11.27.08
El antropólogo Claude Lévi-Strauss cumple un siglo de vida con plena lucidez
EFE - París – 27/11/200.
Claude Lévi-Strauss, uno de los intelectuales más relevantes del siglo XX, destacado antropólogo y padre del enfoque estructuralista de las ciencias sociales, que ha influido de manera decisiva en la filosofía, la sociología, la historia y la teoría de la literatura, cumple mañana 100 años de vida. A pesar de su longevidad e intensa actividad intelectual desde antes de la Segunda Guerra Mundial, Lévi-Strauss, miembro de la Academia de Francia desde 1973, goza de buena salud y se mantiene lúcido, como relató a la prensa el director del museo Quai Branly de París, Stéphane Martin, institución que alberga un teatro con el nombre del célebre antropólogo.
Claude Lévi-Strauss, uno de los intelectuales más relevantes del siglo XX, destacado antropólogo y padre del enfoque estructuralista de las ciencias sociales, que ha influido de manera decisiva en la filosofía, la sociología, la historia y la teoría de la literatura, cumple mañana 100 años de vida. A pesar de su longevidad e intensa actividad intelectual desde antes de la Segunda Guerra Mundial, Lévi-Strauss, miembro de la Academia de Francia desde 1973, goza de buena salud y se mantiene lúcido, como relató a la prensa el director del museo Quai Branly de París, Stéphane Martin, institución que alberga un teatro con el nombre del célebre antropólogo.
Francés nacido en Bruselas el 28 de noviembre de 1908, este centenario humanista es hijo de un judío agnóstico de origen alsaciano que le educó en un ambiente artístico, aunque terminó cursando estudios de Derecho y Filosofía en la Sorbona de París. El autor de Mythologiques ejerció como profesor de esta última disciplina hasta que recibió una invitación de Marcel Mauss, padre de la etnología francesa, para ingresar en el recién creado departamento de etnografía.
Fue así como despertó en Lévi-Strauss la curiosidad por una materia en la que desarrollaría una brillante carrera y que le ha concedido un “lugar preeminente entre los investigadores del siglo XX”, explicó el profesor de Antropología Social de la Universidad Complutense de Madrid Rafael Díaz Maderuelo.
Entre los Bororo y los nambikwara
Su nueva vocación le llevó a aceptar un puesto como profesor visitante en la universidad brasileña de Sao Paulo, de 1935 a 1939, estancia que le posibilitó llevar a cabo trabajos de campo en el estado amazónico de Mato Grosso y en la Amazonía. Allí realizó estancias esporádicas entre los bororo, los nambikwara y los tupi-kawahib, experiencias que le orientaron definitivamente como profesional de la antropología, campo en el que su trabajo aún hoy “sigue siendo válido para la mayoría de los antropólogos”, señaló Díaz Maderuelo sobre el autor de El pensamiento salvaje.
Tras regresar a Francia, en 1942 se trasladó a Estados Unidos como profesor visitante en la New School for Social Research de Nueva York, antes de un breve paso por la embajada francesa en Washington como agregado cultural. De vuelta a París, fue nombrado director asociado del Museo del Hombre y se convirtió después en director de estudios en la École Pratique des Hautes Études, entre 1950 y 1974, trabajo que combinó con su enseñanza de antropología social en el Collège de France, hasta su jubilación en 1982, al tiempo que dirigía el Laboratorio de Antropología Social.
La teoría de la alianza
Hijo intelectual de Émile Durkheim y de Mauss, e interesado por la obra de Karl Marx, por el psicoanálisis de Sigmund Freud, la lingüística de Ferdinand Saussure y Roman Jakobson, el formalismo de Vladimir Propp y un largo etcétera, es además un apasionado de la música, la geología, la botánica y la astronomía. Las aportaciones más decisivas del trabajo de Lévi-Strauss se pueden resumir en tres grandes temas: la teoría de la alianza, los procesos mentales del conocimiento humano y la estructura de los mitos.
La teoría de la alianza defiende que el parentesco tiene más que ver con la alianza entre dos familias por matrimonio respectivo entre sus miembros que, como sostenían algunos antropólogos británicos, con la ascendencia de un antepasado común. Para Lévi-Strauss, no existe una “diferencia significativa entre el pensamiento primitivo y el civilizado”, señaló Díaz Maderuelo, pues la mente humana “organiza el conocimiento en parejas binarias y opuestas que se organizan de acuerdo con la lógica” y “tanto el mito como la ciencia están estructurados por pares de opuestos relacionados lógicamente”.
Comparten, por tanto, la misma estructura, sólo que aplicada a diferentes cosas. Respecto a los mitos, el intelectual sostiene desde la reflexión sobre el tabú del incesto, que el impulso sexual puede ser regulado gracias a la cultura. “El hombre no mantiene relaciones indiscriminadas, sino que las piensa previamente para distinguirlas. Desde ese momento ha perdido su naturaleza animal y se ha convertido en un ser cultural”, comentó Díaz Maderuelo.
Para Lévi-Strauss, las estructuras no son realidades concretas, sino más bien modelos cognitivos de la realidad que sirven al hombre en su vida cotidiana. Las reglas por las que las unidades de la cultura se combinan no son producto de la invención humana y el paso del animal natural al animal cultural -a través de la adquisición del lenguaje, la preparación de los alimentos, la formación de relaciones sociales, etc.- sigue unas leyes ya determinadas por su estructura biológica.
11.20.08
RSF pide intervención “humanitaria” en Cd. Juárez
EFE. 20 de noviembre de 2008.
PARÍS.- La organización Reporteros Sin Fronteras (RSF) pidió hoy la intervención “humanitaria” de la comunidad internacional en México, en particular de Estados Unidos y Canadá, ante la situación de desamparo que sufren los periodistas en Ciudad Juárez, víctimas del acoso del crimen organizado.
“Las libertades fundamentales, empezando por la de informar, resultan palabras vanas en una situación que está pidiendo la intervención de la comunidad internacional a favor del mantenimiento de la paz y la lucha contra la impunidad”, indicó RSF en un comunicado.
La organización defensora de la libertad de prensa pidió la “ayuda humanitaria de otros países, y en particular de Estados Unidos y Canadá”, a quienes pidió que acojan a los reporteros acosados que optan por el exilio.
En este sentido, RSF consideró “incomprensible” la detención del periodista Emilio Gutiérrez Soto, detenido desde el pasado mes de junio en la localidad tejana de El Paso cuando cruzó la frontera estadunidense tras haber recibido amenazas de militares.
La organización urgió a Estados Unidos a que adopte las medidas humanitarias que necesitan los periodistas obligados al exilio y solicitó la liberación de Gutiérrez Soto, corresponsal del periódico “El Diario en Ascensión” del Estado de Chihuahua, cuya capital es Ciudad Juárez.
RSF recordó que el pasado día 13 fue asesinado el periodista del mismo diario Armando Rodríguez Carreón.
11.18.08
La hora de la socialdemocracia
ANTONIO ESTELLA. EL PAÍS - Opinión – 17-11-2008.
Esta crisis mundial ya ha tenido efectos que van mucho más allá del terreno económico. En el fondo, lo que ha puesto de manifiesto es que estamos ante un cambio de paradigma, ante todo un cambio de modelo ideológico. La crisis no sólo ha puesto en cuestión el neoliberalismo, sino también su compañero, el neoconservadurismo. Pero al hundimiento del paradigma neoliberal y neoconservador no le ha sucedido, todavía al menos, el surgimiento de un nuevo modelo que sirva de marco de referencia para poder mirar hacia el futuro con algo más de seguridad.
Sin embargo, antes de dejarnos llevar por el miedo al horror vacui, quizá deberíamos plantearnos la situación actual como lo que creo que en realidad es: una gran oportunidad para la emergencia de un nuevo consenso planetario de tipo socialdemócrata. Ahí cabría encajar, entre otras cosas, la presencia española en la cumbre de Washington del pasado fin de semana, junto a países gobernados por el centroizquierda como Reino Unido y Brasil.
Se abre una ventana de oportunidad para que la socialdemocracia dé un paso hacia adelante y asuma el desafío de ofrecer un nuevo eje alrededor del cual hacer girar la actuación futura de los actores políticos en este todavía incipiente siglo XXI. Existe material suficiente para afrontar ese reto: no faltan excelentes pensadores en la órbita de la socialdemocracia, ni tampoco excelentes ideas. Lo que probablemente falta es introducir un poco de orden en el debate en curso, fijar prioridades, analizar cómo las ideas pueden traspasar la siempre espesa frontera del mundo académico y científico para llegar a la “plaza pública”, de tal manera que los ciudadanos se carguen de argumentos cuando quieran defender visiones próximas al paradigma de la socialdemocracia.
Es decir, a la socialdemocracia le falta hacer aquello que tan bien ha hecho el neoliberalismo hasta la fecha, aunque sin olvidar que una de sus fallas más importantes ha sido su inusitada tendencia a vender humo. No se trata por tanto de crear imagen, al menos no solamente; se trata de dar contenido y luego ver cómo se puede traducir ese contenido en un lenguaje fácilmente accesible para todos. Al menos en este caso, el orden de los factores sí que altera el producto. La primera recomendación sería no empezar la casa por el tejado.
Yendo a los contenidos, habría que empezar, precisamente, por revisar las ideas socialdemócratas en relación con las virtudes del mercado. Lo que estamos viendo en los últimos meses muestra, más que demuestra, que quizá la socialdemocracia haya “arrojado al bebé junto con el agua de la bañera”, por emplear la gráfica expresión inglesa, al haber renunciado a algunos de los postulados originales de su ideología, abrazando, con más intensidad quizá de la debida, al mercado.
El abrazo al que me refiero tiene además fecha de inicio: noviembre de 1989, año en el que cae el Muro de Berlín. En ese momento deja de estar de moda que la socialdemocracia hable de intervención de los mercados. De golpe y porrazo, lo antiguo era ser intervencionista, lo moderno era el mercado. El mercado se convierte en una especie de mantra budista para la socialdemocracia, tan ocupada como estaba por evitar ser tachada de rancia y anticuada. Pero es probable que en ese proceso haya acabado siendo más papista que el propio papa. Afrontémoslo con valentía: en determinados ámbitos económicos (subrayo para que se me entienda bien: en determinados ámbitos económicos) no basta con regular y supervisar la acción de los agentes económicos. En algunos sectores, es la participación directa del Estado lo único que puede dar una mayor dosis de seguridad de que se atenderá al interés general. Cuando el Estado deja de ser protagonista directo de la actividad económica, y se convierte en un mero espectador, pierde información sobre lo que está ocurriendo en el mercado, así como capacidad de corrección de sus fallos. Es esa implicación en determinados ámbitos económicos lo que puede dar herramientas para equilibrar los problemas de asimetría de información y de capacidad de actuación, lo que puede en definitiva dar mayores garantías (nunca plena seguridad) de que las cosas se harán como deben hacerse.
El segundo reto es volver a situar el principio de igualdad en el mismo corazón de la socialdemocracia, en sus valores, y en su discurso político. Creo que la forma en la que a veces se ha resuelto la tensión existente entre igualdad y libertad no ha sido la más adecuada. El “soy socialista a fuer de liberal” de Indalecio Prieto parece haberse interpretado por algunos en el sentido de que el principio de igualdad funciona fundamentalmente como instrumento para alcanzar el verdadero fin de la socialdemocracia, que es conseguir mayores cotas de libertad. Sin embargo, la igualdad no puede ser siempre y únicamente una herramienta al servicio de otros valores superiores, y en particular de la libertad. Es en muchas ocasiones un fin en sí mismo, un digno objetivo a alcanzar per se y en nombre de la socialdemocracia. Lo es, también, en un sentido económico. Porque de igual manera que nos parece legítimo repartir por igual los costes de una crisis económica, nos debería parecer legítimo repartir de forma mucho más igualitaria sus beneficios, y para ello los ciudadanos tendrían que poder participar, en pie de igualdad, en la toma de decisiones económicas que pueden ser trascendentales para sus vidas.
El tercer eje sobre el que debería reflexionarse es cómo abordar el problema del pragmatismo. Estoy persuadido de que se presta un flaco servicio a la socialdemocracia cuando se dice aquello de “no soy un dogmático de mi ideología, soy un pragmático”. Evidentemente, no hay que ser dogmático, pero tampoco avergonzarse de tener una determinada visión democrática del mundo. Y la socialdemocracia gana la batalla cuando es capaz de situarse en el plano de los valores. Esto, que parece un mero eslogan político, tiene su explicación. Como recuerda Barack Obama en La Audacia de la Esperanza, cuando nos volvemos pragmáticos dejamos de argumentar; cuando dejamos de argumentar, nos volvemos perezosos, y cuando nos volvemos perezosos, somos incapaces de ofrecer respuestas a los desafíos que vienen desde otros paradigmas valorativos o ideológicos. Lo hemos visto en la revisión de los consensos básicos a la que nos ha sometido la derecha neoconservadora en buena parte del mundo, por ejemplo en España y Estados Unidos. Como la socialdemocracia ha dejado de pensar, de argumentar y de elaborar a partir de sus propios valores, como se ha vuelto “pragmática”, ha tenido dificultades para encontrar respuestas adecuadas a los desafíos de nuestro tiempo. Quizá haya llegado el momento de ponerse a ello.
*Antonio Estella es profesor de Derecho Administrativo de la Universidad Carlos III de Madrid.
11.16.08
La cultura de la crisis
Hemos llegado aquí porque la globalización abolió los límites éticos y culturales. El mismo Estados Unidos proclamó que todo le estaba permitido, legalizó la tortura y dio barra libre a la insaciable quimera del oro
JOSEP RAMONEDA
EL PAÍS - Opinión – 15-11-2008.
1 Decía Fernand Braudel que el capitalismo, “privilegio de unos pocos”, “es impensable sin la complicidad de la sociedad”. Y añadía: “De algún modo la sociedad entera debe aceptar sus valores”. Si la actual crisis tiene algo de quiebra moral de las élites capitalistas es porque han llevado los valores del capitalismo a unos límites en que es casi imposible que sean aceptados. La historia viene de lejos. Empieza en la transición liberal que abrieron las revoluciones del 68. Aquel momento fue el inicio del proceso de desmontaje de unos sistemas sociales muy comunitaristas, montados sobre un orden rígido y unas sociedades jerarquizadas, con fuerte carga ideológica, en que cada ciudadano tenía un puesto asignado casi de por vida. La crisis actual es, en cierto modo, el estallido final de un proceso de individualización que acabó por quebrar las bases del mínimo consenso social necesario. La revolución conservadora promovida desde la Administración Bush fue el último intento de controlar este proceso. La explosiva mezcla de simplismo liberal en lo económico y rigidez conservadora en lo moral y cultural sólo sirvió para acelerar el estallido.
En el mundo soviético, la transición liberal empezó a finales de los ochenta, con la caída del muro de Berlín. Una sociedad civil arrasada por el totalitarismo fue pasto de la delincuencia económica y de las ideologías de lo identitario, ya fuera religioso o étnico. La globalización juntó los dos procesos que ahora viven una crisis que debería cambiar profundamente las pautas socioculturales.
2. La actual crisis económica es la primera en el marco de la globalización. Nuevo marco, nueva cultura. El proyecto moderno se deshizo en la fragmentación posmoderna. Fue una reacción al agotamiento de los grandes relatos que habían armado la modernidad, que condujo inevitablemente al relativismo y a la pérdida de jerarquía. El horizonte emancipatorio desapareció paulatinamente de la cultura. El futuro se desdibujó y el pasado se puso al servicio de la diversidad cultural, como fundamento de las apuestas endogámicas de corte étnico que crecieron bajo el amparo del discurso multiculturalista. La cultura fue a menudo factor de segregación y de separación. Empujados por la globalización entramos en la era del presente continuo. Las nuevas tecnologías han provocado una contracción del espacio -el mundo es más pequeño- y una aceleración del tiempo. El dinero, las mercancías y las ideas van de una punta a otra del planeta con rapidez y a bajo coste. Probablemente sin Internet esta crisis no sería la misma. El dinero se ha convertido en un mensaje en e-mail.
3. Los discursos sobre la insostenibilidad del planeta y sobre el calentamiento global, con no poca parafernalia ideológica de acompañamiento, han contribuido a dibujar un horizonte sórdido y oscuro. En este mundo sin futuro impera el principio del rendimiento rápido. No hay proyecto, sólo resultado. Es el principio cultural de las empresas de capital riesgo, dispuestas a sacar todo el jugo posible de un negocio en el menor tiempo aun a riesgo de agotarlo para siempre. Pero también es el principio cultural del consumismo, en que la pulsión por comprar no se detiene nunca: el deseo de un nuevo producto impide el goce del producto recién conseguido, dentro de una serie interminable de frustraciones. Y es el principio cultural que rige las conductas de empresarios y gobernantes, bajo el signo de la competitividad. Siempre más: la insaciabilidad como modo de estar en el mundo.
4. En este contexto, el principio moral que rige es que “todo es posible”. La idea de límite ha desaparecido del horizonte mental de los que hoy tienen más capacidad normativa: la gente del dinero, empresarios, ejecutivos y financieros. Pero todo sistema tiene un límite. El capitalismo financiero también. Y cuando se rebasa el límite, saltan los fusibles, y si se tarda en reponerlos empieza un proceso de autodestrucción. Todo sistema tiene su punto catastrófico. A este punto hemos llegado, por la incapacidad de entender que no todo es posible. Por supuesto hay cierto discurso naturalista que tratará de convencernos de que alcanzar la catástrofe es inevitable. Y que el mundo funciona por el sistema de ciclos de destrucción y construcción. Los que proclaman las virtudes de las sociedades meritocráticas, aunque a menudo confundan la habilidad para moverse en las fronteras de lo ilegal con el mérito; los que denuncian permanentemente la incompetencia de los que trabajan, bajo el eufemismo de la competitividad; los que ven por todas partes intromisiones de la política, hasta que la necesitan y apelan a su ayuda; éstos nunca se sienten concernidos por responsabilidad alguna. Cuando las cosas van mal, el problema es sistémico, como si de una catástrofe natural se tratara.
5. Lo diré con una expresión del filósofo francés Bernard Stiegler: estamos ante la prueba de “la modernización sin modernidad”. Podría parecer que esta expresión está dedicada a China. También Occidente ha abandonado, a su manera, los presupuestos de la modernidad. La época del capitalismo financiero es una modernización sin los límites de la cultura moderna: la dignidad del ciudadano y la primacía de cierto interés general. Marx se quedó corto: la potencia revolucionaria de la burguesía está acabando con todo, incluso con la propia cultura burguesa. La mercantilización general de la sociedad -en que todo, desde los sentimientos y las pasiones hasta las mercancías es susceptible de ser producido y vendido- ha acabado con el proyecto moderno.
La revolución conservadora americana, en sus dos fases: la reaganiana y la bushiana han configurado una cultura en que las sociedades no existen, sólo existen los individuos (fase thatcheriana-reaganiana), y las libertades y los derechos son sustituidos por la creencia, por los mitos nacionales y por la seguridad convertida en supremo horizonte ideológico (fase bushiana). La lucha a muerte por el mercado de las almas, en un mundo globalizado en que las religiones clásicas han perdido los monopolios territoriales y el dinero es la medida de todas las cosas, es una de las grandes novedades de la globalización. La cultura de la crisis es la del individualismo salvaje, en que la competencia a muerte es la única regla, con la religión como consuelo y el miedo como instrumento paralizador. La política y la libertad han sido despedidas, camino del totalitarismo de la indiferencia.
6. La capacidad normativa que el poder económico ejerce se constata con la universalización del lenguaje del management. De un tiempo a esta parte, todo se gestiona: se gestionan las personas, se gestionan las parejas, se gestionan los hijos, se gestionan los conflictos personales, se gestionan los amores y los odios. Es decir, todo es simplificable y todo es manipulable. La negación de la complejidad de la economía del deseo conduce a convertir cada acción humana en algo cuantificable en términos monetarios. El hombre “como empresario de su propia vida”, como dice Michela Marzano. Las librerías están llenas de manuales que a partir de los criterios de gestión económica pretenden enseñarnos a gobernar nuestras vidas.
El héroe de este momento es el líder. El discurso del liderazgo ocupa a las escuelas de negocios y a los ideólogos de la competitividad y del mercado. El líder es el que está más capacitado para sacar rendimiento de las personas en beneficio propio. Su riesgo casi siempre es limitado: no juega con recursos propios sino con recursos de los demás. Y acostumbra a estar protegido por la red de los bonos y las indemnizaciones. El discurso del liderazgo es la pseudoideología necesaria para justificar la disparatada cotización de los altos ejecutivos.
7. Pero, como he dicho antes, la esencia de la cultura de la crisis es la desaparición de la idea de límites. En agosto de 2002, el Gobierno de Estados Unidos dio el visto bueno a un memorándum que legitimaba determinadas formas de tortura. Es decir, rompía el tabú de la degradación del adversario. Bajo el mandato de George Bush la Administración norteamericana dio carta de naturaleza legal a la tortura. Es decir, transmitió al mundo la idea de que todo estaba permitido. Si un Gobierno puede someter a un enemigo a la más terrible de las pruebas físicas y morales, ¿cuáles son los límites de lo posible en la sociedad? Ninguno. Hay vía libre para saltarse todas las barreras éticas y culturales. ¿Qué tiene de extraño, en estas circunstancias, que los que viven la quimera insaciable del oro entiendan que todo está permitido y que no hay reglas ni principios ante la tentación del dinero?
Morin: “Viviremos otros mayos del 68″
JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS - Madrid
EL PAÍS - Cultura – 15-11-2008.
“Por la ciencia, como por el arte, se va al mismo sitio: a la verdad”. Un enorme azulejo con esta cita de Gregorio Marañón preside la estación madrileña de metro que lleva su nombre. A unos metros de allí, en la Residencia de Estudiantes, un hombre, más irónico y menos optimista, piensa algo parecido. Es el filósofo francés Edgar Morin, que el jueves pasó por Madrid para cerrar la Semana Marañón con una conferencia sobre la ética y los valores en el siglo XXI.
Nacido en 1921, este parisiense de origen sefardí llamado realmente Edgar Nahum, ha estado en las suficientes batallas -la liberación de París, su expulsión del Partido Comunista, mayo del 68- como para saber si esos valores han cambiado con el milenio. “Lo que cambia es la propia idea del bien y del mal. El siglo XX ha dado todo el sentido a la frase de que el infierno está empedrado de buenas intenciones”. Morin ha acuñado el concepto “ecología de la acción” para subrayar la distancia entre teoría y práctica. La política es, dice, uno de los grandes caladeros de esa contradicción: “La invasión de Irak pretendía combatir el terrorismo y ha provocado una escalada terrorista. Y el comunismo: millones de militantes convencidos de trabajar por la emancipación de la humanidad sin saber que lo hacían por una nueva forma de esclavitud”, apunta el autor de títulos como Introducción al pensamiento complejo (Gedisa) y de los cuatro volúmenes de El método (Cátedra).
Morin propone introducir en la moral la idea de contradicción: “Puede haber dos imperativos morales con la misma fuerza pero antagónicos. En algunos pueblos árabes conviven la moral de la hospitalidad y la de la venganza. Ambas son sagradas. Uno de mis maestros contaba la historia de un hombre asesinado por un rival. Al anochecer, el asesino pidió hospitalidad en casa de la viuda. Ésta lo acogió, pero por la mañana lo mató”. Respecto a la superioridad de los valores occidentales, el pensador advierte contra el eurocentrismo y pone el ejemplo de la medicina tradicional china. Para Morin, la aportación de Occidente es incontestable por dos vías: la ciencia y la crítica, es decir, las vacunas y los disidentes. “El rechazo a Europa”, explica, “se entiende porque colonizó el mundo. Pero Occidente no sólo generó la colonización, también generó sus antídotos. Produjo a Hernán Cortés, pero también a Bartolomé de las Casas. Los derechos de la mujer son buenos para las musulmanas. Eso sí, no podemos imponerlos”.
El problema es legislar sobre cuestiones morales. La idea de contradicción que él propone casa mal con una ley igual para todos: “No podemos deducir un bien colectivo a partir de uno individual”. Temas como el aborto encarnan esos dilemas: “Ahí entran en juego tres derechos: el de la mujer a su autonomía, el de la sociedad a controlar su demografía y el del embrión. ¿A partir de qué momento somos humanos? No hay respuesta clara. ¿Qué hacer? En Francia se privilegió, y estoy de acuerdo, el derecho de la mujer. En China, el de la sociedad, y de forma negativa. Finalmente, el embrión tiene ya existencia. No estoy de acuerdo con la Iglesia, pero lo que eliminamos no es un objeto, es un ser vivo. Es una elección que apoyo, pero hay que ser consciente de lo que supone”.
En la Semana Marañón, dedicada al humanismo en la medicina, se impone una pregunta: ¿debe la ciencia hacer todo lo que puede hacer? Para Morin, hay que distinguir entre curar y “perfeccionar”. No es lo mismo querer un hijo para salvar a su hermano que quererlo con ojos azules. Con todo, matiza, “estamos en un periodo muy primitivo de la genética”. ¿La filosofía está a la altura de esa revolución? ¿Es la ciencia la filosofía de hoy? “Rotundamente, no. Nos preguntamos por qué el progreso ha producido las armas de destrucción masiva. Pues porque la ciencia moderna se desarrolló a partir de la separación entre los hechos objetivos, de los que se ocupa ella, y los valores, que quedan para la religión y la filosofía. Fue el precio que hubo que pagar para que la ciencia sea autónoma. Pero los científicos no tienen ningún medio para controlar su propia obra”. Hasta ahora, esa laguna la ha llenado la vieja moral: con seres humanos no se experimenta. “Son derechos que habría incluso que ampliar a los animales torturados en laboratorios y granjas”.
¿Y qué hay de la filosofía? “Es víctima de la separación entre la cultura científica y la humanista. Son escasos los filósofos al día en cuestiones científicas. Prefieren comentar a Platón. Cuando se interesan por la vida no tienen conocimientos para juzgar. Ahí está Sartre, que se equivocó sobre el estalinismo. O Foucault, que dijo que la revolución de Jomeini era progresista”.
A los 40 años de una revolución más efímera, la de mayo del 68, Edgard Morin, uno de sus grandes cronistas, defiende las dos primeras semanas de revuelta: “Expresaron una aspiración que recorre la historia de la humanidad desde el anarquismo (libertad), el socialismo (justicia) y el comunismo (igualdad). Además de una explosión adolescente, hubo algo especial: la gente se hablaba en las calles de París, cosa que nunca hace, y las consultas de los psiquiatras se vaciaron. Todos curados. Luego la revuelta degeneró y la gente volvió al psiquiatra. Pero la aspiración sigue. Viviremos otros mayos del 68″. Lo dice con una sonrisa, sorprendido casi por el optimismo de un hombre que, a sus 87 años, todavía hace planes de futuro.
11.14.08
¿Hacia una refundación del capitalismo?
XAVIER VIVES
EL PAÍS - Opinión – 14-11-2008.
La inminente reunión del G-20 en Washington ha levantado expectativas tras las declaraciones del presidente de Francia, que este semestre también lo es de la Unión Europea (UE), Nicolas Sarkozy, sobre la necesidad de refundar el capitalismo. Después de vacilaciones iniciales, Europa, con el empuje político de Sarkozy y la capacidad técnica demostrada por el plan del Reino Unido, ha liderado la respuesta a la crisis financiera. Entretanto, Alemania ha titubeado y se ha quedado atrás, y en Estados Unidos el secretario del Tesoro, Paulson, ha demostrado tener ideas poco claras, siguiendo la tónica de debilidad de la Administración de Bush. Finalmente, la “imprescindible” compra de activos tóxicos ha sido aparcada en favor de recapitalizar bancos y apoyar al crédito al consumo.
La actuación de los países desarrollados ha intentado reanimar al sistema financiero internacional después del ataque al corazón sufrido a raíz de la quiebra de Lehman Brothers. Parece que el paciente se recupera con el tratamiento por desfibrilación, pero, de momento, sigue en la UVI, y existe el peligro de que contagie gravemente al resto de la economía. El espectro de la crisis de 1929 y la depresión posterior sigue presente. Ello indica que la primera tarea de la reunión del G-20 debe ser menos grandilocuente, pero no menos importante: cómo recuperar el funcionamiento normal del sistema financiero. Si esto no se logra, la recesión será muy profunda y la discusión sobre la reforma del sistema sonará a música celestial. Cabe recordar que se espera que en la cumbre haya solamente un par de sesiones de trabajo de hora y media, y muchos asistentes que querrán intervenir.
La cuestión principal es dar una respuesta coordinada y coherente que evite los fallos que condujeron a la gran depresión de los años treinta del siglo pasado. Entonces, uno de los fallos principales fue precisamente la falta de liderazgo y de coordinación internacional en la respuesta a la crisis. Faltó un prestamista de última instancia que diera soporte al sistema financiero internacional y el proteccionismo hizo el resto.
Ahora la llave de la recuperación del sistema financiero estará en cómo evitar que bancos en proceso de deterioro irreversible (zombis) sobrevivan con las ayudas planteadas y distorsionen la competencia entre entidades. Ésta fue una de las causas del alargamiento de la crisis bancaria en el Japón.
La segunda tarea debe ser cómo aliviar los efectos secundarios perniciosos que inducirán las medidas adoptadas para salvar el sistema financiero: con un seguro total nadie es cuidadoso en su comportamiento.
La tercera tarea ya puede ser pensar en una reforma coherente de la arquitectura financiera internacional, una tarea de meses y quizás años, no horas.
Aquí el principio fundamental debe ser que las entidades que hacen las funciones de los bancos, crear liquidez financiándose a corto para invertir a largo, deben ser reguladas como bancos (en términos de requisitos de capital y de transparencia, por ejemplo). Ello debe ser así en particular para las instituciones de importancia sistémica. Además, se deben resolver los enormes conflictos de interés que han plagado el sistema (en las agencias de rating, en los bancos de inversión…) y pensar cuidadosamente en los efectos de las normas contables tanto en los momentos de expansión como de recesión. En relación al gobierno de la empresa, se debe enfocar el método de compensación de los ejecutivos a los incentivos a largo plazo con retribuciones en forma de acciones con restricciones apropiadas.
Todo ello se debe hacer sin volver a atenazar como antaño el sistema financiero con un laberinto de regulaciones que impidan que contribuya al crecimiento de la economía. La solución de la crisis no es menos mercado, sino un mercado más estructurado y bien regulado. Por ejemplo, no hay que prohibir derivados financieros como los CDS (credit default swaps), sino regular que se comercien en mercados organizados y transparentes. Tampoco hay que prohibir las ventas al descubierto, sino controlar las manipulaciones del mercado mediante una supervisión adecuada.
Finalmente, la crisis ha demostrado la falta de coordinación internacional, las acciones de un país no han tenido en cuenta las repercusiones en el conjunto del sistema, como permitir la caída de Lehman Brothers o la carrera para asegurar todos los depósitos de la banca en Europa, empezando por Irlanda. Hacen falta una regulación y supervisión internacionales, así como un gestor internacional de crisis. El G-7 no confió en el Fondo Monetario Internacional (FMI) y creó en 1999 una estructura paralela: el Foro de Estabilidad Financiera. Es hora quizás de reconsiderar esta decisión y pensar en el FMI, con debido peso de las economías emergentes, para que vele por la estabilidad del sistema financiero internacional con capacidad supervisora en cooperación con los bancos centrales y los Gobiernos.
En una reunión informal de los jefes de Estado y de Gobierno de la UE el 7 de noviembre se concretaron algunos principios para la reforma del sistema financiero que son consistentes con las premisas anteriores. Se habló de regulación proporcionada de todos los segmentos del mercado, de requisitos de responsabilidad y transparencia, de una mejor gestión del riesgo y alerta temprana de crisis, y de dar al FMI un papel más central en la arquitectura financiera internacional.
Todo ello es encomiable, pero en la reunión de Washington como máximo se pueden poner las bases para la reflexión, que de todos modos va a tener que esperar al nuevo inquilino de la Casa Blanca. Además, la UE saca pecho pero olvida los problemas que tiene en casa. Mal puede proponer un liderazgo internacional cuando la gestión de crisis financieras en Europa no está coordinada suficientemente dado que el Banco Central Europeo no tiene poderes de supervisión, que están en manos de los Estados nacionales. La consecuencia es que en la zona euro no hay todavía una estructura adecuada para afrontar problemas de liquidez y solvencia de bancos paneuropeos. Solamente hace falta recordar los problemas en la gestión de la crisis de Fortis por parte de los países del Benelux, a pesar de tener una tradición de cooperación muy estrecha.
El presidente Zapatero ha hecho bien en reivindicar la presencia de España en la reunión de Washington, pero lo importante es tener ideas claras y propuestas coherentes para la reforma del sistema financiero internacional. En otras palabras, se debe estar en la cocina, y aquí creo que la experiencia y la capacidad técnica del Banco de España, con su tratamiento preventivo de la morosidad mediante las provisiones genéricas y la restricción de las actividades fuera de balance, pueden y deben jugar un papel importante.
Xavier Vives es director del Centro Sector Público-Sector Privado de IESE.
Decálogo del buen político
La democracia no puede cumplir todas sus promesas. Cabe pedir a los ciudadanos que moderen sus demandas y a los líderes que reconozcan sus limitaciones. Lo importante es que el control esté garantizado
RAMÓN VARGAS-MACHUCA ORTEGA
EL PAÍS - Opinión – 14-11-2008.
Las sensaciones sobre los políticos suelen ser ambivalentes. Se les considera a la vez imprescindibles e inevitables, una necesidad y un obstáculo. Y aunque para muchos sea una evidencia su descrédito, la animosidad hacia ellos conforma una mezcla indiscriminada de prejuicios y buenas razones. Empezaremos por descartar un argumentario averiado y señalaremos, después, ciertas circunstancias de la política cuya ignorancia convierten las recomendaciones sobre buenas prácticas en otro brindis al sol.
La misma expresión “clase política” denota que el ejercicio de ciertas funciones encomendadas a los políticos los iguala a la baja en condición y estilo moral, en intereses y comportamientos. Sin embargo, la expresión no resulta más precisa que la otrora tan socorrida de “clase dirigente”. Muchas de las prácticas que se imputan al ámbito de la política -sistemas negativos de reclutamiento, entornos clientelares o flujos de información distorsionada- no son privativas de ese mundo; cunden en cualquier esfera social donde se abusa de las asimetrías de información y poder. Hay quienes circunscriben su ojeriza sólo a los políticos patrios con ese castizo prurito de mirar con derrotismo a lo de dentro y papanatismo a lo de fuera. Las “clases pasivas” de la política aportan también su granito de arena insistiendo en que en su tiempo (al comienzo de la democracia) sí que había políticos de raza. Pero nada más efectivo para desacreditar el oficio que esa renovada afición a jalear las pulsiones sectarias y su temible claridad moral, para la cual los de nuestro bando resultan ángeles y los de enfrente demonios.
Cabe otro horizonte para ejercer la política, pero sin escamotear sus circunstancias e identificando sus obstáculos casi insalvables y sus tensiones irresolubles. El político mejor intencionado está forzado a oficiar la representación política en un marco institucional contradictorio, con reglas pensadas unas para la figura (irreal) del representante como mandatario individual y otras para blindar una democracia de partidos. Se exige a los políticos comportarse responsablemente, velar por el interés general, pensar a lo grande y en el medio plazo. Pero la democracia, que requiere competir periódicamente, anima a satisfacer las demandas de una clientela que, ante todo, quiere “pan para hoy” sin importarle el mañana. Me pregunto, finalmente, cómo eludir las condiciones de nuestra comunicación política, cómo sobreponerse a una hegemonía mediática que, al primar la propaganda, el escándalo y una información contaminada, resulta factor principal de la crispación. ¿Cabe dar la vuelta a una democracia punto menos que cesarista, que fomenta liderazgos personales fuertes mediante un “poder de prerrogativa”, que desactiva los controles y habilita para ello una “clase (política) de tropa”?
La democracia, decían los viejos maestros, no puede cumplir todas sus promesas. La brecha entre aquello a lo que aspira y lo que obtiene aboca al descontento y a la insatisfacción. De ahí que pidieran a los ciudadanos moderar sus demandas y a los políticos reconocer el alcance limitado de sus posibilidades. Que las democracias decepcionen es, pues, natural. Pero que defrauden, no, porque mina sus fundamentos. Y resultan fraudulentas cuando las trampas al Estado de derecho dejan de escandalizar y la legalidad pierde capacidad constrictiva, puesto que toda regla resulta sumamente interpretable. Defraudan cuando en la comunicación política prevalece la charlatanería y las palabras, a fuerza de significar cualquier cosa, terminan por no significar nada: sólo sirven como munición para confundir o manipular. Pero el fraude más dañino se produce cuando los ciudadanos estiman irrelevante su capacidad de control. Constatan tal asimetría de recursos de poder a disposición de quienes les mandan o representan que los perciben como invulnerables, mientras se ven a sí mismos impotentes. Entonces se apodera de ellos el descreimiento en el sistema: una suerte de rabia sorda o pasotismo insano. Y cunde la desafección.
Es cierto que nuestras democracias no tienen sólo un problema de actores. Pero un mejor desempeño aliviaría el malestar de los desafectos que, aun decepcionados con los resultados de la política, no se sentirían defraudados por la ejecutoria de sus políticos. A estos últimos me atrevo a recomendar el siguiente decálogo de buenas prácticas:
1. No hay que contraponer políticos de profesión y de vocación. Para ejercer bien este oficio se requieren profesionales con fibra política. Promuévanse estímulos para atraer y retener a los apasionados de la política y no a quienes se acercan a ella porque no han encontrado nada mejor.
2. Un buen político no debe ser fantástico ni fanático, sino tener talento político, una mezcla de espíritu de justicia y sentido estratégico. Alguien con unos cuantos principios y contención moral para no encandilarse con ilusiones cegadoras, pero que demuestra agudeza, sentido de la anticipación y adaptabilidad. La inteligencia política se templa bregando con las tensiones insuperables de la política (la “herida maquiaveliana” rememorada por Rafael del Águila) y sabiendo operar en un campo de recursos escasos y opciones limitadas.
3. El político necesita información solvente. La complejidad casa mal con la retórica simplista y empuja a asesorarse por expertos imparciales. No para suplir ni para confirmar las decisiones del político, sino para reconocer los riesgos y evitar caminos vedados por el conocimiento.
4. El político trata de ser eficiente. Procura una relación consistente entre la decisión de realizar un propósito plausible y los medios para alcanzarlo. Nunca se propone objetivos para los que no dispone de medios adecuados.
5. El buen político no teme innovar. Pero innova para recuperar o preservar lo esencial del modelo, los componentes y funciones que dan valor a las propiedades distintivas de su proyecto. Por eso no desprecia la experiencia.
6. El buen político es decidido. Frente al irresoluto y el pusilánime, demuestra carácter. Desafía la fatalidad con el “grams-ciano” optimismo de la voluntad. Sabe también que optar es a menudo un drama; que conlleva costes y pérdidas o tener que decir a los correligionarios: ¡basta ya! o ¡hasta aquí he llegado!
7. El político tenderá a ser prudente. Ejercerá en lo concreto, consciente de que aplicar criterios de justicia en lo particular no disuelve los conflictos, sino que a lo sumo los atenúa con arreglos a medias y logros con fecha de caducidad.
8. Un político no debe ser ni cruel ni cínico, pero sí astuto. Ante la malicia que asoma en las relaciones humanas, el político necesita cautela y sagacidad. Está obligado a domeñar la espontaneidad, demostrar cierto cálculo; a no dar un paso sin decidir previamente dónde quiere poner el pie. La astucia no implica faltar a la verdad, sino contarla cuando procede; no engañar, pero no ser engañado.
9. El político debe siempre responder ante alguien y de algo (de sus acciones y omisiones así como de sus consecuencias). Las responsabilidades se diluyen cuando no hay o están desactivados los mecanismos institucionales para exigir (y tener que dar) cuentas. Ocurre, entre otras razones, porque cierta organización del poder difumina al titular de la competencia (los nacionalistas, grandes beneficiarios de un Estado “borroso”), la mezcla de poder y buena conciencia tiende a exonerar de responder (el caso de los neocons y ciertos doctrinarios de izquierda) y la independencia e imparcialidad del tribunal de la opinión pública muestran un muy mejorable rendimiento.
10. Impelido a responder, el político debe explicarse; pero no con trucos publicitarios ni propaganda infantilizada y cargada de obviedades. Al contrario, ha de persuadir de modo razonable, es decir, con razones confesables y fundadas en valores, huyendo de ese sectarismo incapaz de ver en los argumentos del adversario ni una brizna de verdad ni la menor posibilidad de convencerle en algo.
Cultivando estas disposiciones el político no obtendrá necesariamente éxitos, pero sí al menos el reconocimiento de que sus logros han sido fruto de proyectos valiosos y acciones bien hechas.
*Ramón Vargas-Machuca Ortega es catedrático de Filosofía Política. Fue diputado desde 1977 a 1993.
11.09.08
El siguiente Bretton Woods
Joseph E. Stiglitz. El País. Opinión – 09-11-2008.
El mundo está cayendo en una grave desaceleración mundial, probablemente la peor del último cuarto de siglo, quizá incluso la peor desde la Gran Depresión de 1929. Una crisis que, en más de un sentido, es made in USA, fabricada en Estados Unidos.
Estados Unidos exportó sus hipotecas tóxicas al resto del mundo en forma de títulos respaldados por activos. Exportó su filosofía desreguladora del mercado libre, algo que ahora hasta Alan Greenspan, su sumo sacerdote, admite que fue un error. Exportó su cultura de irresponsabilidad empresarial y la opaca práctica de las opciones de compra de acciones, que fomentan esa mala contabilidad que, al igual que ocurrió en los escándalos de Enron y Worldcom hace unos pocos años, tan importante ha sido en este descalabro. Como colofón, EE UU ha exportado su desaceleración económica.
La Administración de Bush ha acabado haciendo lo que todos los economistas le instaban a hacer: inyectar más liquidez en los bancos. Sin embargo, como siempre, el problema está en los detalles, y puede que el secretario del Tesoro estadounidense, Henry Paulson, haya logrado incluso echar por tierra esta buena idea, ya que parece haber concebido una recapitalización bancaria que no va a producir la reactivación del crédito, algo que no sería nada bueno para la economía.
Más importancia tiene aún que las condiciones impuestas por Paulson a los bancos estadounidenses receptores de capital sean mucho peores que las dictadas por el primer ministro británico Gordon Brown (por no hablar de las que consiguió Warren Buffett cuando proporcionó mucho menos dinero a Goldman Sachs, el banco de inversión más sólido de EE UU). Los precios de las acciones demuestran que, para los inversores, éste ha sido un acuerdo excelente.
Una de las razones para preocuparse por el mal acuerdo que se ha ofrecido a los contribuyentes estadounidenses es la deuda nacional que se nos viene encima. Antes incluso de esta crisis financiera, estaba previsto que el endeudamiento de EE UU pasara de 5,7 billones de dólares en 2001 a más de 9 billones este año. Por sí sola, la deuda del presente año se acercará al medio billón, y la del año próximo, al acentuarse la desaceleración en Estados Unidos, será todavía mayor. El país necesita un gran paquete de medidas de estímulo. Pero los conservadores fiscales de Wall Street (sí, los mismos que nos han conducido a este bajón) ahora pedirán que se modere el déficit (lo cual nos recuerda a Andrew Mellon en la Gran Depresión de 1929).
Podemos decir que la crisis se ha extendido a los mercados emergentes y a los países menosdesarrollados. Por curioso que parezca, Estados Unidos, pese a todos sus problemas, sigue considerándose el lugar más seguro para depositar el dinero. Supongo que no es muy sorprendente, ya que, con todo, el aval del Gobierno de EE UU tiene más credibilidad que el de un país del Tercer Mundo.
Mientras Estados Unidos rebaña los ahorros del mundo para solucionar sus problemas, las primas de riesgo se disparan y, por todas partes, la renta, el comercio y los precios de las materias primas se hunden. Los países en vías de desarrollo van a pasarlo mal. Probablemente algunos vayan a sufrir más que otros: los que ya antes de que arreciara la crisis tenían un considerable déficit comercial, los que debían refinanciar una deuda nacional y los que mantenían vínculos comerciales estrechos con Estados Unidos. Los países que, como China, no han liberalizado del todo sus mercados financieros y de capital, se congratularán de no haber cedido ante Paulson y el Tesoro estadounidense, que les conminaban a hacerlo.
Muchos están pidiendo ayuda ya al Fondo Monetario Internacional (FMI). Lo que se teme es que, al menos en ciertos casos, el FMI retome sus antiguas y fallidas recetas, basadas en una contracción fiscal y monetaria que no hará más que incrementar la injusticia en el mundo. Aunque los países desarrollados apliquen políticas estabilizadoras anticíclicas, los que están en vías de desarrollo se verán obligados a tomar otras de carácter desestabilizador que alejarán el capital cuando más lo necesitan.
Hace diez años, en la época de la crisis asiática, se habló mucho de la necesidad de reformar la arquitectura financiera mundial. Es evidente que se hizo poco, demasiado poco. En esa época, muchos pensaban que lo que de verdad buscaban esos nobles llamamientos era impedir una auténtica reforma: los que se habían beneficiado del sistema anterior sabían que la crisis pasaría y, con ella, las demandas de reforma. No podemos permitir que eso vuelva a ocurrir.
Quizá estemos de nuevo ante una situación como la de Bretton Woods. Las antiguas instituciones han reconocido que la reforma es necesaria, pero se mueven tan lentas como los glaciares. No hicieron nada por impedir la crisis actual y preocupa que no sean capaces de reaccionar eficazmente ahora que arrecia.
Tuvieron que pasar 15 años y una guerra mundial para que el mundo se reuniera a abordar las debilidades del sistema financiero común que contribuyó a la Gran Depresión de 1929. Esperemos que en esta ocasión no nos cueste tanto tiempo, ya que, dado el grado de interdependencia global, simplemente los costes serían demasiado elevados.
Sin embargo, mientras que el antiguo Bretton Woods lo dominaron Estados Unidos y Gran Bretaña, el panorama global actual es notablemente distinto. De igual manera, las antiguas instituciones de Bretton Woods acabaron definiéndose a partir de un conjunto de doctrinas económicas que ahora se han revelado fallidas, no sólo en los países en vías de desarrollo, sino en el propio núcleo del capitalismo. La inminente cumbre mundial, para conducir realmente a la creación de un orden financiero más estable y equitativo, deberá enfrentarse a estas nuevas realidades.
Joseph E. Stiglitz, catedrático de Economía de la Universidad de Columbia y premio Nobel de Economía en 2001, es coautor, junto a Linda Bilmes, de The three trillion dollar war: the true costs of the Iraq conflict. © Project Syndicate, 2008. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo.
11.07.08
“Obama no depende de ‘lobbies’ porque ha financiado su campaña por Internet”
Joel Albarrán Bugié | La Vanguardia | Barcelona | 06/11/2008
El experto en campañas electorales Pere-Oriol Costa, coordinador del libro Cómo ganar unas elecciones. Comunicación y movilización en las campañas electorales, analiza las claves del éxito de la campaña electoral de Barack Obama, el próximo presidente de los Estados Unidos.
-¿Cuáles han sido las claves para la victoria de Obama desde el punto de vista de la estrategia electoral?
-En las primarias, Obama captó que Hillary Clinton llevaba dos años reposicionándose hacia el centro y dejando un hueco a la izquierda del Partido Demócrata. Hillary hablaba de Dios, de la fe y del ejército, esperando conseguir un voto más conservador, pero los bloggers del Partido Demócrata y la gente joven la machacaron acusándola de traicionar al partido. Obama aprovechó ese espacio y encontró su eco dentro del Partido Demócrata. Aunque todo su discurso es progresista, no presenta un discurso de izquierda o derecha sino generacional.
-¿Buscaba Obama a sus votantes entre los jóvenes?
-Más bien buscaba al Partido Demócrata y los jóvenes y bloggers le auparon. En el voto de las primarias, la gente mayor votó a Hillary y los jóvenes a Obama. Los primeros análisis que nos llegan de las elecciones presidenciales muestran que el 70% del voto joven ha sido para Obama.
-¿Obama ha hecho mejor campaña que McCain?
-La campaña de Obama ha sido rectilínea y los acontecimientos le han permitido seguir una línea claramente identificable: equiparar a McCain con Bush. Con esta línea ha desgastado a McCain, que ha ido dando tumbos.
-¿El mensaje de cambio, de novedad, que vendía Obama es típico del marketing?
-El eslogan marca el eje de toda campaña. Hillary cogió como eje su experiencia y Obama vio que lo que le daría la victoria era que en la sociedad había una gran necesidad y voluntad de cambio. Mientras que McCain adoptó el eslogan “el país primero”, en referencia a la guerra de Irak, el eslogan de Obama le permitió asumir e incluso rendibilizar el cambio de signo de la campaña. Cuando la campaña pasó de estar centrada en Irak a focalizarse en el crac financiero, McCain quedó en fuera de juego.
-¿En las campañas actuales hay que agarrarse a una idea y repetirla constantemente?
-La comunicación política extrae del marketing la idea de la unique selling proposition [propuesta de venda única]: para que una idea sobre un producto cale en la opinión pública hay que decir una sola cosa. El marketing político utiliza este sistema e intenta enviar un sólo mensaje. Si se puede englobar todo lo que se quiere decir en un sólo mensaje hay muchas más posibilidades de que la gente se entere de ese mensaje.
-¿Obama lo ha logrado y McCain no?
-Exacto, Obama utilizó el mensaje del cambio. Yes, we can, podemos hacerlo. Ésta es la idea con la que él ha jugado.
-¿McCain ha cometido errores?
-La designación de Sarah Palin como número dos fue un error gravísimo. Mc Cain representa el ala más centrista del partido republicano y esto le iba muy bien porque hacía frontera con Obama, pero pensó que podía perder votos más a la derecha, sucumbió a los presiones y nombró a Palin. Ella representa el ala más fundamentalista del partido, pero en realidad la derecha más religiosa le habría votado igualmente. Con este gesto se situó más a la derecha y dejó más espacio a Obama.
-¿Obama también ha sabido aprovechar al máximo las posibilidades de Internet?
-Esta campaña ha redimensionado finalmente Internet dentro de las campañas electorales, le ha dado una importancia brutal y ha amplificado muchas cosas que ya estaban inventadas, como recoger dinero y captar voluntarios por Internet. Prácticamente todo el dinero de la campaña de Obama le ha llegado por pequeñas aportaciones a través de Internet.
-¿Qué significa esto?
-Creo que será trascendente para el mandato de Obama. Al haber recogido la inmensa mayoría del dinero por Internet a través de pequeñas cuotas le convierte en el primer presidente que no depende de lobbies, de presiones ni de intereses de quienes habitualmente financian las campañas. Bush recibió dineros de Exxon Mobil y ahora esta empresa está a punto de perforar las costas y Alaska; recibió dinero de las industrias armamentísticas y de abastecimiento y se inventó dos guerras; recibió dinero de las aseguradoras y de las farmacéuticas y creó una ley para bajarles las responsabilidades y frenó la difusión de un seguro más barato. En fin, que hay una dependencia directa entre quien financia la campaña y como actúa el presidente. Este es un presidente que, en principio, no debe nada a nadie.
-Esto es muy bueno para la democracia ¿no?
-Es increíble.
-¿Internet también puede servir para regenerar el debate político?
-En televisión se tiene que simplificar mucho el mensaje y decir una sola cosa, mientras que Internet, por su estructura, permite la recuperación del discurso y del debate político. Para mi, esta campaña comienza cuando los bloggers del partido demócrata empiezan a incordiar a Hillary. Esto lo ha permitido Internet, sólo con la televisión no habría sido posible. Se ha dicho que el efecto de la televisión ahoga el debate político. En el caso de Internet, aunque sea un debate virtual, lo que sucede es que lo enriquece.
-Los ciudadanos también pueden participar más, ¿no?
-Lo que había hecho también la televisión era convertirse en el escenario donde sucedía la acción política. Incluso había usurpado el papel del Parlamento. Internet, sin usurpar el papel de nadie, se ha convertido en un medio nuevo que aporta a la política un debate y un intercambio de mensajes.
-¿La política española tiene mucho que aprender de la americana?
-Todos los partidos han mandado a gente a observar la campaña y las elecciones, porque allí hay un mercado político mucho más amplio que aquí y se aprenden cosas. En España no hay primarias y muy poca gente se puede especializar en campañas electorales. En los Estados Unidos se eligen alcaldes, fiscales, sheriffs e incluso algunos presidentes de asociaciones de vecinos y cada una de estas elecciones tiene sus primarias correspondientes. Allí hay muchos expertos y personas que viven de esto, que constantemente investigan y experimentan cosas nuevas.
-¿Qué innovaciones de las que han hecho ganar a Obama vamos a ver pronto en España?
-Lo verdaderamente nuevo de esta campaña ha sido Internet y la sorpresa que Obama saliera el penúltimo día con un spot de media hora. En un momento en que en España estamos acortando los spots hasta un minuto y medio, creo que es una cosa de la que habrán tomado nota los partidos. Otra cosa de la que deberían tomar nota aquí y que Obama ha llevado al extremo es la movilización de voluntarios.
11.03.08
El Estado mexicano ante Cratos y Themis
Por José Elías Romero. Excélsior. 31-Oct-2008.
Siguiendo a Seymour Lipset, debemos considerar a la conjunción de la legitimidad, la efectividad y la legalidad como el síndrome infalible e insuperable del estado puro de craticidad o estado perfecto de poder.
Aristóteles y Platón no me acosaban tanto desde los tiempos universitarios. Más aún, sólo ocasionalmente los he evocado a lo largo de tres décadas, sobre todo cuando he visto enfrentarse al poder contra la justicia.
En todo ese tiempo, casi siempre he visto a Cratos vencer a Themis. En las sentencias que se dictan por consigna, en las acusaciones que se formulan por mandato, en los desafueros que se procesan por ordenanza. Todos los días, durante esos años, he visto al poder derrotando a la justicia.
Pero también he visto lo contrario, aunque no estoy seguro de si eso fue un resultado real o virtual. Porque he contemplado a ombudsmen, a activistas o a simples argüenderos acorralar, atacar y destrozar a procuradores, secretarios y gobernadores. Sin embargo, no siempre me ha quedado la certeza de si los vencieron porque les asistía la justicia o si los destruyeron porque los apadrinaba el poder.
No obstante esas dudas, lo que he observado en esos casi 15 mil días me ha instalado nuevas percepciones que creí superadas sobre el pensamiento aristotélico que nos surtieron los maestros escolares y que, más tarde, ellos mismos nos habrían de completar con los teoremas de Tomás de Aquino para rematar con las tesis de Hans Kelsen y de Gustavo Radbruch.
Así, lo que supuse que se trataba de filosofía pura, con todas sus delicias pero con todas sus inocencias, hoy me vuelve a atormentar al ver, todos los días, que mi país se encuentra como nunca lo imaginé. Sumergido en una crisis de poder, manifestada en el formato de la impotencia y la ingobernabilidad, así como embarrado en una crisis de justicia, expresada en la forma de inseguridad y de irresolución.
En el aula de la escuela, muchas veces Eduardo García Máynez, Luis Recaséns Siches, Manuel Ruiz Daza, Agustín Pérez Carrillo y Juan Sánchez Navarro, me hablaron del conflicto producido por el enfrentamiento entre justicia y poder o, dicho con más crudeza, entre la ley y la política. Despúes, en el aula de la lectura, Nicolás Maquiavelo, Julio Mazarino y Carlos de Montesquieu me explicaron lo aprendido.
Pero, más tarde, en el aula de la vida, muchas veces platiqué con Jesús Reyes Heroles, Sergio García Ramírez o Antonio Martínez Báez, sobre la correlación y ya no la contrarrelación que existe entre esos dos factores de nuestra vida colectiva.
Esta relación entre poder y justicia la sintetizo en lo siguiente. Hay quienes dicen que el gobernante ejerce un poder que proviene de las atribuciones que le confiere la ley. Es decir, que el poder político proviene de la potestad jurídica. Que Cratos, ineludiblemente, es hijo de Themis.
Por el contrario, hay quienes afirman que la fuerza efectiva de una ley proviene de la voluntad aplicativa que le imprime el gobernante. Es decir, que la vigencia jurídica proviene de la regencia política. Que Themis es, inevitablemente, hija de Cratos.
Pero yo agrego que nada impide la posibilidad de que la relación entre ambos personajes mitológicos no sea filial o paternal sino fraternal o conyugal. Que ninguno haya gestado ni generado al otro sino que sean pares y co-laboradores. Que el poder requiere la ley para ser aceptado y la ley requiere el poder para ser aplicada.
Si esto es cierto, hoy los mexicanos estamos como el gato que perseguía a su cola. Porque lo menos que puede exigírsele a un Estado, hoy en día, es que tenga un mínimo de gobernabilidad política como para lograr el cumplimiento de la ley.
Quizá no se pueda exigir ni culpar a un Estado por no remitir la pobreza que él no instaló, no ganar la guerra que él no provocó o no superar el atraso que él no indujo. Pero es innegable que, de perdida, está obligado a aplicar la ley que el Estado expidió por considerarla la idónea, la ideal o, por lo menos, la posible.
Es muy duro decirlo pero el gobernante que no puede ni siquiera poner en vigencia sus propias leyes ya está perdido. Quizá por eso, siguiendo un poco a Seymour Lipset, debemos considerar la conjunción de la legitimidad, la efectividad y la legalidad como el síndrome infalible e insuperable del estado puro de craticidad o estado perfecto de poder. Por el contrario, la ausencia de esos factores da por resultado el estado perfecto de impotencia política.
Para resolver su destino las sociedades tienen el deber de instalar sus instrumentos de medición. Como si se tratare de un avión, gran parte de la seguridad del vuelo depende del tablero de indicadores. Hay un indicador sonoro que advierte a los pilotos la palabra latina minimum. Con esto les indica que ha llegado el último momento para proseguir o para rectificar la ruta de aterrizaje. Después de este instante ya no habrá otra posibilidad de cambio ni de remedio.
Los gobernantes, también, están obligados a saber cuándo han llegado a esa última línea divisoria entre lo que, para ellos, será el éxito o el fracaso y, para sus pueblos, entre lo que será el éxtasis o el desastre.
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