10.17.08
El “regreso” de John Maynard Keynes
Por Juan María Alponte*. El Universal (México). 15 de octubre de 2008.
(Primera parte)
Los días finales de Jenny von Westfallen —tenía derecho al título de baronesa—, con cáncer de hígado, fueron terribles. Su esposo, Karl Marx —El Moro en el lenguaje familiar, al igual que Engels era El General, pero todos los miembros de la familia tenían motes—, estaba también enfermo de bronquitis que se complicó con pleuresía.
Esa situación, siéndole imposible ir hasta la habitación de su esposa, obligó a Karl Marx a decir: “Hay que volver la espalda a este mundo de infierno”. El día que al fin pudo ponerse en pie estuvo con su esposa. Se abrazaron. Ella le dijo en inglés —vivían en Inglaterra desde 1849 puesto que en toda Europa se expulsó a Marx, incluso los revolucionarios franceses de 1848— una frase admirable de precisión dolorosa: “Karl, my strength is broken”. En efecto, su fuerza se había quebrado. Años de sufrimiento y de necesidades. Engels, el notable Engels que ayudaba económicamente a toda la familia, dijo a las hijas: “Ahora que ella ha muerto (19 de diciembre de 1881) él nos abandonará pronto”. Sobre la piedra tombal de ella, quedan estas palabras: “Jenny von Westfallen, the beloved wife of Karl Marx”, la amada esposa de Karl Marx. Él murió el 14 de marzo de 1883.
En 1883 nació, en Cambridge, John Maynard Keynes en una mansión victoriana. Su padre, John Neville Keynes, era profesor de Lógica y Economía Política y tenía una función administrativa en la universidad. Por cierto, ese espíritu sagaz sobrevivió a su hijo. Murió, en efecto, a los 97 años, en 1949. La madre del futuro autor de la Teoría general del empleo, el interés y el dinero, Florence Ada, era un personaje brillante y con lucidez suficiente para tener un papel inapreciable en Cambridge tanto en la política como en las luchas literarias. Su inteligencia fue de un signo invaluable para el joven John que vio aumentar su familia, en 1885, al nacer Margaret y, en 1887, Geoffrey. “Una familia de la edad victoriana, con sólido confort y sin temor al futuro”. Eso dice uno de sus biógrafos (The life of John Maynard Keynes, de Rod Harrod) y recomiendo también la biografía escrita por Robert Skidelsky.
Ese ambiente refinado influyó en el éxito de sus estudios en Eton, donde el joven dandy tuvo honores en Matemáticas, Humanidades y Disertación Inglesa, amén de devorar los libros de la biblioteca (igual hizo Lawrence de Arabia), participando en debates políticos, interpretaciones teatrales y se convirtió en experto en poesía latina medieval. Tal dice, sin asombro, Michael Steward en su Keynes. Se entiende que al ingresar en el Kings College de Cambridge tenía ya reputación notable. Estudioso incansable, atiende, por su propio deseo, las cátedras de Filosofía de Whitehead y Bertrand Russell. Siempre, por cierto, le consideraron alumno excepcional. En Economía siguió a un maestro reverenciado: Alfred Marshall, de hermosa cabeza y enormes bigotes blancos. Otro economista inteligente (no abundan como se demuestra en las “depresiones”), Galbraith, dice de Marshall que tenía “la reputación de profeta con aura de santo” (Galbraith, The age of uncertainty, libro escrito en 1977, pero cuyo título, La edad de la incertidumbre, parece de hoy) y en suma, tuvo maestros relevantes. Su nota final en Economía no fue muy buena. Keynes, con su habitual “humildad”, lo explica así: “Yo sabía mucho más de economía que mis examinadores en ciencias económicas”. Karl Popper, el filósofo a quien me remitía aquí en días pasados, días sin cabezas ni ideas, afirmó implacable que no se puede hablar de “ciencia económica”.
Lo cierto: un año después de su graduación, Keynes se presentó a los exámenes del civil servant (funcionario público) y fue trasladado a la Indian Office del Ministerio de Asuntos Indios. Dimitió rápido y regresó a Cambridge (como maestro de Conferencias de Ciencias Económicas) convirtiéndose en miembro del Kings College. Una vida comenzaba.
(Segunda parte. 16 de octubre de 2008)
Al contrario que Karl Marx, que pasó necesidades materiales terribles (dijo que nadie escribió sobre El capital con tantas angustias de capital), Keynes no conoció nunca ese problema.
Lo cierto es que, en el admirable mirador universitario del Kings College de Cambridge se fundieron grupos de jóvenes intelectuales (además de los llamados Apóstoles en los que participó) entre los cuales estaban talentosos y talentosas libres, moral y sexualmente: Lytton Stragey, Leonard Wolf, Clive Bell y Moor el filósofo. Entre ellas destacaron figuras que serían famosas, como Virginia Wolf, que todavía hoy su vida forma parte de la leyenda, como el caso de Vanessa Bell.
Ese grupo, que sintetizo por el espacio, fue bautizado, en Londres, como el Bloombury Group. Ha transitado al imaginario colectivo británico. Más aún después del Lytton Strachey de Michael Holroy, publicado en 1967, se reconoce, sin más, la etapa homosexual de John Keynes y su relación con el pintor Duncan Grant. Los historiadores ingleses, con la trágica historia de Oscar Wilde en su memoria, tocaron con madurez ese periodo de Keynes sin juicios de valor, es decir, atenidos a su genio científico. Lo cierto es que Keynes abandonó después el Grupo Bohemio Bloombury y el de los Apóstoles para asumir su vida adulta al estallar la Primera Guerra Mundial en 1914. Por su significación intelectual no fue movilizado. Ingresó en el equipo de economistas del Tesoro. Tenían a su cargo los problemas económicos y financieros de la contienda. Keynes tenía ya un prestigio notable. Al finalizar la contienda, en 1918, Keynes fue incorporado a la delegación inglesa en el Tratado de Paz (Tratado de Versalles) donde se impuso la hipótesis de que Alemania debía pagar reparaciones económicas. Lloyd George, primer ministro de Inglaterra (1916-1922) interrogó a Keynes pensando que opinaría como él. Se equivocaba. Keynes no era un hombre del “Sí, señor”. Su respuesta: “Con el más grande respeto, dado que usted me pide mi opinión, le diré que yo creo que su exposición no vale nada”. Keynes no era un hombre del “Yes, sir”.
Le pidieron que analizara el monto posible de las reparaciones alemanas. Mesurado, señaló que Alemania podría pagar, sin problemas, 2 mil millones de libras esterlinas en plazos escalonados. Inglaterra pedía 24 mil millones. Se opuso diciendo “que no tenía sentido y que los banqueros que lo aconsejaban no sabían nada de economía”. Señaló que “Alemania pagaría con papel y no con producción; que ello generaría una inflación imparable”. El marco tuvo 12 ceros y la inflación con el desempleo, 6 millones, haría posible que un demagogo llegase al poder: Hitler.
Keynes con raro valor en un funcionario, dimitió de su cargo en el Tesoro y escribió un texto, profético: The economic consequences of the peace. Su previsión, dura e implacable, valerosa y sin ningún temor al poder, ha llegado hasta nuestros días. Su profecía: “Sin que pase mucho tiempo tendremos una nueva guerra que, sea el que sea el vencedor, destruirá la civilización y el progreso de generaciones”. Hitler le corroboraría. Previamente argumentó que era preciso prefinanciar las reparaciones alemanas con una especie de plan especial de forma que no se produjeran consecuencias, dijo, “catastróficas”. Sus crónicas en el Manchester Guardian y en The Nation se hicieron famosas.
Por lo demás, fiel a su vida independiente y lúcida, ganó mucho dinero en transacciones en la Bolsa (ganó 500 mil libras esterlinas de aquellos días) y cuando pasó por Londres el famoso Ballet de San Petersburgo, se enamoró de la primera bailarina, Lydia Lopokova, y se casó con ella. Su libro The economic consequences of the peace fue un bestseller y no menos importante, su A tract on monetary reform. Quede, lo bailado con la primera bailarina, y sus aportaciones económicas para el texto siguiente.
(Tercera y última parte. 17 de octubre de 2008)
La regulación de los mercados devuelve a Keynes a la economía mundial que desde 1944 —Tratado de Bretton Woods— y desde el nombramiento de Greenspan a la cabeza de la Federal Reserve, en 1987, controlaron las grandes proposiciones financieras. El Fondo Monetario y el Banco Mundial, instituciones claves de Bretton Woods, y el control de la primera economía del mundo por Greenspan desde hace casi dos décadas contribuyeron a una centralización “privada” y a los grandes dilemas económicos del mundo.
Es cierto que la Gran Depresión de 1929 evidenció una crisis en profundidad que colocó la economía de Estados Unidos y el mundo ante un precipicio.
Las medidas públicas, casi keynesianas, de Roosevelt (desde 1933 a 1945) generaron un respiro al desempleo masivo y la crisis. Aun así hasta 1940 (ya en marcha la Segunda Guerra Mundial), EU no superó el PIB per cápita de 1929 y sólo en 1941, en el curso de la Segunda Guerra Mundial, se recuperó la economía que, en 1945, apareció como el único poder. La Conferencia de Bretton Woods, un año antes, articuló el proceso.
El sistema en Inglaterra, después de la Primera Guerra Mundial, obligó a Keynes a intervenir ante Churchill (The economic consequences of Mr. Churchill) demoliendo sus ideas. Le señaló que sus medidas conducirían a la inflación y mantendrían el desempleo. Aconsejó al canciller Churchill a realizar grandes obras públicas.
En 1935 apareció el texto gigante de Keynes, Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero (así la publicó el Fondo de Cultura Económica en 1943) que ratificaba las grandes proposiciones de A tract on monetary reform (1923) y su posterior antecedente: A treatise of money (1930).
No obstante, Keynes se encontró, pese a las catástrofes, con una oposición que mantenía, como fundamento doctrinario, el liberalismo económico, la no intervención del Estado (de ninguna manera defiendo la otra proposición del “Es-tado patrón” totalitario) y la autorregulación por vía de la “mano invisible”.
El talento de Keynes, aun cuando estaba en la Comisión Mac-Millan para las Finanzas y la Industria, se encontró con la oposición a su proyecto de los trabajos públicos, es decir, a la creación de fuertes infraestructuras para crear empleo.
Galbraith, el economista estadounidense asume, con claridad, que la primera mitad del siglo XX es la Edad de Keynes, The Age of Keynes. No duda en definirle como el “Mandarín de la Revolución”.
Esa gran batalla le hizo sufrir. Sus confrontaciones con los poderosos fueron, para su sensibilidad, un problema donde voluntad y realidad se encaraban.
Lo pagó. Como lo pagó la salud de Karl Marx, contendiendo, además, con su hogar con periodos de miseria.
Galbraith, de los pocos, lo señala: “Los últimos años no fueron tiempos nada felices para Marx. Su salud fue mala además de los abusos cometidos con la comida, el sueño, el tabaco y el alcohol”. Galbraith en su libro The age of uncertainty, subraya ese diálogo imaginario entre Marx y Keynes.
No deja de advertir, a su vez, que “la influencia de Marx no disminuyó con su muerte”.
En el caso de Keynes su regreso, su retorno filosófico ha sido más fuerte, ahora, que en la Gran Depresión de 1929.
En 1944 formó parte de la delegación inglesa en Bretton Woods, pero su gobierno le suplicó que no polemizara con su discípulo, el secretario del Tesoro de EU, presidente de la Conferencia, porque Inglaterra requería, para sobrevivir, un préstamo urgente de EU.
Keynes era amargamente consciente de esa realidad y pese a que Roosevelt, para hacer frente a la Gran Depresión y el desempleo, utilizó muchas de las medidas keynesianas, jamás se abrió a un verdadero diálogo con él. La enfermedad cardiaca que le había derribado ya en 1937 le arrebató la vida en 1946. Tenía 62 años. Herético, un tiempo, el tiempo renovado nos lo ha devuelto. No hay mano invisible.
*Profesor titular de la FCPyS de la UNAM, escritor y periodista.
10.16.08
Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano
En defensa del periodista Carlos Fernando Chamorro
15 de octubre de 2008
El proyecto de concentración arbitraria de poder a largo plazo del presidente de Nicaragua Daniel Ortega, en lo que cada vez más asume el carácter de una dictadura familiar, ha llevado en los últimos meses a la clausura de partidos políticos y malversación de las reglas electorales, a la represión a garrotazos de manifestaciones opositoras por medio de fuerzas de choque, a la persecución de artistas y escritores como el poeta y sacerdote Ernesto Cardenal y los hermanos Carlos y Luis Enrique Mejía Godoy, a la presión contra canales de televisión independientes para cancelar programas de opinión críticos al régimen, como ocurrió con “El 2 en la Nación”, y a juicios amañados contra directores de medios de comunicación, como ha ocurrido con los director del diario La Prensa, todo en medio de una campaña intimidatorio de injurias, difamación y calumnias en contra de los periodistas independientes y de los dirigentes de organizaciones políticas y civiles.
El último en esta lista es el periodista Carlos Fernando Chamorro, hijo de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, el valiente director del diario La Prensa asesinado por la dictadura de la familia Somoza en 1978. Carlos Fernando dirige en Managua el programa de televisión Esta Semana, que se transmite por el canal 8 y goza de amplia credibilidad por su independencia y profesionalismo, y preside también la Fundación Cinco, dedicada a promover investigaciones sobre comunicación, cultura y democratización, y a promover el periodismo investigativo.
En junio del año pasado, Carlos Fernando presentó en Esta Semana una investigación periodística demostrando la existencia del primer gran caso de corrupción en el gobierno de Ortega: una millonaria extorsión extrajudicial fraguada desde la Secretaría del partido FSLN, donde también opera la Casa Presidencial. La Fiscalía enterró el caso en la impunidad; el empresario que denunció la extorsión fue condenado por injurias y calumnias, y el diputado Alejandro Bolaños, que respaldó la denuncia, fue despojado arbitrariamente de su escaño legislativo.
Desde entonces Carlos Fernando fue sometido a una campaña de difamación en la televisión y la radio oficial, que controla Rosario Murillo, la esposa de Ortega, atribuyéndole delitos tales como los de “narcotraficante, asociación para delinquir, agresor de campesinos y mafioso roba-tierras”, en un franco afán de intimidarlo y callarlo. Ahora, se le ha abierto causa por “lavado de dinero”.
El Ministerio de Gobernación ha acusado a Cinco, y por tanto a Carlos Fernando, de “triangulación y lavado de dinero” por haber suscrito un convenio con el Movimiento Autónomo de Mujeres (MAM), organismo que ha condenado la prohibición del aborto terapéutico establecido en las leyes por el régimen de Ortega, convenio financiado por ocho gobiernos europeos y administrado por OXFAM de Inglaterra, con el propósito de promover “la ciudadanía plena de las mujeres”. La esposa de Ortega se había adelantado a señalar este convenio como el “el fondo satánico” y “Los fondos del mal”. El caso ha pasado a la Fiscalía General, que decide las acciones penales en contra de los ciudadanos, y Carlos Fernando fue sometido ya a un extenso interrogatorio por los fiscales designados para llevar el caso.
Carlos Fernando ha declarado: “al no existir una base legal sobre esta investigación, tengo la convicción de que el gobierno está intentando armar un caso jurídico para justificar una acción de represalia política, que ya fue decidida en las más altas esferas del poder, contra Cinco y sus directivos, así como contra periodistas, medios de comunicación, y organizaciones de la sociedad civil, que en base a sus derechos constitucionales ejercen una labor crítica sobre la gestión del gobierno.”
Posteriormente, la Fiscalía General, valiéndose de la orden fabricada de un juez de los que obedecen a Ortega, consumó un allanamiento policial violento a las oficinas en que funciona la Fundación Cinco. En el operativo fueron utilizados más de 40 policías que acordonaron la zona con cintas de “escena del crimen”, se rompieron las puertas, y en un allanamiento y operación de cateo que duró 15 horas, fueron secuestrados los archivos de la organización, más de 15.000 folios, y cinco computadoras, de las que no se revisó su contenido, con lo que estos pueden ser falseados. Lo mismo fue hecho en la sede del Movimiento Autónomo de Mujeres.
Llamamos a la comunidad internacional a denunciar estos hechos que sólo demuestran el camino que Nicaragua lleva hacia la dictadura bajo el régimen de Ortega, y a solidarizarse plenamente con el periodista Carlos Fernando Chamorro, amenazado con la cárcel, quien igual que su padre defiende el derecho a la libre expresión frente a la brutalidad del autoritarismo.
Firman esta declaración, publicada el 13 de octubre de 2008:
Sergio Ramírez Mercado, escritor, Nicaragua Jaime Abello Banfi, Director Ejecutivo, Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), Colombia María Teresa Ronderos, Presidente, Fundación para Libertad de Prensa (FLIP), Colombia Carlos Cortés Castillo, Director, Fundación para la Libertad de Prensa, (FLIP), Colombia Ricardo Uceda, Director, IPYS, Perú César Ricaurte, Fundamedios, Ecuador Roberto Saba, Asociación por los Derechos Civiles (ADC), Argentina Eleanora Rabinovich, Programa de Libertad de Expresión, ADC, Argentina Luisa Rangel, Coordinadora Regional Américas, International News Safety Institute (INSI), Inglaterra Luis Botello, Programa de América Latina, International Center for Journalists, USA Rosa María Alfaro, Asociación de Comunicadores Sociales Calandria, Perú Eduardo Ulibarri, Presidente, Instituto para la Libertad de Expresión (IPLEX), Costa Rica Raúl Silesky, Secretario, Instituto para la Libertad de Expresión (IPLEX), Costa Rica José Buendía H., Director, Fundación Prensa y Democracia, México Juan Luis Correa, Presidente, Forum de Periodistas de Panamá Flor Ortega, Directora, Forum de Periodistas de Panamá Mónica González, directora de CIPER, Chile Moisés Sánchez, Director Fundación Pro Acceso, Chile Benjamín Cuellar, Director, IDHUCA, El Salvador José Zamora, programa de periodismo Fundación Knight, USA Susan Meiselas, fotoperiodista, Estados Unidos Alma Guillermoprieto, periodista, México Tomás Eloy Martínez, escritor y periodista, Argentina Carlos Monsivais, escritor y periodista, México Horacio Verbitsky, periodista, Argentina Germán Rey, periodista, Colombia Geraldo Vieira Filho, periodista, Brasil Joaquín Estefanía, periodista, España Rosental Calmon Alves, periodista, Brasil Jean-François Fogel, periodista, Francia Francis Pisani, periodista, Francia Héctor Feliciano, periodista, Puerto Rico Daniel Santoro, periodista, Argentina Mario Benedetti, escritor, Uruguay Eduardo Galeano, escritor, Uruguay Ariel Dorfman, escritor, Chile Ángeles Mastretta, escritora, México Laura Restrepo, escritora, Colombia Juan Villoro, escritor, México José Miguel Oviedo, escritor, Perú. José María Pérez Gay, escritor, México Danilo Arbilla, periodista, Uruguay Alexis Márquez, periodista, Venezuela Héctor Aguilar Camín, escritor, México José Emilio Pacheco, escritor, México Gonzalo Celorio, escritor, México Rosa Regás, escritora, España Carmen Boullosa, escritora, México Héctor Abad Faciolince, escritor, Colombia Bianca Jagger, activista de derechos humanos, Inglaterra/Nicaragua Gabriela Esquivada, periodista, Argentina Carlos Dada, periodista, El Salvador Cristiana Chamorro, periodista, Nicaragua Lydia Chávez, profesora de periodismo, Universidad de Berkeley, California Horacio Castellanos Moya, escritor, El Salvador Sergio Aguayo, periodista, México David Unger, escritor y académico, Estados Unidos Eric Nepomuceno, periodista, Brasil José María Pérez Gay, México Cristina Pacheco, periodista, México Ana Coen Bickford, periodista, Estados Unidos Iris Fiori, escritora, Argentina Roberto Díaz Castillo, escritor, Guatemala Dinah Livingstone, escritora, Gran Bretaña Carlos Figueredo Planchart, periodista, Venezuela. José Luis Balcárcel, filósofo, México/Guatemala. Karen Flakoll Fauché, periodista, Francia Gloria Guardia, escritora, Panamá William Meléndez, director de noticias, Canal 12, El Salvador Oscar Samayoa, Cambio Democrático, El Salvador Paolo Luers, columnista El Diario de Hoy, El Salvador Ricardo Alfaro, jurista, Panamá Lafitte Fernández, periodista, El Mundo, El Salvador Salvador Samayoa, analista político, El Salvador Beatriz González, pintora, Colombia Miguel Huezo Mixco, escritor, El Salvador Urbano Ripoll, arquitecto, Colombia Ana Teresa Torres, escritora, Venezuela Roberto Rubio, economista, director de FUNDE, El Salvador Martha Cerda, presidenta PEN Club, Guadalajara, México Sarah González de Mojica, académica, Colombia Narciso Castillo, director de Canal 33 Luise y Henning Sherf, periodistas, Alemania Hortensia Campanella, escritora, Uruguay Esperanza Ortega, poeta, España. Jose Barrera, Pen Club, Guatemala Ricardo Ríos Torres, escritor, Panamá. Marta Cerda, Presidenta Pen Club, Guadalajara Luis Fayad, escritor, Colombia. Ricardo Arturo Ríos Torres (repetido) Leticia Santín, periodista, México Ana María Rodas, escritora, Guatemala Sealtiel Alatriste, escritor, México José Barrera, PEN Club, Guatemala Ricaurte Arrocha Adames, periodista, Panamá Alberto Cortés Ramos, sociólogo, Costa Rica Carlos Cortés, escritor y periodista, Costa Rica Silvia Garza, escritora, México Adolfo Castañón, escritor, México María Lourdes Cortés, escritora, Costa Rica Ramon Piña Valls, periodista, España Julio Ortega, escritor y crítico literario, Perú Victoria de Stefano, escritora, Venezuela. Caridad Plaza, periodista, España Ricardo Stein, sociólogo, Guatemala Constantino Urcuyo, politólogo, Costa Rica Miguel Antonio Bernal, periodista, Manuel Guedán, académico, España Basilio Baltasar, escritor, España Ricardo Bada, escritor, España. Rubén Zamora, politólogo, El Salvador Mimí Prado, socióloga, Costa Rica Anabell Aguilar, poeta, Costa Rica Noe Jitrik, escritor, Argentina. Julio Mendivil, músico, Perú. Benjamín Prado, escritor, España. Ana Istarú, poeta, Costa Rica Carolina Godoy Castañeda, periodista, Guatemala Heinz G. Scmidt, periodista, Alemania Stacey Alba Skar, profesora, Western Connecticut State University, EEUU Judit Lentijo, escritora, Argentina Luis Nicastro , escritor, filósofo, Argentina Ernesto Mallo, periodista, Argentina Julio Selser, abogado, escritor, Argentina Cesar Matta Alsina, periodista, Argentina Camilo José Cela Conde, escritor, España Juan Comparan Arias, escritor, México Arturo Accio, escritor, músico, México Enrique Guillermo Suárez, escritor, Argentina José Carlos Rosales, escritor, España.
10.13.08
Las exclusivas periodísticas también hacen tambalearse a la Bolsa de Londres
EMILI J. BLASCO | LONDRES | ABC.ES | 13 DE OCTUBRE DE 2008.
Los principales terromotos en la Bolsa de Londres, en lo que llevamos de crisis han ido precedidos por exclusivas de Robert Peston. El suyo es el rostro de la emergencia financiera en el Reino Unido. Jefe de Economía de la BBC, Peston sale en todos los informativos, interviene en los principales boletines de la radio y mantiene un blog que se ha convertido en lo más seguido para conocer el trasfondo de lo que está ocurriendo.
Desde que se levanta a las 6 de la mañana comienza a hacer llamadas a sus fuentes en el Gobierno, el Banco de Inglaterra y la City, y desde su propia casa, a través del teléfono y el ordenador, lanza sus scoops. La primera gran exclusiva la emitió el 13 de septiembre del año pasado: la insolvencia del Northern Rock. De inmediato, las sucursales de ese banco se llenaron de colas de clientes que querían retirar sus ahorros. El pánico sólo concluyó cuando el Gobierno anunció que nacionalizaría esa entidad.
Posibles filtraciones
Peston, hijo de un economista miembro de la Cámara de los Lores por el Partido Laborista, se llevó también la gloria de ser el primero en enterarse de que el HBOS, en caída libre, había llegado a un acuerdo para ser comprado por el Lloyd´s TSB. Era el pasado 17 de septiembre y la noticia la dio Peston al filo de las 9 de la mañana. Las acciones del HBOS se dispararon hacia arriba y hubo alguna extraña operación de un par de inversiones que se enriquecieron. El periodista ha asegurado que él dio la noticia tan pronto como la tuvo, sin filtrarla a nadie, pero esto fue puesto en cuestión por algún competidor.
Al margen de posibles celos, ha habido malestar entre otros colegas, así como entre banqueros, por algunas informaciones probablemente facilitadas desde el Gobierno. En ocasiones existe una extrema similitud entre lo que está diciendo el primer ministro, Gordon Brown, y lo que sostiene Peston en su blog. Pero sus exclusivas más bien han perjudicado a Brown.
También al filo de la apertura de los mercados, como las otras veces, Peston divulgó el pasado lunes que la noche anterior los directivos de varios bancos, entre ellos el hasta entonces no dañado Royal Bank of Scotland (RBS), se habían reunido con el ministro de Economía por la urgente necesidad de capitalización. La notica casi provocó el calapso del RBS y obligó a Brown a adelantar el anuncio de un paquete de rescate del sistema bancario.
Petición de investigación
Los conservadores han pedido una investigación sobre cómo Peston está obteniendo sus informaciones, pues en un régimen de gran competencia entre medios, con exclusivas siempre muy repartidas, esta vez los scoops, procedentes de un núcleo muy reducido de personas, sólo los lanza la BBC.
Robert Peston se jacta de no ser muy sociable y preferir ir por libre en la profesión, sin ir con el resto de colegas al pub al terminar el trabajo. Considera que en el pub hay mucho cotilleo, pero que la información está en otros sitios.
Formó parte de la redacción de «The Independent» cuando este diario se lanzó en 1986. Entre 1991 y 2000 trabajó en el «Financial Times», donde ha sido jefe de la sección de Política y del equipo de investigación; dejó este periódico cuando vio que había otros candidatos mejor colocados para llegar al puesto de director. En una movilidad muy propia del sector periodístico británico, en 2002 pasó a «The Sunday Telegraph», del que fue director adjunto. Fue fichado como jefe de Economía de la BBC hace dos años y medio. Formado en Oxford, tiene 48 años y es autor de «Brown´s Britain», biografía política del actual primer ministro, publicada en 2005.
10.12.08
The Fall of America, Inc.
Francis Fukuyama*
NEWSWEEK. Published Oct 4, 2008.
From the magazine issue dated Oct 13, 2008.
Along with some of Wall Street’s most storied firms, a certain vision of capitalism has collapsed. How we restore faith in our brand.
The implosion of America’s most storied investment banks. The vanishing of more than a trillion dollars in stock-market wealth in a day. A $700 billion tab for U.S. taxpayers. The scale of the Wall Street crackup could scarcely be more gargantuan. Yet even as Americans ask why they’re having to pay such mind-bending sums to prevent the economy from imploding, few are discussing a more intangible, yet potentially much greater cost to the United States—the damage that the financial meltdown is doing to America’s “brand.”
Ideas are one of our most important exports, and two fundamentally American ideas have dominated global thinking since the early 1980s, when Ronald Reagan was elected president. The first was a certain vision of capitalism—one that argued low taxes, light regulation and a pared-back government would be the engine for economic growth. Reaganism reversed a century-long trend toward ever-larger government. Deregulation became the order of the day not just in the United States but around the world.
The second big idea was America as a promoter of liberal democracy around the world, which was seen as the best path to a more prosperous and open international order. America’s power and influence rested not just on our tanks and dollars, but on the fact that most people found the American form of self-government attractive and wanted to reshape their societies along the same lines—what political scientist Joseph Nye has labeled our “soft power.”
It’s hard to fathom just how badly these signature features of the American brand have been discredited. Between 2002 and 2007, while the world was enjoying an unprecedented period of growth, it was easy to ignore those European socialists and Latin American populists who denounced the U.S. economic model as “cowboy capitalism.” But now the engine of that growth, the American economy, has gone off the rails and threatens to drag the rest of the world down with it. Worse, the culprit is the American model itself: under the mantra of less government, Washington failed to adequately regulate the financial sector and allowed it to do tremendous harm to the rest of the society.
Democracy was tarnished even earlier. Once Saddam was proved not to have WMD, the Bush administration sought to justify the Iraq War by linking it to a broader “freedom agenda”; suddenly the promotion of democracy was a chief weapon in the war against terrorism. To many people around the world, America’s rhetoric about democracy sounds a lot like an excuse for furthering U.S. hegemony.
The choice we face now goes well beyond the bailout, or the presidential campaign. The American brand is being sorely tested at a time when other models—whether China’s or Russia’s—are looking more and more attractive. Restoring our good name and reviving the appeal of our brand is in many ways as great a challenge as stabilizing the financial sector. Barack Obama and John McCain would each bring different strengths to the task. But for either it will be an uphill, years-long struggle. And we cannot even begin until we clearly understand what went wrong—which aspects of the American model are sound, which were poorly implemented, and which need to be discarded altogether.
Many commentators have noted that the Wall Street meltdown marks the end of the Reagan era. In this they are doubtless right, even if McCain manages to get elected president in November. Big ideas are born in the context of a particular historical era. Few survive when the context changes dramatically, which is why politics tends to shift from left to right and back again in generation-long cycles.
Reaganism (or, in its British form, Thatcherism) was right for its time. Since Franklin Roosevelt’s New Deal in the 1930s, governments all over the world had only grown bigger and bigger. By the 1970s large welfare states and economies choked by red tape were proving highly dysfunctional. Back then, telephones were expensive and hard to get, air travel was a luxury of the rich, and most people put their savings in bank accounts paying low, regulated rates of interest. Programs like Aid to Families With Dependent Children created disincentives for poor families to work and stay married, and families broke down. The Reagan-Thatcher revolution made it easier to hire and fire workers, causing a huge amount of pain as traditional industries shrank or shut down. But it also laid the groundwork for nearly three decades of growth and the emergence of new sectors like information technology and biotech.
Internationally, the Reagan revolution translated into the “Washington Consensus,” under which Washington—and institutions under its influence, like the International Monetary Fund and the World Bank—pushed developing countries to open up their economies. While the Washington Consensus is routinely trashed by populists like Venezuela’s Hugo Chávez, it successfully eased the pain of the Latin American debt crisis of the early 1980s, when hyperinflation plagued countries such as Argentina and Brazil. Similar market-friendly policies are what turned China and India into the economic powerhouses they are today.
And if anyone needed more proof, they could look at the world’s most extreme examples of big government—the centrally planned economies of the former Soviet Union and other communist states. By the 1970s they were falling behind their capitalist rivals in virtually all respects. Their implosion after the fall of the Berlin Wall confirmed that such welfare states on steroids were an historical dead end.
Like all transformative movements, the Reagan revolution lost its way because for many followers it became an unimpeachable ideology, not a pragmatic response to the excesses of the welfare state. Two concepts were sacrosanct: first, that tax cuts would be self-financing, and second, that financial markets could be self-regulating.
Prior to the 1980s, conservatives were fiscally conservative— that is, they were unwilling to spend more than they took in in taxes. But Reaganomics introduced the idea that virtually any tax cut would so stimulate growth that the government would end up taking in more revenue in the end (the so-called Laffer curve). In fact, the traditional view was correct: if you cut taxes without cutting spending, you end up with a damaging deficit. Thus the Reagan tax cuts of the 1980s produced a big deficit; the Clinton tax increases of the 1990s produced a surplus; and the Bush tax cuts of the early 21st century produced an even larger deficit. The fact that the American economy grew just as fast in the Clinton years as in the Reagan ones somehow didn’t shake the conservative faith in tax cuts as the surefire key to growth.
More important, globalization masked the flaws in this reasoning for several decades. Foreigners seemed endlessly willing to hold American dollars, which allowed the U.S. government to run deficits while still enjoying high growth, something that no developing country could get away with. That’s why Vice President Dick Cheney reportedly told President Bush early on that the lesson of the 1980s was that “deficits don’t matter.”
The second Reagan-era article of faith—financial deregulation—was pushed by an unholy alliance of true believers and Wall Street firms, and by the 1990s had been accepted as gospel by the Democrats as well. They argued that long-standing regulations like the Depression-era Glass-Steagall Act (which split up commercial and investment banking) were stifling innovation and undermining the competitiveness of U.S. financial institutions. They were right—only, deregulation produced a flood of innovative new products like collateralized debt obligations, which are at the core of the current crisis. Some Republicans still haven’t come to grips with this, as evidenced by their proposed alternative to the bailout bill, which involved yet bigger tax cuts for hedge funds.
The problem is that Wall Street is very different from, say, Silicon Valley, where a light regulatory hand is genuinely beneficial. Financial institutions are based on trust, which can only flourish if governments ensure they are transparent and constrained in the risks they can take with other people’s money. The sector is also different because the collapse of a financial institution harms not just its shareholders and employees, but a host of innocent bystanders as well (what economists soberly call “negative externalities”).
Signs that the Reagan revolution had drifted dangerously have been clear over the past decade. An early warning was the Asian financial crisis of 1997-98. Countries like Thailand and South Korea, following American advice and pressure, liberalized their capital markets in the early 1990s. A lot of hot money started flowing into their economies, creating a speculative bubble, and then rushed out again at the first sign of trouble. Sound familiar? Meanwhile, countries like China and Malaysia that didn’t follow American advice and kept their financial markets closed or strictly regulated found themselves much less vulnerable.
A second warning sign lay in America’s accumulating structural deficits. China and a number of other countries began buying U.S. dollars after 1997 as part of a deliberate strategy to undervalue their currencies, keep their factories humming and protect themselves from financial shocks. This suited a post-9/11 America just fine; it meant that we could cut taxes, finance a consumption binge, pay for two expensive wars and run a fiscal deficit at the same time. The staggering and mounting trade deficits this produced—$700 billion a year by 2007—were clearly unsustainable; sooner or later the foreigners would decide that America wasn’t such a great place to bank their money. The falling U.S. dollar indicates that we have arrived at that point. Clearly, and contrary to Cheney, deficits do matter.
Even at home, the downside of deregulation were clear well before the Wall Street collapse. In California, electricity prices spiraled out of control in 2000-2001 as a result of deregulation in the state energy market, which unscrupulous companies like Enron gamed to their advantage. Enron itself, along with a host of other firms, collapsed in 2004 because accounting standards had not been enforced adequately. Inequality in the United States rose throughout the past decade, because the gains from economic growth went disproportionately to wealthier and better-educated Americans, while the incomes of working-class people stagnated. And finally, the bungled occupation of Iraq and the response to Hurricane Katrina exposed the top-to-bottom weakness of the public sector, a result of decades of underfunding and the low prestige accorded civil servants from the Reagan years on.
All this suggests that the Reagan era should have ended some time ago. It didn’t partly because the Democratic Party failed to come up with convincing candidates and arguments, but also because of a particular aspect of America that makes our country very different from Europe. There, less-educated, working-class citizens vote reliably for socialist, communist and other left-learning parties, based on their economic interests. In the United States, they can swing either left or right. They were part of Roosevelt’s grand Democratic coalition during the New Deal, a coalition that held through Lyndon Johnson’s Great Society in the 1960s. But they started voting Republican during the Nixon and Reagan years, swung to Clinton in the 1990s, and returned to the Republican fold under George W. Bush. When they vote Republican, it’s because cultural issues like religion, patriotism, family values and gun ownership trump economic ones.
This group of voters will decide November’s election, not least because of their concentration in a handful of swing states like Ohio and Pennsylvania. Will they tilt toward the more distant, Harvard-educated Obama, who more accurately reflects their economic interests? Or will they stick with people they can better identify with, like McCain and Sarah Palin? It took an economic crisis of massive proportions from 1929 to 1931 to bring a Democratic administration to power. Polls indicate we may have arrived again at that point in October 2008.
The other critical component of the American brand is democracy, and the willingness of the United States to support other democracies around the world. This idealistic streak in U.S. foreign policy has been constant over the past century, from Woodrow Wilson’s League of Nations through Roosevelt’s Four Freedoms to Reagan’s call for Mikhail Gorbachev to “tear down this wall.”
Promoting democracy—through diplomacy, aid to civil society groups, free media and the like—has never been controversial. The problem now is that by using democracy to justify the Iraq War, the Bush administration suggested to many that “democracy” was a code word for military intervention and regime change. (The chaos that ensued in Iraq didn’t exactly help democracy’s image either.) The Middle East in particular is a minefield for any U.S. administration, since America supports nondemocratic allies like the Saudis, and refuses to work with groups like Hamas and Hizbullah that came to power through elections. We don’t have much credibility when we champion a “freedom agenda.”
The American model has also been seriously tarnished by the Bush administration’s use of torture. After 9/11 Americans proved distressingly ready to give up constitutional protections for the sake of security. Guantánamo Bay and the hooded prisoner at Abu Ghraib have since replaced the Statue of Liberty as symbols of America in the eyes of many non-Americans.
No matter who wins the presidency a month from now, the shift into a new cycle of American and world politics will have begun. The Democrats are likely to increase their majorities in the House and Senate. A huge amount of populist anger is brewing as the Wall Street meltdown spreads to Main Street. Already there is a growing consensus on the need to re-regulate many parts of the economy.
Globally the United States will not enjoy the hegemonic position it has occupied until now, something underscored by Russia’s Aug. 7 invasion of Georgia. America’s ability to shape the global economy through trade pacts and the IMF and World Bank will be diminished, as will our financial resources. And in many parts of the world, American ideas, advice and even aid will be less welcome than they are now.
Under such circumstances, which candidate is better positioned to rebrand America? Barack Obama obviously carries the least baggage from the recent past, and his postpartisan style seeks to move beyond today’s political divisions. At heart he seems a pragmatist, not an ideologue. But his consensus-forming skills will be sorely tested when he has to make tough choices, bringing not just Republicans but unruly Democrats into the fold. McCain, for his part, has talked like Teddy Roosevelt in recent weeks, railing against Wall Street and calling for SEC chairman Chris Cox’s head. He may be the only Republican who can bring his party, kicking and screaming, into a post-Reagan era. But one gets the sense that he hasn’t fully made up his mind what kind of Republican he really is, or what principles should define the new America.
American influence can and will eventually be restored. Since the world as a whole is likely to suffer an economic downturn, it is not clear that the Chinese or Russian models will fare appreciably better than the American version. The United States has come back from serious setbacks during the 1930s and 1970s, due to the adaptability of our system and the resilience of our people.
Still, another comeback rests on our ability to make some fundamental changes. First, we must break out of the Reagan-era straitjacket concerning taxes and regulation. Tax cuts feel good but do not necessarily stimulate growth or pay for themselves; given our long-term fiscal situation Americans are going to have to be told honestly that they will have to pay their own way in the future. Deregulation, or the failure of regulators to keep up with fast-moving markets, can become unbelievably costly, as we have seen. The entire American public sector—underfunded, deprofessionalized and demoralized—needs to be rebuilt and be given a new sense of pride. There are certain jobs that only the government can fulfill.
As we undertake these changes, of course, there’s a danger of overcorrecting. Financial institutions need strong supervision, but it isn’t clear that other sectors of the economy do. Free trade remains a powerful motor for economic growth, as well as an instrument of U.S. diplomacy. We should provide better assistance to workers adjusting to changing global conditions, rather than defend their existing jobs. If tax cutting is not a path to automatic prosperity, neither is unconstrained social spending. The cost of the bailouts and the long-term weakness of the dollar mean that inflation will be a serious threat in the future. An irresponsible fiscal policy could easily add to the problem.
And while fewer non-Americans are likely to listen to our advice, many would still benefit from emulating certain aspects of the Reagan model. Not, certainly, financial-market deregulation. But in continental Europe, workers are still treated to long vacations, short working weeks, job guarantees and a host of other benefits that weaken their productivity and will not be financially sustainable.
The unedifying response to the Wall Street crisis shows that the biggest change we need to make is in our politics. The Reagan revolution broke the 50-year dominance of liberals and Democrats in American politics and opened up room for different approaches to the problems of the time. But as the years have passed, what were once fresh ideas have hardened into hoary dogmas. The quality of political debate has been coarsened by partisans who question not just the ideas but the motives of their opponents. All this makes it harder to adjust to the new and difficult reality we face. So the ultimate test for the American model will be its capacity to reinvent itself once again. Good branding is not, to quote a presidential candidate, a matter of putting lipstick on a pig. It’s about having the right product to sell in the first place. American democracy has its work cut out for it.
*Fukuyama is professor of International Political Economy at the Johns Hopkins School of Advanced International Studies.
10.11.08
Ni Hayek ni Keynes, hoy más que nunca Marx
Por Marcos Roitman Rosenmann. La Jornada. 11 de octubre de 2008.
Vivimos tiempos de incertidumbre. Quienes valoran la extensión de la crisis del capitalismo son los movimientos alternativos, sus gestores y causantes. Los diagnósticos y proyecciones sobre la globalización neoliberal lanzados hace 20 años por los movimientos antiglobalización o antisistémicos han dado en la diana. Las políticas de privatización, apertura comercial, financiera y flexibilidad laboral escondían un enorme grado de explotación y especulación. El resultado sería inevitablemente el colapso general del planeta. Nada hacía presagiar otro sendero. Sin embargo, resulta extraño que los economistas neoliberales se queden perplejos y apunten a pecados bíblicos como la tacañería y la avaricia para explicar la crisis. ¿Acaso piensan en otra racionalidad del capitalismo? Su incultura parece situarse en las mismas cotas que la crisis. Son de hondo calado. De nada les ha servido obtener master o doctorados en Chicago o la fundación Heritage. Lo recomendable hubiese sido darles a leer los cuentos de Charles Dickens y poner sobre su mesa los estudios históricos de Sombart relacionando el burgués con la propensión al lujo y el origen del capitalismo. Pero la mala memoria de los actuales tecnócratas de las finanzas coincide con la derrota de su doctrina del libre mercado. No les gusta reconocer que el derroche es parte de la mentalidad plutocrática de la evolución del capitalismo. No hay banquero que no haga ostentación de su riqueza en forma de yates, coches de lujo, organice viajes de placer, comidas opíparas, orgías, adquiera ropas de marca, participe de prostitución de alto copete, y se vanaglorie de comprar y vender obras de arte. De otra manera no serían capitalistas. El robo y la piratería es consustancial a los orígenes del capitalismo y precede la globalización neoliberal. Baste recorrer las calles de Florencia o de Venecia para saber de qué hablamos. Los Medici y los Sforza. Palacios y riquezas en diferentes arquetipos muestran su poder y el de sus repúblicas. Sorokin lo ejemplarizó con una metáfora. El capitalismo no puede vivir en una sociedad de credo comunista, se debe al lujo. El capitalismo no tiene salida al margen de sus parámetros de consumo y de organización económica. Requiere tragar, engullir, es violento y necesita un mayor grado de fuerza bruta para apuntalarse. Se mantiene gracias a la eficiente acción de las clases dominantes y de las elites económicas, verdaderas controladoras del Estado y de sus aparatos de dominación política. Hipótesis comprobable si vemos el itinerario que se pretende seguir al “donar” millones de dólares o euros a quienes han provocado la mayor crisis social y económica hasta ahora conocida debido a su falta de escrúpulos para obtener un plus y engordar sus cuentas corrientes a costa del contribuyente. No podía ser de otra manera.
Marx tenía razón. Cuando los gobiernos conservadores y neoliberales se prestan a rejuvenecer el sistema financiero por medio de un intervencionismo estatal se refuerza el carácter de clase del Estado. Es el capitalista global el que está representado en su forma equivalente general. En momentos de necesidad emerge su esencia. Inyectar millones y millones de dólares o euros para evitar una catástrofe financiera o una caída espectacular de los valores bursátiles, supone orientar políticamente las decisiones. Pero igualmente, conlleva salvar a los grandes empresarios y las trasnacionales. El horizonte es reflotar el sistema. No se busca una crítica sobre las causas que han motivado llegar hasta aquí. No se preguntan sobre los orígenes de un orden social fundado en la expoliación de los recursos naturales, en la degradación del medio ambiente, y en una continuada y constante pérdida de derechos sociales, políticos y económicos de las grandes mayorías. Es decir, no se trata de dar un giro de 180 grados. La respuesta a la crisis consiste en velar su causa, la irracionalidad de la explotación del hombre por el hombre y del hombre hacia la naturaleza. En ocultar el beneficio de las empresas trasnacionales, dueñas de las tecnologías y las patentes capaces, primero, de crear hambrunas en continentes enteros y, después, de llevar a la muerte a miles de niños obteniendo pingües beneficios para aumentar rendimientos en condiciones de monopolio. Empresas patrocinadoras de guerras espurias, de venta de armas, de trabajo infantil y de inmigración ilegal. Factores que coadyuvan para abaratar costes de producción y aumentar su control sobre gobernantes corruptos y dóciles.
No nos llamemos a engaños. Insuflar dinero a los grandes bancos y salir en defensa de sus consejeros y altos cargos es parte de una estrategia pendular. Cuando no resulta oportuno tejer con Hayek, se teje con Keynes. Unas veces desde la oferta y otras desde la demanda. Tanto monta, monta tanto. En cualquier caso, el resultado es el mismo. La relación capital-trabajo se asienta sobre la expropiación del excedente económico producido por el trabajador en condiciones de apropiación privada. Así, quienes pagan los platos rotos de esta estrategia son los de siempre. Las clases explotadas y oprimidas del campo y la ciudad. Salvar el orden económico, sin modificar su estructura y su organización, conlleva un aumento de la desigualdad social y la explotación. Pero el discurso de la cohesión social recubre esta opción bajo el eufemismo de apoyar una estrategia de aumentar prestaciones a los más débiles. Políticas para los desamparados y los pobres de solemnidad. Así, se soslayan las indemnizaciones millonarias a los ejecutivos de los bancos y las empresas trasnacionales cuyos contratos blindados se gestionaron con anterioridad. Los impuestos de todos irán a los bolsillos de unos pocos y servirán para pagar una buenas vacaciones y aligerar el estrés de su ineficaz gestión. Ninguno pasará por la cárcel, previo juicio. Tampoco se verá sometido al escarnio público ni se avergonzará. Seguirán en sus trece, para ellos, nada ha fallado; esperarán agazapados la siguiente oportunidad. Su relato será simple: han sido unos pocos inescrupulosos los causantes del desastre. Las aguas deben volver a su cauce. El capitalismo retomará su rumbo y otra vez se podrá robar a manos llenas. Por este camino el planeta desaparecerá. Ni Hayek ni Keynes, hoy más que nunca Marx.
10.06.08
Pide rey Juan Carlos a la prensa “veracidad e imparcialidad”
MADRID (EFE), 6 de octubre de 2008.- El rey Juan Carlos I de España reclamó a los periodistas que ejerzan su tarea desde “la veracidad y la imparcialidad” y a los poderes públicos que los medios puedan desarrollar su función “en condiciones de plena libertad”.
El monarca inauguró hoy oficialmente la 64 Asamblea General de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), que se celebra en Madrid.
En su discurso ante los representantes de los principales medios de comunicación del mundo, el Rey dijo que la libertad de expresión es un logro que “ha costado y cuesta enormes sacrificios y no pocas víctimas en distintas regiones del planeta”. Sostuvo también que las libertades de expresión e información deben estar garantizadas y protegidas por “las iniciativas políticas y legislativas pertinentes”.
El monarca se refirió a las nuevas tecnologías que determinan la redefinición de los medios de comunicación y que, debido a Internet, el público es cada vez más exigente con la información y de ahí la importancia de la formación del periodista.
La información sin fronteras no es “sólo un desafío, sino una verdadera ocasión para intercambiar experiencias y enseñanzas”, y la oportunidad de “suscribir convenios de reciprocidad, en condiciones de igualdad”, agregó.
El rey Juan Carlos reconoció la labor de la SIP en la defensa de la libertad de expresión, los valores de la libertad de prensa y la dignidad de la profesión periodística. Además pidió que se impida que queden impunes los delitos que aún se cometen contra los periodistas por el mero hecho de serlo.
El presidente del Grupo Prisa y del Comité Anfitrión de la SIP, Ignacio de Polanco, sostuvo por su parte que la libertad de prensa es un requisito sin el que no sería posible dar al ser humano “todas sus posibilidades de crecimiento y a las sociedades todo su potencial de cooperación y progreso”.
A su juicio, el futuro de la humanidad dependerá de este derecho, que se ha convertido en “pilar imprescindible de la sociedad abierta y en columna vertebral de nuestras sociedades constitucionales”.
Ante los rápidos avances sociales y tecnológicos, Polanco advirtió que si los medios de comunicación no quieren ser “víctimas del cambio” tendrán que actuar como “agentes de esa transformación”.
El responsable del Grupo Prisa recordó que en 2010 se cumple el bicentenario de los procesos políticos que condujeron a la independencia de los países americanos, una efeméride que lleva a recordar cómo los artífices de ese movimiento creían en la libertad de prensa como algo “imprescindible” para el futuro del continente.
El presidente de la SIP, Earl Maucker, aseguró que la organización seguirá “trabajando sin descanso” para que las personas sigan recibiendo información “con esperanza y sin temores” y para combatir “al enemigo” que se esconde detrás de la censura.