08.06.09

Publicarán nuevo libro con las clases de Adorno

Publicado en Lecturas a 11:09 AM por Agendamx

El volumen, que incluye su cátedra entre 1950 y 1968, será presentado en la Feria de Frankfurt

Dpa / La Jornada. 06 de agosto de 2009.

Adorno

Frankfurt, 5 de agosto. A 40 años de la muerte de Theodor W. Adorno se publicarán las clases sobre estética que el sociólogo y filósofo alemán impartió en su cátedra de la Universidad Goethe, de Frankfurt entre 1950 y 1968, según informó la casa editorial Suhrkamp.

El creador de la “teoría crítica“ de la Escuela de Frankfurt murió el 6 de agosto de 1969, pocas semanas antes de cumplir 66 años, durante un periodo de vacaciones en Suiza.

La editorial anunció que presentará el nuevo tomo de las obras de Adorno en octubre, en la Feria del Libro de Frankfurt.

Las clases incluidas, grabadas y transcritas por indicación del mismo Adorno, sentaron las bases de su trabajo Teoría estética, de edición póstuma en 1970.

Tratan de la experiencia de lo bello, así como de la relación entre arte y naturaleza, en un análisis crítico de la obra de los grandes filósofos, desde Platón hasta Walter Benjamin.

Theodor W. Adorno, quien emigró durante el nazismo a Estados Unidos, tras la Segunda Guerra Mundial regresó a Frankfurt junto con Max Horkheimer, con quien dirigió la reconstrucción del célebre Instituto para la Investigación Social.

El año pasado fue publicado, por la misma editorial Suhrkamp, el intercambio epistolar entre Adorno y el filósofo Siegfried Kracauer.

La edición alemana de la producción intelectual de Theodor W. Adorno suma hasta ahora 32 tomos y está previsto agregar en próximas ediciones más clases impartidas por el prestigiado pensador en las aulas de la Universidad Goethe.

08.05.09

“Obama nos ha quitado el miedo”

Publicado en Lecturas a 7:38 PM por Agendamx

Texto de Xavi Ayén. La Vanguardia. Magazine. 02 de agosto de 2009.

Morrison

Toni Morrison, el único Nobel de literatura vivo de Estados Unidos, es la principal testigo literaria de los grandes cambios que se están produciendo en su país. Mujer y negra, cronista de la epopeya de una etnia castigada, su obra habla de esclavitud, de la historia de las retaguardias familiares de los pioneros, de sufrir por no tener los ojos azules. Está convencida de que Obama representa una nueva actitud que lo invade todo, el inicio de algo nuevo.

Unas antiguas dependencias de la policía de Nueva York, reconvertidas en imponente edificio de apartamentos de lujo, acogen en la Gran Manzana el dúplex que la escritora Toni Morrison llama modestamente “mi estudio”. Allí recibe al Magazine para una entrevista que se prolongará, unos días después, en el cercano campus de Princeton, en el que da clases y tiene otra casa, en la avenida principal. Morrison es un auténtico ídolo en EE.UU., la gente la detiene por la calle, la abraza y le comenta sus inquietudes más personales, como si la conocieran de toda la vida (“a mi marido ya no le hago tanta ilusión, ¿sabes?”). Antes de llegar a su piso, en el quiosco de la esquina, encontramos varias revistas negras, escritas por periodistas negros y que hablan de famosos negros (deportistas, presentadores, actores, políticos…), como si existiera un mundo sólo de negros, al igual que, al lado, hay revistas que se diría sólo de blancos. Estados Unidos tiene un problema racial aunque, con la llegada de Barack Obama a la presidencia, las cosas estén cambiando a marchas forzadas. La novela favorita de Obama es, precisamente, La canción de Salomón, que Toni Morrison (Lorain, Ohio, 1931) escribió en 1977, una saga familiar ambientada en los guetos raciales de los años 60. Morrison es el único premio Nobel vivo de literatura con nacionalidad estadounidense, y la principal testigo literaria de todos esos cambios que se están produciendo. Cronista de la epopeya de una raza castigada, de personajes que sufren, viven y aman con intensidad, ha publicado recientemente la novela Una bendición (Lumen en castellano, Àmsterdam en catalán). Su voz y sus gestos derrochan tanta autoconfianza como feminidad (“¡no, no me hagan fotos ahora! –comenta–, espérense a la fiesta de fin de curso en la universidad, por favor, que me habré arreglado y puesto guapa”).

¿Por qué vuelve a tratar el tema de la esclavitud en su nueva novela? ¿Qué le quedaba por decir?

No escribía sobre la esclavitud desde 1987, cuando publiqué Beloved. Entonces quise mostrar cómo aquel sistema nos convirtió en infrahumanos a todos. Ahora he querido cuestionar la mitología de este país, ese cuento de hadas nacional sobre cómo era EE.UU. en sus inicios. En los siglos XVII y XVIII, este fue el punto de encuentro de todo el mundo, vino gente de todos los lugares del planeta. Y la esclavitud todavía no se había asociado a una raza, la negra.

Muchos lectores van a descubrir eso, gracias a esta novela, que había esclavos de raza blanca

Sí, así es. Los esclavos eran los parias, los más pobres, miserables y desafortunados, fueran del color que fueran. Más tarde, el racismo separó a los pobres blancos de los pobres negros y se creó una subclase nueva, incluso por debajo de los peores.

En los años en que se desarrolla su novela, ni siquiera existía Estados Unidos…

Había colonias y una recepción constante de gente, un movimiento de población humana enorme, ciudades que cambiaban de nombre, otras que se creaban de la nada, pugnas por pertenecer a una o a otra comunidad, holandeses, italianos, suizos, qué sé yo, un aluvión de gente de todo el mundo que venía aquí atraída por los recursos naturales, por el oro, por la vegetación…

En ese contexto, la religión, las religiones, fueron muy importantes…

Lo relaciono con esa idea tan americana del individualismo: el mito de vivir solo, sin familia o abandonándola para irse a vivir aventuras, es algo que forma parte del imaginario de la nación americana, con la figura del cowboy, un tipo duro, como su máximo exponente. Pero a mí me importa saber qué sucede cuando el hombre se va. ¿Qué tipo de familia y de personas genera eso? La mujer se queda sin ningún apoyo, sola con los niños, y entonces llama a las puertas de la iglesia, que le ofrece ayuda e integración en una comunidad, una socialización. También he querido transmitir la experiencia que supone llegar a un país desconocido, solo, empezando desde cero, sin nada en los bolsillos… pero eludiendo todas esas mentiras del sueño americano.

Aquí, como en otros libros suyos, vemos la aparición repentina de un hombre que transforma a la mujer.

No quise darle un nombre propio, lo llamo el herrero. Libre, africano, negro… Para él, la esclavitud es una cuestión de mentalidad. La esclavitud fue algo universal, se dio en todos los países y regiones. La aportación de mi país fue asociar la raza negra a la falta de libertad, eso fue algo premeditado, construido, legalizado por diferentes procedimientos especiales, con el fin de proteger los privilegios de los más ricos, creando un sistema político, económico y social a gran escala que descansaba sobre la base del trabajo no pagado. Y el racismo todavía sigue operando hoy en día, mostrando su eficacia como instrumento para perpetuar las divisiones en contra de lo que debería ser una verdadera democracia.

¿El racismo no ha desaparecido?

No. Ni tampoco la esclavitud, que ya no es una institución formal, pero sí existe la absoluta falta de libertad, que es lo mismo.

¿Cómo describiría a Florens, su personaje principal?

Ella es joven, hermosa… y se enamora. Lo que suena normal, pero después ella se convierte en una obsesa, de un modo en que eso ya no es amor, es como una…

¿Pero no es todo amor una obsesión?

Nooooo, ja, ja, ja. He escrito el libro Amor, en el que intento distinguir diferentes tipos de amor: a Dios, a los amigos, a esto y lo otro… Hay muchos tipos de amor. Y sólo los niños tienen amor auténticamente puro.

Un montón de sus personajes son niños, de hecho.

Tal vez por eso. Busco en ellos esa pureza de amar. Mi personaje sirve para darse cuenta de que nunca hay que entregarse completamente a nadie de ese modo tan absoluto.

¿Dónde vive ahora?

Aquí en Princeton, sólo mientras enseño. Ya no imparto escritura creativa, sino un programa más amplio de creación, que incluye artistas, músicos, acróbatas, bailarines, pintores…

¿Cómo lo ven sus alumnos?

Les encanta esta filosofía. Como ve, es un grupo pequeño, a veces llegan a 12 alumnos, y nunca habían tenido experiencias semejantes o contactado con bailarines y actores profesionales. Yo no creo en la facultad como un lugar al que se va a tomar apuntes, prefiero que contacten con el mundo profesional de la creación. Que vean lo que es un artista de verdad.

Usted dijo, en los 90: “Mi misión es dar voz a los que no la han tenido, a los negros de América”. ¿Siente que lo ha conseguido?

Sí. La primera generación de un pueblo oprimido es siempre gente silenciosa, desarrollan en su interior una conciencia de la opresión pero no hablan sobre ello. La siguiente generación ya lo hace un poco, empieza a exteriorizar su queja. El silencio es roto, por ejemplo, en las canciones. En el caso de los americanos africanos, bastante gente escribió libros acerca de su historia, pero esa realidad no estaba presente en las novelas. Y ese reto me fascinó, el sentimiento de ser capaz de hacerlo.

¿Escribe sobre un personaje colectivo?

Yo lo veo muy diferente. No hago una moralización del negro, no hay los negros que son de una manera. Hay negros buenos, hay negros malos, algunos vagos, otros racistas, otros felices, otros cansados… como el resto del mundo. De hecho, con el tiempo, los críticos están analizando mis novelas de otra manera: se dan cuenta de que la raza no es el único tema presente en ellas, de que hablo del amor, del perdón, de la sexualidad, de los cambios en la estructura familiar, de cuestiones éticas y filosóficas.

¿La América posracial existe, ahora con Obama?

Hay algunos cambios, lo veo en los estudiantes que tengo, son más maduros. La diversidad del campus se ha multiplicado. Pero todavía hay profundas zanjas que dividen a la gente por el color de su piel, no hay más que mirar las estadísticas sobre pobreza, crimen o nivel educativo y cruzarlas con los datos de las etnias. El éxito de Obama es estimulante, extremadamente importante, y marca el inicio de algo nuevo, el deseo de superar las divisiones por razas. Se puede sentir por todos lados esta nueva actitud, una excitación que lo invade todo. Hará cosas que no nos gusten, a mí me rebela el mesianismo que algunos profesan hacia su figura. Pero el simple hecho de su victoria ha hecho que a mucha gente le desaparezca el miedo. Es como ponerse en marcha otra vez, hay cosas elementales que ya no hay que explicar.

Usted tardó en apoyarle…

Me gusta mucho Hillary Clinton. Cualquier persona capaz de ganar a Bush me parecía bien. Estudié detenidamente a los candidatos demócratas y, al final, le apoyé a él, pero no me basé en criterios de raza ni de género para decidirme, le apoyé porque estaba muy preparado. La gente no ha votado a Obama porque fuera negro, sino por las cosas que este hombre proponía.

De hecho, usted dijo una vez que Bill Clinton había sido el primer presidente negro de la historia.

Mucha gente malinterpretó esa frase mía. La dije cuando Clinton era crucificado no por su labor al frente del país, sino por un presunto escándalo sexual con una becaria de la Casa Blanca. Dije que lo estaban tratando como a un negro en la calle, que lo consideraban culpable porque sí, de un modo irracional. Se decía: es malo porque ha hecho esto. Y yo me preguntaba: ¿y qué? ¿tiene que ser ese un tema de debate nacional?

¿Cómo ve a Obama? ¿No le va a decepcionar?

Espero que lo haga, claro, porque no me llama cada día por teléfono para preguntarme: “Toni, he pensado emprender esta medida, ¿a ti qué te parece?”. No vivimos en un mundo perfecto.

¿Cuándo fue la última vez que la llamó?

Hablé con él dos veces, durante la campaña electoral.

Parece que es un fan de La canción de Salomón, ¿no?

¡Sí! Me estuvo hablando de ese libro mío y de lo que le había afectado. Mire, él tiene que gobernar y eso significa que tiene que tratar con mucha gente, con los congresistas y senadores, no puede hacer las cosas solo, decidir: “OK, sanidad para todos” y ya está, para conseguirlo tiene que persuadir, maniobrar, hablar con mucha gente, transaccionar… Eso es gobernar, es un trabajo duro y complicado. Considerando que sólo lleva unos meses, y que ya ha hecho que se muevan más cosas que en toda una década, creo que hay que verlo positivamente.

Usted aprecia, además, sus cualidades literarias.

¿Ha leído sus memorias? Es un buen escritor, muy bueno, cosa que pocos políticos son porque no suelen leer nunca literatura. Es ameno, tiene ritmo, utiliza metáforas profundas, introduce diálogos.

Usted ha tratado la falta de autoestima de las mujeres negras en Ojos azules. ¿Sigue siendo un problema?

No, ya no. Cuando escribí aquel libro había muchas mujeres afroamericanas infelices, que tenían una sensación de vergüenza, se creían feas, aunque fueran mujeres muy atractivas, porque el ideal de belleza de este país era la rubia de ojos azules, y ellas se miraban al espejo y se veían negras, sucias. Hoy veo a las chicas negras mucho más seguras, más completas como personas, con una mayor confianza, pisando fuerte.

Vivió la depresión de los 30. ¿Cómo ve la crisis de ahora?

En los años 30 vivimos una vida realmente miserable porque éramos pobres, había un montón de familias realquiladas viviendo en las habitaciones de pisos de otras familias… Sobre la situación actual, lo más precioso de todo es que el capitalismo está acabado. Toda aquella mierda se ha acabado. Parece un milagro. En The New York Times vemos aparecer esposados a esos millonarios que tenían tantos yates y tanto dinero escondido en Suiza, a esos oligarcas que ganaban un millón de dólares a la semana. Esos excesos se han acabado, ya no podemos más. Eso es bueno. Este país puede volver a empezar. Tras el 11-S, ¿cuál fue el mensaje que nos envió el presidente Bush? Apareció solemne en la tele y nos dijo: “Id al cine, a las tiendas, ¡comprad!”. ¡Comprad! ¿Usted cree? Era un tendero, no un presidente, hablaba no a ciudadanos sino a consumidores. No nos dijo que fuéramos a ver a nuestros vecinos y les diéramos un abrazo.

¿Qué recuerdos tiene de sus padres?

Eran muy protectores, muy diferentes entre ellos, pero ambos tenían una gran dignidad. Echo de menos esa confianza, la voluntad de trabajar duro que me inculcaron, la creencia de que así nuestro futuro sería mejor. A partir de la Segunda Guerra Mundial, fueron cada vez más pobres y tuvieron entre ellos los típicos conflictos de las casas donde no entra dinero. La separación racial era entonces muy fuerte, mi padre tenía prejuicios: nunca confió en ningún blanco ni, por supuesto, hubiera permitido que uno de ellos entrara en nuestra casa. Mi madre era muy distinta, juzgaba a las personas una a una, no por razas.

¿Cómo la cambió el Nobel?

El principal cambio se dio en cosas superficiales, como el dinero. Lo mejor es que he concentrado mucha más atención sobre mí y mi obra. Pero no he cambiado mi vida doméstica, o mi vida como escritora. Ni el Nobel ni nada de lo que me ha dado me hace mejor escritora o mejor persona. Por eso le digo que son cambios superficiales.

¿Cómo es un día normal en su vida?

No soy muy disciplinada, en los periodos en que escribo lo hago dos o tres horitas al día. Para mí no es un trabajo, siempre me he ganado la vida de otra manera: como editora, como profesora…

¿Quién es Chloe Wofford?

Soy yo. Es el nombre que figura en mis documentos y como me llaman mi familia y mis seres queridos.

¿Y quién es, entonces, Toni Morrison?

La mayoría de la gente me conoce por este nombre. Pero los que me conocen bien me llaman Chloe, Toni Morrison es como un apodo. Me sirve para separar al personaje, la escritora que ganó el Nobel, de la persona real, que es la importante.

08.03.09

México y Somalia, los países más peligrosos para los periodistas

Publicado en Periodismo del siglo XXI a 5:54 PM por Agendamx

46 reporteros han muerto en lo que va de año en el ejercicio de su profesión, según el Instituto de Seguridad para la Prensa

REUTERS - Ginebra – 03/08/2009

insi-logoAl menos 46 periodistas han muerto en lo que va de año en el ejercicio de su profesión, de acuerdo con el Instituto Internacional de Seguridad para la Prensa (INSI, en sus siglas en inglés), que señala que Somalia y México son los dos países más peligrosos para los medios de comunicación.

La organización, con sede en Bruselas y que contabiliza los asesinatos y las muertes accidentales de periodistas en todo el mundo, afirma que la tasa de bajas está disminuyendo rápidamente en Irak, en consonancia con el relativo descenso de la violencia en el país.

Hasta finales de julio, seis reporteros somalíes que trabajaban para medios locales y extranjeros habían sido asesinados y otros dos secuestrados en 2008 permanecían en cautividad 11 meses después, señala el INSI, que también se muestra muy preocupado por la situación en México, donde “al menos se han confirmado tres muertes y otras tres están siendo investigadas”.

killed300609

Violencia contra la prensa en Sri Lanka

Otros países peligrosos para los periodistas son Pakistán, Irak y Filipinas, con tres periodistas muertos en cada uno de ellos en lo que va de año. Según la ONG Periodistas para la Democracia, con base en Sri Lanka, 34 periodistas y trabajadores de los medios han muerto desde 2004 en este país asiático, cuando llegó al poder el actual Gobierno, mientras que otros 10 fueron secuestrados y más de 50 han tenido que exiliarse.

Durante todo el año 2008 murieron 109 periodistas en 36 países, según el recuento del INSI, que incluye asesinatos y accidentes ocurridos mientras ejercían su profesión.

LUIS AGUILAR VILLANUEVA. POLITOLOGO MEXICANO

Publicado en Lecturas a 5:38 PM por Agendamx


“Ya no alcanza un gobierno, por más fuerte que sea, para orientar un país”

Las democracias latinoamericanas enfrentan otras pruebas de madurez: no se discute su legitimidad sino su capacidad para resolver problemas graves de manera creativa e inclusiva.

Fabián Bosoer. El Clarín. Revista Ñ. 02 de agosto de 2009.

aguilarLuis Aguilar Villanueva es doctor en filosofía y politólogo mexicano (Universidad Autónoma Metropolitana, UNAM) especializado en reformas de la administración pública. Es miembro del Comité de Expertos de la ONU en Administración Pública, autor de siete libros y cuatro antologías sobre políticas públicas. Estuvo en la Argentina, invitado por la Universidad Nacional de Córdoba, donde participó del V Coloquio Regional del Instituto de Investigación y Formación en Administración Pública “Entre el intervencionismo y el mercado; ¿qué tipo de Estado abonan las transformaciones del nuevo siglo?”. Sobre este tema conversó con Clarín, en su paso por Buenos Aires.

Son varios los gobiernos latinoamericanos que aparecen enfrentados a problemas y tensiones para los que no muestran tener las herramientas suficientes o las respuestas más atinadas ¿Existe un hilo conductor en estas encrucijadas y atolladeros que están viviendo las democracias en la región?

Si se observa lo que ha ocurrido en América latina y lo que hemos llamado “transición democrática”, parecería que los ciudadanos de muchos países están haciendo un alto en el camino y están tratando de revisar y ponderar qué es lo que ha funcionado de ese enorme esfuerzo de democratización de regímenes autoritarios y qué no ha estado funcionando. Como se está pudiendo percibir, está generalizada una especie de descontento, de desencanto, de desilusión democrática en sectores importantes de estos países,

¿Cuál es la razón principal del descontento?

La evidencia muestra que el descontento no se centra en la legitimidad política de los gobernantes, puesto que han sido elegidos legalmente, y no impuestos. Normalmente están actuando en el marco de las leyes, evitando arbitrariedades. Parecería que el asunto no está en la legitimidad política, que está razonablemente bien resuelta, y en cambio sí lo está en la capacidad directiva. Este es el punto fuerte hoy, que está en el centro de la preocupación ciudadana: la cuestión es la capacidad de eficacia directiva de los gobiernos. No se da por descontado que los actos de gobierno, por ser gobierno, sean gubernativos, directivos. Se ha roto la ecuación espontánea con la que crecimos, pensando que todo acto del gobierno, por ser del gobierno, nos gobernaba, nos conducía a algún lugar. No todo acto “del” gobierno es un acto “de” gobierno.

¿Qué diferencia habría?

Que muchos actos, decisiones y acciones de los gobernantes, que pueden tener propósitos de buena fe, acertados, no necesariamente conducen a una comunidad a algún lugar de valía. No son directivos, no son conductores. Los componentes del gobernar una sociedad son mayores que la legitimidad electoral, o que el control de otros poderes públicos, o que el escrutinio ciudadano. Hay ingredientes financieros (una hacienda pública robusta, clara, equilibrada, una asignación perspicaz de recursos), administrativos (una administración pública organizada, competente, eficiente); hay componentes políticos internos (la relación que un gobierno establece con los sectores sociales, particularmente con los sectores que son clave para el crecimiento económico y el desarrollo social); internacionales y, entre los componentes políticos cruciales, la relación con empresas privadas, con las grandes corporaciones nacionales y transnacionales. Nuestros gobiernos están por debajo de los problemas, no cuentan con los recursos para resolverlos, no tienen en sus manos los factores cruciales para el éxito de la sociedad, y en el caso que tuvieran todas las capacidades y éstas fueran aprovechadas a plenitud, nuestros gobiernos son insuficientes para la magnitud de nuestros problemas y, sobre todo, para la magnitud de nuestras aspiraciones.

Aguilar V

Todo esto ha cambiado mucho en los últimos años. Si tuviera que hacer una agenda para señalarle a la dirigencia política qué es lo que observa con un prisma viejo y cómo observar estos fenómenos en transición tal cual son y deberían ser abordados ahora, ¿cómo la haría?

Yo creo que el punto central es la necesidad de un nuevo proceso directivo. Léase una nueva relación entre gobierno y sociedad en la definición del rumbo de un país, en la definición del sentido colectivo y de las acciones que pueden considerarse causalmente idóneas para conseguir esos objetivos y metas, y en la ejecución. Creo que lo que no se percibe es la necesidad de un nuevo proceso directivo, de un nuevo arte de gobernar. Aun los gobiernos democráticos se siguen pensando gubernamentalistas; siguen pensando que ellos son, además de necesarios, suficientes. Que ellos tienen el poder suficiente, los recursos suficientes, la inteligencia suficiente para definir y ejecutar el sentido colectivo de un país, por ellos mismos, por sí solos. Y lo que todo está mostrando, y podríamos señalar una serie de factores, es que los gobiernos son necesarios pero no suficientes. Esto está hoy en el corazón del debate de la ciencia política. Es el tema: que los gobiernos son necesarios pero son insuficientes para dirigir a un país a un lugar que valga realmente la pena: que cierre la brecha de la desigualdad, que amplíe oportunidades, que haga una prosperidad sostenible. Los gobiernos ya no bastan.

Más gobierno o menos gobierno, es el clásico debate entre las teorías liberales y las socialistas. ¿Qué habría de nuevo en ello?

Bueno, este es el punto: que la cuestión ya no puede ser presentada de ese modo. Se puede decir que el Estado está hoy -y debe estar- en todos lados: en formas de regulación, de convocatoria, de arbitraje, de incentivo a la negociación, de persuasión, de movilización. Pero su presencia es cambiante. En algunos puntos su presencia es decisiva y determinante, como el orden público, la seguridad pública, la certidumbre jurídica. Y en otras cosas es menos determinante, aunque quiera serlo, como el crecimiento económico. El gobierno, aunque esto moleste en América latina por cómo hemos crecido, no tiene ni los recursos financieros, ni los recursos cognitivos, ni los tecnológicos, ni los organizativos y gerenciales para determinar por sí mismo la agenda del crecimiento económico y hacerlo posible.

Esto vale en la actualidad para las propias funciones tradicionales del Estado. ¿Hasta dónde puede hoy un gobierno de cualquier país latinoamericano garantizar la seguridad pública?

Requerimos más y mejor gobierno, lo que es indispensable. Pero debemos reconocer que éste no posee ya todas las palancas, los instrumentos, los recursos, para, por sí mismo, hacerlo. El asunto no es tanto la discusión de las funciones del Estado, aunque esto es clave porque deslinda cuáles son las responsabilidades, sino el modo de gobernar, el arte de gobernar. Hay que encargarse del orden público. ¿Cómo hacerlo? ¿Es de nuevo por mando y control, por ordenanzas, por instrucciones, por verticalismo, o son otras formas de gobernar, de conversación, de discusión, de debate, de animación del esfuerzo? Por eso se empieza a hablar de gobernanza. La gobernanza viene a decir que es necesario un nuevo modo de gobernar donde esté presente el gobierno, pero en donde el gobierno sepa que no necesariamente por ser la autoridad pública es el líder animador de todas las actividades y políticas.

Muchos hablan de dos modelos o modalidades de gobierno en la región: la democrático-liberal y la vinculada a la tradición populista y movilizacionista. ¿Cuánto se relaciona esta dicotomía con lo que usted llama “gobernanza”?

Sin duda, no se puede explicar el Estado latinoamericano sin poner en el centro la cuestión social. No tendría mucho destino una democracia socialmente indiferente o inoperante, un gobierno socialmente distante de la cuestión de la pobreza, de la desigualdad, de la vulnerabilidad social de ciertos grupos, de la carencia de oportunidades. Y así como desde la visión liberal clásica calificamos o descalificamos a la democracia por su capacidad de generar orden público, seguridad pública, libertades, patrimonios, en América latina se califica a la democracia por su capacidad de responder contundentemente al tema social. Lo que explica también este desliz hacia el populismo es que ante la brecha que hay entre el gobierno democrático y la situación social, se tiende a creer que un líder popular que se reelige y reproduce su legitimidad originaria puede ser más útil para ir cerrando esa brecha. La opción populista puede ser más pragmática que ideológica porque quiere resolver el problema social, que es el asunto pendiente de la democracia latinoamericana. Pero, por otro lado, no parece ser la mejor opción porque ante esas situaciones de desequilibrio fiscal, de exclusión de grupos, de aislamiento internacional, tienden a inclinarse hacia la excepción, el autoritarismo, los manejos plebiscitarios de las poblaciones vulnerables. Y reproduce la dependencia en lugar de crear autonomía social. Este es un punto muy cuestionado de los líderes populistas: en lugar de crear capacidad social, de crear ciudadanía para crear ciudadanos competentes, capaces de resolver sus problemas en mejores formas organizativas, se los hace más dependientes del gasto público. Y esta dependencia no fortalece ni la ciudadanía ni la democracia.

Copyright Clarín, 2009.