que le planteo es una reflexión sobre algo que muchos recordamos como doloroso. Porque fue la primera vez que le vimos desarmado. Pues no se enteró, no se enteró.
¿Por qué? Porque la derecha no pudo conmigo. Si no hay quinta columna, no sucede lo que sucede. Ya he dicho bastante y no digo más.
Pero quizá lo de esa quinta columna explique muchas cosas. Porque lo cierto es que Felipe González lo defendió apasionadamente, pero luego lo dejó caer y su relación se disolvió como un azucarillo en el agua. ¿Por qué cree usted que cambió Felipe? No sé. Quizá por eso que llaman el abrazo aristocrático. Y luego, que la gente que rodea a los dirigentes políticos comete el error de no decirles no a nada y llega un momento en el que te confundes, claro. Un personaje como Fidel Castro, que era la representación de la ruptura hacia la bondad cuando hace la revolución en Cuba, se pasa cuarenta años con un grupo de gente que le dicen “eres guapo, eres listo”, pues al final acaba mal. Y es que la gente que actúa así, por muy inteligente que sea, termina perdiendo el norte de sus propias ideas.
¿Usted cree que a Felipe le pasó algo de eso, que no quería oír lo que usted le decía? No sé si eso sucedió así. Creo que al final mi voz era una voz no grata. Es más grato que te digan sí a todo. Y yo no lo entendí así. Quizá porque soy una rara avis, porque acepto muy mal la adulación. Me irrita profundamente.
Dígame hasta qué punto le han irritado algunas cosas de Zapatero, su política territorial, por ejemplo. Hay gente que piensa que ha estado jugando con las cosas de comer. Sí, es verdad que hay gente que lo piensa. Creo que él hace su papel, las generaciones tienen derecho a poner en pie su propio proyecto. La verdad es que yo he hablado con él sobre política territorial, le he dado mi punto de vista y, al final, el resultado es que hemos logrado arreglar lo que se había desarreglado.
¿Usted cree que ha aprendido después de una experiencia tan traumática de cara al futuro? Creo que, inevitablemente, habrá tenido que aprender. Mire, cuando él llega en el año 2004 al Parlamento con su discurso de investidura dice que quiere cambiar la Constitución. Inmediatamente yo dije: “No se va a cambiar”. Algunos de los suyos se revolvieron contra mí y yo insistí diciendo que le faltaban votos. Y ahora esa idea de cambiar la Constitución ya no la ha llevado al discurso de investidura. Todos aprendemos.
¿Habrá aprendido también en la cuestión del terrorismo? Bueno. Quizá ahí la publicidad fue excesiva. Yo creo que esas cosas hay que hacerlas con mucha discreción. Vamos, en secreto.
Recuerdo un pleno en el que Zapatero informaba sobre la cuestión de la negociación y todo el Grupo Socialista le aplaudió. Usted no. Yo no soy muy aplaudidor. Pero le diré que al presidente del Gobierno le he dicho que no se negocia con los terroristas en la plaza pública. Porque no sale. Y cuando además tienes a una oposición en una actitud completamente cafre, pues no es posible.
Ha sobrevivido usted a casi todo en la vida política. No sé si esa máscara que lleva de su propio personaje, que le protege, se la quitará para dormir o ni siquiera. No soy un personaje. Soy una persona y, además, bastante sencilla. Pero soy duro. Soy como esos cristales que son frágiles pero duros. Son muy resistentes y les ponen peso y peso y aguantan, pero a lo mejor les das así y los rompes. Y, en fin, sé que hay cuatrocientas mil personas en España que se han sentido muy dolidas por mi manera de hablar. Pero también sé que hay unos cuantos millones de personas que han sentido que el corazón se les disparaba con mis palabras.
Si usted tuviera que valorar lo más serio, lo más sólido que ha hecho en estos treinta años, ¿qué señalaría por encima de cualquier otra cosa? Lo más importante que he hecho, sin duda, en mi vida política es contribuir a elaborar la Constitución. Porque era cerrar un capítulo de dos siglos, era un armisticio final de una guerra de doscientos años. Pero hay algo más importante que yo he hecho en mi vida, aunque no tiene nada que ver con la política.
¿Qué es? Sin duda alguna, mis hijos.
Para no dejar de leer el diario
JULIO ORTEGA*. EL PAÍS. 25/05/2008.
La noticia de que el New York Times tuvo que eliminar cien puestos en su redacción se suma a otra no menos mala: ese diario perdió el pasado año un 4,5% de sus lectores. Sus acciones han bajado de 45 a 17 dólares; y si la empresa valía 6,5 billones de dólares hace 5 años, hoy vale menos de la mitad. Ocurre con otros de los mejores diarios estadounidenses: Los Angeles Times, el Philadelphia Inquirer, el San Francisco Chronicler… Heroicamente, el NYT todavía mantiene 43 corresponsales en sus 25 oficinas en el extranjero, pero el Boston Globe las ha cerrado todas. Comentando estos hechos, Lee Smith propone en el Chronicle of Higher Education que un grupo de universidades privadas se haga cargo de la economía del NYT y lo convierta en el diario más leído en los campus. La idea es altruista pero peligrosa: los profesores suelen fatigar las prensas para defender la filosofía que justifica sus inclinaciones.
Felizmente, la prensa escrita no se ha quedado con los brazos cruzados. Y ensaya, ahora mismo, las llamadas metodologías de la creatividad. Tiene ejemplos en otros sectores. La Toyota japonesa, que en los tres primeros meses del año desplazó a la General Motors del primer lugar en ventas de coches, que ésta había liderado durante 77 años, evidenció la creatividad de su sistema de producción (el New Yorker se demora en explicarlo). No menos creativas han sido las empresas de todo orden en las sociedades pobres: sus sistemas de producción empiezan en el reciclaje residual, y sólo limitan con su propio éxito. Y miles de jóvenes se entrenan en las academias de oficios y terminan en los networks regionales de migrantes, como un nuevo mapa antisistemático que reproduce, a escala minimalista, la globalización capitalista. La creatividad se entiende como la lógica del taller: producir más con menos; como la moral de la forma: ofrecer el producto más acabado; y como un principio de articulación: hacer de la necesidad virtud. Esta Paideia posmoderna ha puesto al día la ética clásica: hago, luego soy.
Para la prensa escrita, si la competencia de Internet es sobre todo devastadora en cuanto a la publicidad, no lo es en la lectura: todavía es mejor leer una página impresa. Por eso, varios periódicos ofrecen suplementos coleccionables, y buscan ser más útiles como navegadores del día. Más que nunca, el periódico forma parte de nuestra vida cotidiana. El NYT no se limita a dar el listín de cine, teatro, museos y galerías: añade sumillas críticas hasta al programa de TV. En español, nuestras Agendas del Día se limitan a cinco actividades. En inglés, son páginas extras que ayudan a elegir. Además, la lectura ya no se debe a lo casual sino a las expectativas. Uno sabe qué días leerá a sus cronistas preferidos, y un máximo de dos crónicas semanales es la medida civil; más que eso sería saturación.
Los lectores son interlocutores de una buena conversación. El mejor ejemplo es el periodismo inglés: desde Deportes hasta Obituarios cultivan el ingenio y eluden el énfasis. La lectura es un relevo democrático: resiste la repetición y busca nuevas voces y estilos. En la cultura hispánica todavía creemos más en la autoridad que en la alteridad.
Tengo para mí que los mejores diarios recuperarán a los lectores al devolverles la palabra. Por eso, tiende a desaparecer el artículo doctrinario y prescriptivo, hecho para avanzar causas o intereses. Kipling amenazó con su bastón a un periodista de Nueva York que se atrevió a preguntarle por sus opiniones personales. Hoy las confesiones se nos han vuelto triviales y casuales. Internet promueve un hablante primario y adversarial; suscita muchas veces lo peor del prójimo. No creo que se pueda llamar “lector”, ya que no se debe al lenguaje sino a su negación.
Pero si Internet no reemplaza al periódico (sus versiones electrónicas incluyen ahora lo que el diario ya no puede ofrecer: contribuciones de lectores, bitácoras, servicios, etc.), quien sí lo amenaza es el periodiquillo que se distribuye gratuitamente y que empieza a proliferar en las estaciones del metro. No son para ser leídos sino para ser descartados luego de una mirada. No podrían sustituir al diario pero conspiran contra su imagen: lo gratuito no tiene mérito. Y rebaja la circulación del valor.
Por lo demás, todos los grandes diarios sintonizan con los nuevos públicos. Los migrantes, los estudiantes, los turistas… Estadísticamente, los jóvenes constituyen la mayoría de lectores. Y buscan hoy su propio lugar en las representaciones colectivas. Ese nuevo público empieza a abrirse espacio como protagonistas, sujetos de cambio y nuevos agentes culturales. Ya Pulitzer recomendaba que los diarios deben incluir, todos los días, nombres nuevos: serán lectores fieles, decía.
Edmund Wilson escribió que la vejez comienza cuando uno siente que el New York Times del domingo pesa demasiado. Pero hoy, leyendo un buen diario, uno es capaz de creerse más joven.
*Julio Ortega es catedrático de la Universidad de Brown, Providence Rhode Island (Estados Unidos).
05.24.08
Lévi-Strauss: Elogio del trabajo manual
Clarín. Revista Ñ. 24 de Mayo de 2008.
En un brillante discurso ahora rescatado e inédito en castellano, el creador de la revolucionaria teoría del estructuralismo antropológico reivindicó la labor manual como uno de los medios que le han permitido a la humanidad entender el conjunto de la naturaleza. Los resultados de esa “forma de conocimiento”, sostiene el casi centenario antropólogo, deberían transmitirse como un legado insustituible.

En Italia existe al parecer una expresión: “Tener más deudas que la liebre”. ¿Por qué la liebre? Quizá porque, como dice nuestro La Fontaine, es un animal preocupado. Pues bien, aunque me siento cargado de deudas y por ende “liebre” hacia ustedes, tengan la certeza (…) de que ninguna preocupación me abruma, sino sólo una sensación de confusión y de gratitud por el honor que hoy me hacen.
Vaya también mi gratitud a los fundadores del Premio Internacional Nonino, puesto que nada me gratifica tanto como un premio relacionado en el pensamiento de sus creadores con otros –los premios Risit d’Aur– concebidos para honrar a agricultores e investigadores dedicados a defender e ilustrar las tradiciones campesinas.
¿Me permiten una confidencia? A lo largo de mi vida, he recibido una buena cantidad de honores, que me fueron conferidos no tanto por mis modestos méritos como por la extrema longitud de una carrera activa, que duró medio siglo (…) Ninguno me enorgulleció tanto como la medalla (…) al “Mejor Obrero de Francia”. Me gusta, por cierto, el trabajo manual, y sólo por haberlo practicado con frecuencia he podido, en uno de mis libros, elaborar la teoría de lo que en francés llamamos “bricolage”.
En realidad, me alegraría que un intelectual, una vez jubilado, se viera obligado por ley a ponerse a prueba en otra actividad; en ese caso, habría elegido sin vacilar un oficio manual.
¿Por qué digo esto? Desde el advenimiento de la civilización industrial, el trabajo pasó a ser una operación en un sentido único, donde el hombre –sólo él, siendo activo – modela una materia inerte, y le impone soberanamente las formas que le convienen.
Las sociedades estudiadas por los etnólogos tienen del trabajo una idea muy distinta. Lo asocian a menudo al ritual, al acto religioso, como si en ambos casos el fin fuera entablar con la naturaleza un diálogo en virtud del cual naturaleza y hombre pueden colaborar: concediendo ésta al otro lo que espera, a cambio de los signos de respeto, o de piedad incluso, con los cuales el hombre se obliga ante una realidad vinculada al orden sobrenatural.
El campo y la ciudad
Subsiste aún hoy una complicidad entre esa visión de las cosas y la sensibilidad del campesino y el artesano tradicionales. Estos, efectivamente, por seguir manteniendo un contacto directo con la naturaleza y con la materia, saben que no tienen derecho a violentarlas, sino que deben tratar pacientemente de comprenderlas, de atenderlas con cautela, diría casi de seducirlas, a través de la demostración permanentemente renovada de una familiaridad ancestral hecha de cogniciones, de recetas y de habilidades manuales transmitidas de generación en generación.
Por eso el trabajo manual, menos alejado de lo que parece del pensador y del científico, constituye asimismo un aspecto del inmenso esfuerzo desplegado por la humanidad para entender el mundo: probablemente el aspecto más antiguo y perdurable, el cual, más próximo a las cosas, es también el más apto para hacernos captar concretamente la riqueza de éstas, y para nutrir el asombro que experimentamos ante el espectáculo de su diversidad.
En la actualidad, nos dedicamos a organizar bancos de genes para preservar lo poco que sobrevive de las especies vegetales originales creadas a lo largo de los siglos por modos de producción totalmente distintos de los practicados ahora. Esperamos también eludir los peligros de la llamada “revolución verde”, vale decir, una agricultura reducida a pocas especies vegetales de gran rendimiento, pero tributarias de sustancias químicas y cada vez más vulnerables a los agentes patógenos.
¿No deberíamos ir más lejos, quizá, y, no contentos con conservar los resultados de esos modos de producción arcaicos, esforzarnos además por tutelar los conocimientos insustituibles gracias a los cuales esos resultados fueron adquiridos? Quién sabe, efectivamente, si las amenazas que pesan actualmente sobre la civilización occidental no los volverán, algún día, providenciales para los que vendrán después de nosotros.
La filosofía en el origen
Tal es, me parece, la filosofía que inspiró a los fundadores de los premios a cuyo grupo pertenece el que recibo hoy. Y si este año se lo dieron a un etnólogo, me parece que la razón es que esta disciplina se propone también preservar la memoria de los géneros de vida y de nociones que, en los países exóticos y en los nuestros, se mantuvieron mejor entre grupos humanos pequeños que permanecieron en contacto directo con la naturaleza. Ya lo decía Jean-Jacques Rousseau en Emilio o de la educación: “A las provincias más alejadas, donde el movimiento y el comercio son menores, donde los extranjeros transitan menos, y menos se desplazan los nativos, precisamente allí es necesario ir para estudiar el genio y las costumbres de una nación. (…) Estudiar un pueblo fuera de sus ciudades, porque no es en las ciudades donde se los conocerá. (…) al país lo constituye el campo”.
Pues bien, los investigadores italianos figuran entre los primeros que pusieron en práctica esta doctrina. Hacia mediados del siglo XVIII, uno de ellos, Giuseppe Baretti, indagaba acerca de los usos y costumbres populares. Curiosidad que el racionalismo romántico desarrollaría en el transcurso del siglo XIX y que, en el último cuarto, da lugar a la creación de esa fuente documental prodigiosa que es (…) el Archivo para el estudio de las tradiciones populares y la Revista de las tradiciones populares italianas, que compilan los trabajos de una pléyade de estudiosos entre los cuales me limitaré a citar el nombre justificadamente célebre de Giuseppe Pitrè.
Con frecuencia me he preguntado por qué Italia es uno de los primeros países de los cuales me llegaron señales de atención. En ningún otro se manifestó tanta solicitud para traducirme. Entre la publicación francesa y la italiana de algunos de mis libros, aun voluminosos, transcurrieron tres años, o dos, o incluso apenas uno. Paolo Caruso, que entre otros tradujo con talento Antropología estructural y pensamiento salvaje, recordará sin duda nuestras viejas conversaciones: fueron, creo, mis primeras conversaciones con un escritor extranjero publicadas por la prensa. Y recordará también que con la RAI, hace más de veinte años, trabajamos en el primer programa televisivo, en las galerías del Musée de l’Homme y en los jardines zoológicos parisinos, donde él me hacía contar ciertos mitos sudamericanos frente a las jaulas de los animales que son sus protagonistas. (…)
Es probable que esos testimonios de interés se expliquen en razón de dos tradiciones intelectuales en las que su país destaca particularmente. En primer lugar, como recordaba recientemente, por una curiosidad apasionada por las usanzas y las costumbres populares consideradas desde la perspectiva más concreta; y luego, otra muy diferente, florecida hacia fines del siglo XIX, por las investigaciones de orden formal, que dieron origen a la escuela italiana de lógica matemática.
Tal vez sea una ilusión, pero me gusta imaginar que han podido reconocer en mis trabajos una tentativa, por cierto rústica y torpe, de tender un puente entre los dos ámbitos. Pues partiendo de las creencias y las representaciones de los pueblos que viven en estrecha colaboración con la naturaleza y que piensan en términos de colores, ruidos, olores, texturas y sabores, he intentado extender los confines de nuestra lógica para asir mejor ciertos mecanismos hereditarios que preceden la actividad intelectual. Giuseppe Peano, genial fundador de la escuela matemática italiana, se había enamorado de la lingüística y de la historia de las ideas: tradición que se remonta a Vico, en cuya estela algunas veces me han colocado.
En la tradición de Vico
Sería el último en pensar que a partir de los resultados que creí alcanzar he conseguido algo definitivo. Las disciplinas sociales y humanas no entran dentro de las llamadas “duras”, donde las hipótesis pueden ser refutables. No hemos llegado aún a ese estadio, y dudo que se pueda llegar algún día. En efecto, detrás de la cultura material, las costumbres, las creencias y las instituciones, intentamos comprender qué ocurre en la conciencia de los hombres y más allá de ésta. Ninguno de nosotros podrá afirmar nunca que el nivel en el cual eligió colocarse es el último; y tampoco que, por debajo de ese nivel, se puede alcanzar otro, y así sucesivamente en forma indefinida. (…) Simplemente he aspirado a dar cuenta de fenómenos múltiples y complicadísimos de una manera más económica, y más satisfactoria para el intelecto que todo lo hecho anteriormente. Pero con la certeza de que este estadio es provisorio y que otros, mejores, lo sucederán.
Me basta saber que el trabajo de toda una vida no ha sido completamente inútil y que puede servir de trampolín desde el cual otros tomarán impulso para catapultarse más adelante. Para un hombre que ha llegado al ocaso de su carrera, es reconfortante, incluso exultante, recibir muestras de que su enseñanza y sus escritos ofrecen todavía un tema de reflexión. (…)
Este texto, hasta ahora inédito, fue leido por Claude Levi-Strauss en la ceremonia de entrega del prestigioso Premio Internacional Nonino, el 1° de febrero de 1986, en Percoto, provincia de Udine, italia.
(c) La Repubblica y Clarín
Traducción de Cristina Sardoy.
05.15.08
Narco-México
El Tiempo (Colombia). Editorial. Mayo 15 de 2008.
La llamaban hace unos años, más con ánimo peyorativo que descriptivo, la “colombianización” de México. Y el subsecretario estadounidense, Roger Noriega, afirmaba en el 2007 que “hoy México se parece mucho a la Colombia de los años 80″. Pero ya el fenómeno de la violencia del narcotráfico en ese país ha superado las comparaciones, y el gobierno de Felipe Calderón enfrenta una guerra cada vez más tenaz contra los carteles de la droga. Que también libró -sin mayor éxito- Vicente Fox. En diciembre del 2006 se vinculó el Ejército a la lucha y hoy hay cerca de 26.000 soldados en esta campaña. Una de las razones para hacerlo fue la legendaria corrupción de la Policía, que condujo a que en junio pasado el Gobierno forzara el retiro de 284 mandos en el Distrito Federal e iniciara un proceso de purificación.
La guerra de Calderón ha encontrado respuesta en los narcotraficantes, y principalmente en los carteles del Golfo y de Sinaloa, quizás los más poderosos y violentos del mundo hoy. El año pasado dejó más de 2.000 muertos, resultado de la lucha del Gobierno contra los carteles, pero también del reacomodamiento de poderes luego de que el jefe del cartel del Golfo, Osiel Cárdenas, fuera extraditado a Estados Unidos. El 2008 no promete ser más pacífico. Abundan secuestros y asesinatos atroces, que también golpean sistemáticamente a la prensa. Cuatro altos mandos de la Policía y más de 100 agentes han sido asesinados en los últimos meses, y tres jefes policiales pidieron asilo en E.U.
La violencia de los carteles en estados como Michoacán y Tamaulipas afecta a la población en general. En Sinaloa, la gente no se atreve a salir de sus casas. Media docena de cantantes de ‘narcocorridos’ han sido asesinados en el último año. En Nuevo Laredo, los narcos invitan por medio de volantes a los miembros de la fuerza pública a vincularse a su organización y los atraen con altos sueldos, carro y casa. La táctica surte efecto, como lo demuestra la rata de deserción de grupos militares élite como ‘los Zeta’, que terminan trabajando para los carteles.
Autoridades y analistas mexicanos han dicho que los narcos buscan doblegar a la sociedad por la vía del terror para obligar al gobierno de Calderón a que disminuya su actual ofensiva. Táctica idéntica a la utilizada hace 20 años por Pablo Escobar y el cartel de Medellín en Colombia, cuando pretendieron intimidar a la sociedad y chantajear al Estado por medio de los carros bomba y el terrorismo indiscriminado.
Estados Unidos se propone diseñar una especie de Plan Colombia para ayudar a México en su lucha, que afecta también la frontera y la inmigración ilegal. Nadie discute que se necesita toda la asistencia económica y técnica. Pero, mientras el negocio ilegal del narcotráfico sea el más lucrativo del mundo, se ha demostrado que no sirve la actual estrategia de “guerra contra las drogas”. Así lo enseña la reciente y dura experiencia colombiana y lo confirma la tragedia que hoy vive México. A cada capo de la droga que cae, sobran candidatos para remplazarlo. Se desmantelan los grandes carteles y surgen otros, más móviles, implacables y sofisticados. Lo que confirma la urgencia de buscar nuevas formas de enfrentar este fenómeno y debilitar su base económica y su capacidad para generar violencia y corrupción.
Como ocurre con los cultivos de coca, marihuana o amapola, la actividad económica ilegal y la violencia asociada a este crimen se desplazan. Tanto es así, que en Perú se muestran alarmados por la presencia de dinero y armas procedentes del norte. Pero ya no lo llaman “colombianización”, sino “mexicanización”.
¿Está justificada la mentira en política?
Hans Kung. El País. 15/05/2008
Una pregunta ética fundamental para el sucesor del presidente estadounidense George W. Bush es ésta: ¿Debe mentir un presidente? ¿Hay alguna circunstancia en la que la mentira esté justificada?
El ex secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger no tiene problemas para justificar las mentiras. Kissinger opina que el Estado -y, por consiguiente, el estadista- tiene una moral diferente a la del ciudadano corriente. Lo demostró en la práctica durante sus años en el Gobierno de Nixon y luego defendió esta opinión en su libro de 1994, Diplomacy, en el que menciona a figuras históricas que admira: entre otros, Richelieu, Metternich, Bismarck y Theodore Roosevelt.
Cuando le dije en una ocasión que esa visión del ejercicio del poder político me parecía inaceptable, él replicó, no sin ironía, que el teólogo ve las cosas “desde arriba” y el estadista “desde abajo”.
Le hice esa misma pregunta sobre la mentira y la moral política a un buen amigo de los dos, el ex canciller de Alemania Federal Helmut Schmidt, cuando pronunció una conferencia sobre ética mundial en la universidad de Tubinga en 2007: “Henry Kissinger dice que el Estado posee una moral distinta de la del individuo, la vieja tradición desde Maquiavelo. ¿Es verdad que el político que se ocupa de asuntos exteriores debe atenerse a una moral especial?”.
Schmidt me respondió: “Estoy firmemente convencido de que no existe una moral distinta para el político, ni siquiera el político que se ocupa de asuntos exteriores. Muchos políticos de la Europa del siglo XIX creían lo contrario. Quizá Henry sigue viviendo en el siglo XIX, no sé. Tampoco sé si hoy seguiría defendiendo ese punto de vista”.
Por lo visto, sí. Al recomendar, hace poco, más participación militar en las guerras de Irak y Afganistán, Kissinger ha demostrado que sigue siendo un político que piensa desde el punto de vista del poder y en la tradición de Maquiavelo. Aunque por otro lado, ha dicho que está en favor del desarme nuclear total. ¿Es una contradicción o un signo de la sabiduría que da la edad?
En las reuniones del Consejo Interacción de ex jefes de Estado y de Gobierno, del que soy asesor académico, se discuten problemas de ética. Recuerdo que en 1997 no hubo ninguna cuestión relacionada con la Declaración Universal de las Responsabilidades Humanas del consejo que se debatiera con tanta intensidad como la de “¿No mentir?”. El artículo 12 de la declaración trata sobre la veracidad, y dice: “Nadie, por importante o poderoso que sea, debe mentir”. Sin embargo, inmediatamente sigue una puntualización: “El derecho a la intimidad y a la confidencialidad personal y profesional debe ser respetado. Nadie está obligado a decir toda la verdad constantemente a todo el mundo”. Es decir, por mucho que amemos la verdad, no debemos ser fanáticos de la verdad.
Pero no exageremos. Los políticos también son seres humanos, e incluso una persona veraz puede mentir cuando se encuentra en una situación difícil. No hablo de las mentiras que se cuentan por diversión ni de las mentiras piadosas, sino de las mentiras deliberadas. Una mentira es una afirmación que no coincide con la opinión de la persona que la hace y que pretende engañar a otros en beneficio personal. O como dicen los Diez Mandamientos en Éxodo 20:16: “No darás falso testimonio contra tu vecino”.
Una vez, el ex ministro de Asuntos Exteriores de un país del Sureste Asiático me contó, con una sonrisa, que en su ministerio corría esta definición de embajador: “Un hombre al que se envía al extranjero para que mienta”. Pero hoy ya no puede construirse ninguna diplomacia eficaz a partir de esa idea. En la época de Metternich y Talleyrand, dos diplomáticos podían decirse mentiras a la cara. Pero hoy, en la diplomacia secreta, es necesaria la franqueza, por más que se emplee todo tipo de tácticas astutas en la negociación.
El juego sucio y los engaños no salen rentables a largo plazo. ¿Por qué? Porque minan la confianza. Y, sin confianza, la política constructora de futuro es imposible.
Por consiguiente, la primera virtud diplomática es el amor a la verdad, según dice el diplomático británico sir Harold Nicolson en su clásica obra de 1939, Diplomacy, que, por cierto, Kissinger menciona a regañadientes en su libro, en la página del copyright, pero luego no vuelve a citar en ninguna parte.
Eso significa que algunos estadistas como Thomas Jefferson tenían razón: no existe más que una sola ética sin divisiones. Ni siquiera los políticos y hombres de Estado tienen derecho a una moral especial. Los Estados deben regirse por los mismos criterios éticos que los individuos. Los fines políticos no justifican medios inmorales.
O sea, la veracidad, que está reconocida desde la Ilustración como condición previa fundamental para la sociedad humana, no sólo es un requisito para los ciudadanos individuales sino también para los políticos; especialmente para los políticos.
¿Por qué? Porque los políticos tienen una responsabilidad especial respecto al bien común y además disfrutan de una serie de privilegios considerables. Es comprensible que, si mienten en público y faltan a su palabra (sobre todo, después de unas elecciones), luego se les eche en cara y, en las democracias, tengan que pagar el precio, en pérdida de confianza, pérdida de votos en las elecciones e incluso pérdida de su cargo.
Las mentiras personales, como las que contó el ex presidente estadounidense Bill Clinton durante el caso de Monica Lewinsky, son malas. Pero lo peor es la falsedad, que afecta al fondo de las personas y sus actitudes esenciales (como puede verse en la actitud del presidente George W. Bush durante los cinco años de la guerra de Irak). Y lo peor de todo es la mendacidad, que puede impregnar vidas enteras. Según Martín Lutero, una mentira necesita otras siete para poder parecerse a la verdad o tener aspecto de verdad.
Ahora bien, por supuesto que también existen políticos y estadistas honrados. Yo conozco a unos cuantos. Además de la virtud de la sinceridad, tienen que practicar la sagacidad. Sobre todo, deben ser perspicaces, inteligentes y perceptivos, estrategas hábiles e ingeniosos y, si es necesario, astutos y ladinos, pero no maliciosos, intrigantes ni canallas.
Deben saber cuándo, dónde y cómo hablar… o callarse. No todos los circunloquios y exageraciones son mentiras en sí mismos. No hay duda de que, en determinadas situaciones, puede haber conflictos de responsabilidades en los que los políticos deben decidir de acuerdo con su propia conciencia.
“Muchas veces era difícil: no podíamos decir toda la verdad y, con frecuencia, debíamos ocultarla o permanecer callados”, me dijo el ex presidente estadounidense Jimmy Carter tras una sesión del Consejo Interacción. Y me impresionó profundamente cuando añadió: “Pero, durante mi mandato, en la Casa Blanca no mentimos nunca”.
*Hans Kung es catedrático emérito de Teología Ecuménica en la Universidad de Tubinga (Alemania) y presidente de la Global Ethic Foundation (www.global-ethic.org). Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.
05.14.08
Día del maestro: Mártires de la enseñanza
Por Edgar González Ruiz
Fechas como el 15 de mayo, eran importantes en el calendario cívico nacido de la Revolución Mexicana, que hoy la derecha en el poder quiere relegar porque no son gratos para la memoria de la jerarquía católica.
El Día del Maestro se instituyó oficialmente en 1918, bajo la premisa de que el maestro había sido “factor decisivo del progreso de la nación, forjador del alma nacional, por la educación que imparte a las masas”, y se tuvo presente que los maestros fueron de los primeros en unirse al movimiento emancipador de 1910 y que en 1915 los alumnos de la Escuela Nacional de Maestros abandonaron sus estudios para incorporarse a las fuerzas de Alvaro Obregón, quien fuera asesinado en 1928 por el activista católico José de León Toral.
Durante la llamada “guerra cristera”, de 1926 a 29, en la que el clero se opuso a la educación laica y en general a la separación entre la Iglesia y el Estado, muchos maestros murieron en manos de los católicos, que en la década siguiente renovaron sus ataques.
El 15 de mayo de 1935, el entonces presidente Lázaro Cárdenas presidió una ceremonia en honor de los educadores asesinados o desorejados por los cristeros, y dispuso que cada año, en esa fiesta cívica, se leyeran los nombres de diez de esos mártires de la educación.
En esa ocasión, el mandatario, quien tres años después llevaría a cabo la nacionalización del petróleo, dijo que “ha habido manifestaciones aisladas de fanatismo e ignorancia”, que produjeron “el sacrificio de las vidas de maestros caídos en el cumplimiento de su noble ministerio” , quienes merecían “público tributo de reconocimiento y admiración”.
En esa época, los intentos de implantar la enseñanza socialista y los rudimentos de la educación sexual en las escuelas primarias, habían motivado las reacciones violentas de grupos de fanáticos que destruían las escuelas y los libros de texto, asesinaban, mutilaban y ultrajaban a las maestras y maestros rurales.
Con el tiempo, se ha ido perdiendo la memoria de los maestros sacrificados, mientras que los herederos ideológicos de los cristeros han llegado al poder y con los recursos del erario promueven el culto a los fanáticos de hace varias décadas.
El odio que profesa la derecha en el gobierno hacia la educación pública propicia también que en las esferas oficiales no se dé importancia a la labor que cotidianamente llevan a cabo los maestros, quienes fueron uno de los sectores que más apoyo brindaron a la obra de la revolución mexicana.
Por ello, vale la pena recordar los nombres de algunos de esos maestros sacrificados por el fanatismo
María Rodríguez Murillo
“Fue la madrugada del 26 de octubre de 1935. Le advirtieron que se fuera, no lo hizo. La violaron, la golpearon, la amarraron con una soga de los pies y la arrastraron a galope de caballo por el camino terregoso que lleva a la salida de Huiscolco. Y le cortaron los senos. Y los colgaron en arbustos localizados en la orilla de camino. Uno a la derecha, otro a la izquierda. Como ejemplo, ara que los demás maestros rurales desistieran de impartir educación socialista…”
Así asesinaron los cristeros a la maestra María Rodríguez Murillo, una profesora muy dedicada, que trabajaba en el poblado de Huiscolco, municipio de Tabasco, Zacatecas. A la mañana siguiente del sangriento asesinato, el cura del lugar dijo misa y absolvió a los asesinos.
La señorita Murillo fue acusada de ser comunista y de que apoyaba el reparto de tierras a los campesinos, mientras que la gran mayoría del clero condenaba el agrarismo como despojo y amenazaba a los campesinos que recibieran tierras con los castigos eternos del infierno”.[1]
En junio del año 2001, el periodista Salvador Frausto retomó el tema de la maestra María Rodríguez Murillo, haciendo interesantes pesquisas en el poblado donde ocurrieron los hechos arriba mencionados.[2]
En dicho lugar hay una escuela rural federal que lleva el nombre de la maestra asesinada. En la fecha en que él hizo la investigación, el director de esa escuela pensaba proponer ante el cabildo que la maestra fuera nombrada “mujer ilustre” de la región, donde la gente se refiere a ella como “la maestra mártir”. Desde 1983 se lleva a cabo año con año un homenaje en el lugar d esu sacrificio, que es la escuela que lleva su nombre y donde hay además un busto suyo que se implantó en 1985..
Entrevistados por Frausto, algunos de los exalumnos de María Murillo, quien tenía 45 años cuando fue asesinada, “recuerdan los gemidos que emitía la maestra agonizante, abandonada por la turba de cristeros, tras ser acribillada, a la salida del poblado….”
De acuerdo con esos testimonios, ella vivía en un rancho llamada San Antonio, donde daba clases, pero “se peleó con el cacique, don Antonio, porque él no quería que sus trabajadores aprendieran a leer y escribir: Don Antonio fue el que le calentó la cabeza al curam que dizque la maestra era protestante, le decía…Total que María Murillo se vino para acá y aquí era muy querida, pero se peleó con el cura porque le pidió que mandara ala escuela a los niños que iban al catecismo”
De acuerdo con Rubén Lara, cronista del municipio de Tabasco, donde se ubica Huiscolco,”…la maestra Murillo se limitaba a impartir clases de español, matemáticas, algo de ciencias sociales y un poco de ciencias naturales. En cuanto a la cuestión sexual, solamente les hablaba a sus alumnos sobre le funcionamiento de los aparatos reproductores. “Les aclaraba que los bebés no venían de la cigüeña ni los dejaba alguien en una canasta a la puerta de las cosas. No más”
Según el profesor Aureliano Montoya, director de la escuela María R. Murillo, esa maestra fue un ejemplo de vocación magisterial, quien dedicó su vida a la enseñanza, y enfatiza: “…era señorita a los 45 años” Ese dato se asienta en el acta de defunción de la maestra, documento donde se menciona también que murió sin recibir atención médica.
De acuerdo con Montoya, los cristeros “…le advirtieron varias veces que si no dejaba de enseñar la iban a matar y siguió, por vocación, dando sus clases. Todavía la noche en que la sacrificaron le dijeron que desistiera y la llevaron a la orilla del pueblo y ahí la dejaron, para que se fuera de Huiscolco. Y que se regresa a su casa…”
“Los cristeros le pidieron a lamaestra los libros con los que enseñaba, para ver sino eran inmorales o procomunistas, fueron a la escuela y los revisaron durante largo rato, ¿pero qué podían revisar?, la mayoría no sabían leer, eran analfabetas, pero aún así dictaminaron que la maestra era comunista, lo que le mereció el castigo…. Después fueron por ella y la martirizaron, se la llevaron arrastrando hasta la orilla del pueblo, donde la dejaron…Algunos vecinos, al oírla gemir, se despertaron y trataron de salvarle la vida, la llevaron en un “tepeiste” (como una camilla) a la cabecera municipal (Tabasco) pero ahí murió antes de ser atendida por algún médico”
Tanto el cronista de Tabasco como el director de la mencionada escuela rechazan, al igual que pobladores de ese lugar, que la maestra fuera protestante. Por el contrario, afirman que era católica practicante: “María daba clases en un cuartito chiquito que está por aquí cerca (de la escuela que lleva su nombre), y en el cuartito de a lado se quedaba a dormir. En una pared de adobe de su habitación tenía, y aún se conserva, un Cristo fijado en barro”.
Carlos Toledano
Las atrocidades que los cristeros cometieron con María Rodríguez Murillo, no fueron un caso aislado, sino un patrón de conducta de esos asesinos cobijados en el fanatismo católico.
Muy lejos del poblado donde fue asesinada esa maestra, en la región de Tlapacoyan, cerca de Altotonga, Veracruz, en los límites con el estado de Puebla, los cristeros cometían desmanes similares.
De acuerdo con Indalecio Sáyago, político mexicano que en esa época era profesor rural: “…Los terratenientes, los “guardias blancas”, los acaparadores de los productos del campo, los curas, organizaron la más feroz campaña en contra de los trabajadores de la educación: maestras violadas y mutiladas de los senos, profesores desorejados y asesinados. En esos días, un grupo de “guardias blancas”, en pleno día, rodeó la escuela donde estaba laborando el maestro Carlos Toledano. Lo ataron con alambre de púas de pies y manos. Con los muebles de la escuela, cuadernos y libros hicieron una hoguera y lo quemaron vivo frente a sus alumnos”.[3]
Esos hechos ocurrieron el 21 de abril de 1936. Al día siguiente, el periódico Excélsior publicó la siguiente nota: “Fue quemado vivo un maestro rural y otro más fue vilmente mutilado. Setenta individuos armados, mejor dicho, setenta salvajes dignos de cafrería, cometieron horrendos crímenes en Tlapacoyan…Tlapacoyan, Ver, 21 de abril (de 1936). “… setenta hombres armados incendiaron hoy las escuelas de las congregaciones agrarias de Eitepéquez, Buenavista y Pochotita, quemando vivo al profesor Carlos Toledano y cortando las orejas al profesor Pablo Jiménez…”
Además de asesinar brutalmente a Toledano, los rebeldes “…quemaron y arrasaron los edificios destinados a escuelas, dizque por ser centros de herejías”.
Los mártires de Teziutlán
El 15 de noviembre de 1935, la ciudad de Teziutlán, Puebla, se horrorizó porque “en una acción incalificable fueron asesinados en sus escuelas, en presencia de sus alumnos, tres profesores rurales: Carlos Sayago Hernández, en La Legua; Carlos Pastrana Jiménez, en Ixtipan y Librado Labastida Navarrete, en San Juan Xiutetelco”.
Ramón Tapia Mendoza fue compañero de la infancia de Carlos Sayago y vivió los episodios de la segunda cristiada en Teziutlán. Con el paso del tiempo, variasdécadas después, ocuparía dos veces la presidencia municipal de Teziutlán.
Entrevistado el 11 de septiembre de 2003 en Teziutlán por el autor de este artículo, Tapia Mendoza recordaba a Carlos Sayago como “un muchacho muy noble, educado y estudioso”, que no pasaría de los 30 años al momento de ser asesinado.
Hacia el año de 1923, Tapia Mendoza y Sayago eran condiscípulos en la Escuela Real, que sólo era primaria, “pues las escuelas preparatorias eran para los ricos”.
Al terminar sus estudios primarios en dicha escuela, Sayago empezó a laborar como profesor y “era un maestro dedicado a sus labores, que no tenía preferencias políticas”.
De acuerdo con el expresidente municipal, todo indica que los cristeros se pusieron de acuerdo para asesinar prácticamente al mismo tiempo a los tres profesores y para secuestrar a la profesora Nieves González, quien eran aún más joven que Sayago, pues tendría unos 20 años, y a quien se la llevaron secuestrada..
“Sayago estaba dando clase a las 10 de la mañana en la escuela de Altoluca, igual que Nieves, cuando llegaron los cristeros y lo apuñalaron, lo mismo que a Pastrana, casi a la misma hora y a Librado Labastida. Al grito de ¡Viva Cristo Rey! Les metieron los puñales”.
A Nieves González por ser mujer la respetaron pero circuló en el pueblo la versión de que los rebeldes habían “abusado” de ella.
En uno de sus partes de guerra, los cristeros se jactaron en los siguientes términos de haber asesinado a esos profesores rurales:
” …debemos hacer resaltar el hecho de que (los grupos cristeros que operaban en esa zona) han castigado severa y definitivamente a varios pervertidores de la niñez, que al amparo de la tiranía venían desarrollando una labor incalificable. Los nombres de esos llamados “profesores” son los siguientes: Librado Labastida, de la escuela de Santiago, Municipio de Xiutetelco; Carlos Sayago, de la escuela La Legua, y Carlos Pastrana, que prestaba sus servicios en la escuela rural de Ixtipa. Todos han sido muertos y estampados aquí sus nombres, para ignominia de los mismos. Basta para dar una idea de la perversa labor desarrollada por esos individuos, de su empeño por llevar a la práctica el plan de educación socialista señalado por la tiranía. Basta, decimos, el siguiente hecho: el profesor Pastrana llevó a los niños y niñas de la escuela a bañar juntos, aprovechando la oportunidad para darles una clase de eugenesia o como comúnmente se denomina “educación sexual”"[4]
Desde otro punto de vista, si se han conservado los nombres de los profesores asesinados, es para ignominia del fanatismo religioso y para que puedan ser reconocidos como auténticos mártires de la libertad de conciencia y de los derechos sexuales, uno de los cuales es precisamente el derecho a la educación sexual.
El 16 de noviembre de 1935, los tres profesores asesinados fueron sepultados en el Panteón Municipal de Teziutlán, en lugares cedidos por el Ayuntamiento, en fosas de primera clase.
En diciembre de ese mismo año, la revista El Maestro Rural, órgano del magisterio, publicó un enérgica protesta por “los atentados perpetrado en las personas de algunos maestros rurales y de nuevo la elevamos por la muerte de Carlos Sayago, Carlos Pastrana y Librado Labastida, asesinados en Puebla, y por la mutilación que ha sufrido la maestra Micaela Enriqueta Palacios”[5]
Ya el 23 de noviembre de 1935, Excélsior había publicado la noticia de que “la gavilla cristera de Clemente Mendoza asesinó a los profesores Carlos Sayago, Librado Labastida y Carlos Pastrana, y secuestró a otro”. En realidad, como se ha visto, se trataba de la maestra Nieves González, que posteriormente fue rescatada por las fuerzas federales. Se publicó también que: “se han recibido informes de que la señorita profesora rural Hermelinda Rendón fue asesinada en el poblado de Cuautemingo, municipio de Jalacingo, por una partida de bandoleros que se cree sea la misma que asesinó hace tres días a tres profesores en territorio del Estado de Puebla, ya que la mencionada población de Cuautemingo colinda con la entidad antes citada” Abunda la nota de prensa: “Se dice que los malhechores procedieron con saña inaudita al cometer su crimen, pues acabaron con la víctima a tiros y machetazos, inmolándola por haberse ocupado en impartir la educación socialista”
En Teziutlán, año con año, se lleva a cabo una ceremonia en honor de los maestros mártires, a la que asisten cientos de alumnos de la región y en la que hasta antes de su fallecimiento participaba como orador el profesor Atalo Santillana, quien fue también contemporáneo de esos hechos.
En el centro del poblado, hay tres plazas conmemorativas, una de ellas, de febrero de 1969, dice:
“Homenaje del Magisterio a los maestros mártires del 15 de noviembre de 1935. Carlos Sayago, Carlos Pastrana, Librado Labastida”.
Hay también una placa en honor de Atalo Santillana Aldano: “En recuerdo de tus vivencias (que) fueron testimonio de una realidad injusta para el magisterio, Teziutlán, 15 de Noviembre de 1995”.
Finalmente, otra placa muestra las fotografías de los tres jóvenes “maestros mártires de la educación”, está fechada el 15 de noviembre de 2002 y la rúbrica el secretario de la sección 23 del SNTE en Puebla, profesor Jesús Huerta Carrera, y los secretarios regionales, César Ruiz González, Rosario Santamaría y Antonio Herrera Fernández.
Micaela y Enriqueta Palacios
En el local de la Sección 47 del SNTE, se exhibe el mural “En honor a los mártires de la educación”, del profesor David Carmona, que fue colocado el 7 de diciembre de 2007, junto con una placa conmemorativa con los nombres de varios maestros y maestras asesinados o mutilados por los cristeros.
Desde hace décadas, el sector magisterial ha procurado rendir homenaje a los maestros mártires, y se tenía el proyecto de construir un monumento en Guadalajara en honor a ellos, mismo que fue abandonado en 1995 con la llegada del PAN al poder.
Entre las personas a las que se hace alusión en la placa conmemorativa, se cuentan las maestras Micaela y Enriqueta Palacios, agredidas el 19 de noviembre de 1935en Jalisco.
Sobre ellas publicó la prensa de la época que “las profesoras Micaela y Enriqueta Palacios, sufrieron graves atropellos de un grupo de sublevados que asaltó la escuela oficial de la ranchería de Camajapita” (en los Altos de Jalisco).
“Relataron las víctimas que antenoche cerca de las 23 horas, se presentó un grupo de alzados tratando de derribar la puerta de su casa habitación, en tanto que otros se subieron a las azoteas, amenazándoles de muerte”; los citados individuos “violentamente sujetaron al padre de las muchachas, atándolo con una soga al cuello, en tanto que las profesoras sufrían toda suerte de atropellos y vejaciones. Seguidamente los hombres de la partida les dijeron que iban a proceder a un gran escarmiento por impartir educación socialista, y sin escuchar los gritos y lamentos de las infelices mujeres ni las imprecaciones del padre, procedieron a cortar con un enorme cuchillo una oreja a cada una de las profesoras y al padre originándoles una fuerte hemorragia. Los asaltantes agregaron que si permanecían en la ranchería ellas estaban dispuestos a regresar para matarlas. Antes de partir quemaron gran cantidad de libros de texto y los títulos oficiales de las profesoras y destrozaron los muebles y las puertas”.
Continúa la nota periodística: “Los vecinos, temerosos de correr la misma suerte, se abstuvieron de impartir auxilio a las profesoras, por lo que los alzados pudieron huir tranquilamente a los cerros cercanos y de paso llegaron a la Congregación de Camajapa, capturando a Francisco Nuño, miembro de la defensa social y connotado agrarista a quien acribillaron a balazos.
Vicente Escudero: héroe de la Prevocacional
El profesor Vicente Escudero, de apenas 16 años, fue uno de los alumnos de la Prevocacional Número7 , “Rafael Dondé”, que por su alto desempeño escolar se destacaron y fueron propuestos para ocupar las plazas de maestros rurales, en 1934. [6]
Era huérfano, y en su formación escolar había aprendido a desarrollar actividades sociales con un sentido de solidaridad. Ese mismo año se trasladó al poblado de Santa Mónica de viudas, en Valparaíso, Zacatecas, para desarrollar su labor.
Pronto fue víctima del odio de los cristeros, que lo acusaban de dar “malas enseñanzas”, de ser comunista yateo.
Vivía el maestro en casa del señor Rosa Cárdenas, a donde llegaronunos 70 cristeros el día 5 de abril de 1934, cuando el joven profesor se estaba vistiendo para ir a dar sus clases. Tomaron preso a Escudero, lo llevaron a rastras fuera del camino , le desollaron las plantas de los pies, le cortaron con un cuchillo en las rodillas, y así, se lo llevaron fuera del pueblo, donde lo colgaron de un árbol, luego de apedrearlo.
Ensangrentado y con lagrimas en los ojos, Vicente ya sabía que lo golpearían, lo torturarían y quizás lo matarían, pues los fanáticos lo consideraban un “anticristo” que ofendía a la Iglesia.
Ya muerto, los fanáticos revisaron las bolsas de su ropa y le encontraron un rosario y un librito para escuchar misa, además de un crucifijo que traía colgado del pecho.
Tres décadas después, los viejos cristeros, los mismos que habían asesinado al profesor, seguían hostilizando a los maestros que luchaban contra la ignorancia en esa comunidad,
Sin embargo, el nombre del maestro asesinado ha perdurado, pues la población de santa Mónica de viudas, ahora se llama Vicente escudero, así como la Escuela Secundaria Tecnología Agropecuaria, la escuela primaria de san Martín y la Asociación de Colonos del Fraccionamiento “Sierra Dorada”
Otro de los alumnos destacados de la Prevocacional Rafael Dondé que murió asesinado por los cristeros fue Silvestre González Ledesma,de 18 años, aficionado a las letras, y quien fue victimado también en 1934.
David Moreno
El 7 de febrero de 1935 fueron asesinados Saúl Maldonado y Guillermo Suro, cerca del rancho de Tlaltenango, en Zacatecas. Fueron vejados con ensañamiento, insultados, obligados a rezar y luego colgados de un árbol.[7]
“Antes de morir, el maestro Suro fue desorejado y descolgado ante sus promesas de no impartir más la enseñanza socialista”.[8]
El 22 de mayo de 1935, los cristeros asesinaron al joven maestro rural David Moreno, comisionado en la Escuela “Artículo 123”, establecida en la Hacienda de Santa Inés, en Aguascalientes.
. Una docena de rebeldes se había presentado antes de la medianoche en el lugar, atacando la casa donde se hospedaba el profesor, quien se defendió con una pistola hasta que finalmente fue capturado.
Al día siguiente se le encontró colgado de un árbol, “víctima del salvajismo de unos cristeros porque no quieren la educación socialista; lo sujetaron, lo desorejaron, le proporcionaron innúmeros pistoletazos y lo ahorcaron en un árbol cercano a su casa, la que después quemaron poseídos de inaudita y cristiana furia”.[9]
Un estudioso del conflicto en Aguascalientes afirma que el asesinato “reflejaba la intolerancia de los cristeros y una cierta complicidad por parte del hacendado y de algunos grupos de la comunidad”[10] De hecho, David Moreno había sustituido a la hermana del hacendado en la escuela rural. Años atrás se había hecho cargo de la educación de los niños de la comunidad “y se decía que era muy católica
Notas
[1]David L. Raby.Educación y revolución social en México (1921 a 1940), SEP, México, 1974, p. 137.
[2]Salvador Frausto Crotte “Maestra María R. Murillo. Víctima de fanatismo y rencor religioso” El Universal, 17 de junio de 2001.
[3] Miguel Baltazar VázquezAltotonga: un pueblo con historia, Altotonga, 2005, pp. 231-32.
[4]Consuelo Reguer Dios y mi derecho, Tomo 4, Jus, México, 1997., p. 532.
[5]El Maestro Rural, tomo VII, num 11, diciembre de 1935, p. 26.Eeran dos hermanas Palacios: Micaela y Enriqueta.
[6] Revista Resurgimiento Vol 1, No. 5 Abril-Mayo de 1934.
[7]Donald L. Raby ., p. 160.
[8]Alfonso Taracena La Verdadera Revolución Mexicana (1935-1936), Porrúa, México, 1992, p. 21
[9]Alfonso Taracena La Verdadera Revolución Mexicana (1935-1936) p. 75
[10]Salvador Camacho Sandoval. Controversia educativa entre la ideología y la fe. La educación socialista en la historia de Aguascalientes. 1876 a 1940, Conaculta, México, 1991, p. 160.
Calderón ahora endosa su incompetencia a los medios, sostiene López Obrador
Ciro Pérez Silva y Misael Habana (Enviado y corresponsal).
La Jornada. 14 de mayo de 2008.
Acapulco, Gro., 13 de mayo. La incompetencia, irresponsabilidad y falta de argumentos políticos del “espurio” Felipe Calderón son las razones que lo llevan a culpar a terceros por la falta de resultados en la lucha contra la inseguridad en el país, afirmó aquí Andrés Manuel López Obrador.
Un dato incontrovertible, dijo, ejemplifica la situación en que se encuentra México: nunca hubo tanta violencia, tantos asesinatos y crímenes como ahora, insistió al preguntarse: “¿por qué Calderón le echa la culpa a los medios? El culpable es él y sus jefes que lo impusieron en el cargo, ¿por qué no van al fondo del problema de la inseguridad e insisten en mantener la misma política económica antipopular y entreguista?”, agregó.
“Ayer (el lunes pasado), queriendo distraer la atención, todo nervioso, culpa a los medios de comunicación y dice: ‘¡Ya basta. Ayúdenme!’ Pero si existe algún sector al que, salvo honrosas excepciones, el espurio Calderón le debe estar agradecido por haberle allanado el camino al gobierno, son los medios de comunicación. ¿Qué sería del pelele sin la tele?”, se preguntó el tabasqueño.
Al continuar en esta ciudad la segunda semana de reuniones con las brigadas de defensa del petróleo, López Obrador fue entrevistado sobre la convocatoria a la unidad que hizo la víspera el presidente Calderón y la condena a los medios de comunicación, a quienes acusa de ser cómplices del narcotráfico.
“Lo que vemos es una consecuencia natural de la aplicación de políticas neoliberales que han impedido que el país crezca en más de 25 años; no sólo no ha crecido, sino que tampoco se han generado los empleos que demanda la población, ni se garantiza a los jóvenes del país el acceso a las universidades; ésas son las causas de la violencia que, como nunca en la historia de México, ha resentido el país; mientras no se resuelvan esas condiciones a través de programas sociales adecuados, la violencia no va a ceder, no es con acciones de relumbrón como se va a contener la inseguridad en el país”, respondió.
Ante las insistentes preguntas sobre este tema, el tabasqueño destacó que desde el principio Felipe Calderón atendió el problema de la violencia de manera “frívola, disfrazándose de militar, pensando que así iba a resolver el problema en vez de proponer un programa para combatir la pobreza. Sólo ha arrojado malos ejemplos de corrupción, de impunidad y de deshonestidad, como el caso del delincuente confeso Juan Camilo Mouriño, en lugar de combatir la corrupción, cambiar la actual política económica y ofrecer oportunidades de empleo, de educación y de bienestar a los mexicanos”.
López Obrador hizo énfasis en que sin salud, educación, empleo, progreso, bienestar y sin un combate a la corrupción, “no debe extrañar que haya violencia e inseguridad”. Ambos problemas, señaló, no se resolverán con un mayor número de policías y efectivos del Ejército en las calles, y tampoco con amenazas de mano dura, leyes más severas y más cárceles.
La seguridad, insistió, se garantiza con la creación de fuentes de empleo y oportunidades de estudio para miles de jóvenes que desean ingresar en los niveles medio superior y superior, afirmó al mencionar que Felipe Calderón Hinojosa incurrió en una irresponsabilidad al culpar a los medios de comunicación y a los Poderes Judicial y Legislativo del clima de inseguridad.
Hallan busto de Julio César con signos de vejez
EFE. 14 de mayo de 2008.
París, Francia.- Un busto de mármol descubierto en la ciudad francesa de Arles, durante unas prospecciones arqueológicas submarinas, es la representación de Julio César de mayor edad conocida en la actualidad, anunció el Ministerio francés de Cultura.
El busto, de tamaño natural, del fundador de la Arles romana, representa al César (100 a.C.-44 a.C.) con varios signos de vejez, como la calvicie y otros caracteres del rostro, lo que permite datarla en la época de la fundación de esta ciudad del sureste de Francia.
Según el comunicado, se trata de una pieza “única en Europa”.
Entre los tesoros encontrados también hay una estatua de mármol de Neptuno, de cerca de 1.8 metros de altura y datada en el primer decenio del siglo III después de Cristo, una estatua de bronce del sátiro Marsias de unos 70 centímetros de altura, probablemente de origen griego helenístico, y una estatua de bronce de Victoria de unos 70 centímetros de altura.
También se localizaron una base de soporte de un león en material calcáreo local, un capitel corintio de mármol, fragmentos de capiteles con hojas de acanto, dos estelas, un altar y columnas.
La titular francesa de Cultura, Christine Albanel, se felicitó de estos descubrimientos submarinos “excepcionales” que “han sacado a la luz numerosos elementos del estatuario antiguo, algunos de los cuales son únicos en Europa”.
Estos hallazgos han sido obra del Departamento de Investigaciones Arqueológicas Subacuáticas y Submarinas el Ministerio de Cultura, que tiene programada una segunda operación el próximo verano. De momento, se tienen localizados dos pecios bajo el agua.
Exhiben rollos del Mar Muerto
Jerusalén, Israel (AP). 13 de mayo de 2008.
Uno de los más importantes rollos del Mar Muerto va a ser exhibido esta semana en Jerusalén, más de cuatro décadas después de que fuese visto por última vez por el público.
El rollo de ocho metros con texto del Libro de Isaías, de la Biblia, ha estado en una habitación oscura, con temperatura constante, en el Museo de Israel desde 1967.

Estuvo en exhibición durante dos años, pero los curadores lo reemplazaron con un facsímil luego de notar nuevas rajaduras en el pergamino.
El museo decidió colocar el rollo de nuevo en exhibición por tres meses como parte de las celebraciones del 60 aniversario de Israel.
El preciado manuscrito, escrito por un escriba de Judea alrededor del año 120 antes de nuestra era, estaba en una urna de cristal el martes, con sus largas líneas de letras hebreas claras y legibles.
El manuscrito de Isaías fue el único libro bíblico completo descubierto entre los rollos del Mar Muerto, uno de los grandes hallazgos arqueológicos del siglo XX. Los ancestrales documentos, que incluyen fragmentos del Viejo Testamento y tratados sobre vida comunal y guerras apocalípticas, han arrojado luz sobre el judaísmo y los origenes de la cristianidad.
El Libro de Isaías es atribuido a un profeta que vivió en el siglo VIII a.C.
En el libro, Isaías llama a arrepentimiento, advierte de inminente condenación y (en uno de los pasajes más famosos) ofrece una visión idílica del futuro: “Volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra”.
